jueves, junio 19, 2008

"EL FIN DE LA CONFESIÓN Y LA ESENCIA DEL PECADO" (III)

Por Monseñor Anthony (Bloom)

III

Ahora bien, ¿reconciliación en qué y con quién? La mayoría de las veces, cuando venimos a la confesión, creemos que basta principalmente con reconciliarse con Dios y que para esto es suficiente con confesarle todo, o por lo menos tanto como ello sea posible, para que nos diga: «¡Bueno, te perdono!». ¡Esto no es suficiente! No es suficiente porque la mayoría de nuestros pecados consisten en despreciar, en apenar y en hacer perder la esperanza a algunos de nuestros allegados; y la reconciliación debería de comenzar con aquellos ante los cuales nos hemos mostrado falibles. Dios no puede perdonar lo que hayamos hecho a nuestro prójimo, en tanto no hayamos hecho nada por reconciliarnos con él. Es por ello que, en las vísperas del perdón, por ejemplo, es totalmente vano decir “perdóname” y esperar como respuesta “que Dios te perdone”, si a la confesión no vinimos reencontrados con aquellos ante los cuales tenemos una deuda y les causamos daño, si no les confesamos la vergüenza que sentimos por haber faltado a su confianza y haberles traicionado.

Para concluir nuestra reconciliación debe darse también con nosotros mismos, no únicamente con Dios y con nuestro prójimo; es decir, debemos abandonar el estado de fractura, de estallido, de separación, en el que nos encontramos permanentemente, para sentirnos reunificados y curados. Acordaos del Apóstol Pablo que dice: el bien que querría hacer, no lo hago; el mal que no querría hacer, lo hago permanentemente (Rm 7, 19) Realmente hay una separación en nosotros: una separación entre nuestros pensamientos justos y sinceros y los deseos de nuestro corazón; entre nuestra inclinación hacia el bien y nuestra atracción hacia el mal.

Un santo padre cuenta que existen tres voluntades que gobiernan el mundo y lo modelan. La voluntad de Dios, siempre buena, siempre presta para salvar; pero Dios no intenta hechizarnos o forzarnos. San Máximo Confesor dice que Dios puede hacer todo salvo obligarnos a que Le amemos, porque el amor es en sí mismo un don libre.

Pero hay otra voluntad, satánica, una voluntad sombría, siempre destructora, siempre orientada hacia el mal, que procura destruirnos y, a través de nosotros, destruir a otros y oponerse a Dios y a Su providencia sobre tierra. Satanás nos promete todo, satanás nos hechiza, satanás nos atrae hacia él, y a cada momento nos miente. Y cada vez que lo escuchamos y que nos damos cuenta que nos mintió, él todavía nos murmura: “si te hubieras hundido más en el pecado, con más ardor, habrías obtenido lo que te había prometido”; atrayéndonos así cada vez más, profundamente, al foso.

Entre estas dos voluntades, existe la voluntad humana. Ella puede aliarse a la voluntad divina que se nos ofrece o a la voluntad de satanás que quiere encarcelarnos y arrastrarnos a la muerte eterna. De nuestra elección depende lo que sucede sobre la tierra.

Y todo esto proviene en lo esencial de nuestra división interior, del oscurecimiento de nuestro discernimiento y de nuestro corazón (acordaos de las palabras de Cristo: "Felices los limpios de corazón, porque verán a Dios"), de las vacilaciones de nuestra voluntad, que no es estable porque no le ofrecemos enteramente nuestro corazón a Dios, a nuestro prójimo, porque no lo abrimos en su plenitud a la belleza y a la verdad, sino que dedicamos sólo algunas de sus parcelas a los verdaderos valores. Ved aquí en qué consiste nuestro dilema. Y es aquí por donde hay que comenzar nuestra reconciliación. Por reconciliación no me refiero a conformarnos con el estado en el que se está, sino, al contrario, a hacer el esfuerzo de cambiar para reconciliarnos con Dios y con nuestro prójimo y de rehacer la unidad en cada uno de nosotros. He aquí a lo que debemos estar muy atentos.

[Ver anteriores (I) y (II)]