sábado, junio 07, 2008

MENSAJE DEL PATRIARCA ECUMÉNICO CON MOTIVO DEL DÍA MUNDIAL DEL MEDIO AMBIENTE

La jornada mundial del medio ambiente [5 de junio] constituye una ocasión única para que los hombres -cada ciudadano del mundo personalmente, la sociedad en su conjunto, el mundo empresarial, así como, por supuesto, los responsables religiosos y políticos- reflexionemos sobre las dimensiones, de difícil medición, de la crisis ecológica.

Ha llegado el momento para una revisión radical de nuestro modo de pensar y de funcionamiento en este mundo único que Dios todopoderoso legó a la humanidad con el mandato terminante de "cultivar y guardar (el jardín)".

En la actualidad, la humanidad no se contenta con obtener de la naturaleza las materias y los bienes que necesita para vivir, preservando la posibilidad de renovación de los ecosistemas naturales y el nuevo enriquecimiento de los recursos naturales.

Desde hace mucho tiempo, desgraciadamente, la humanidad ha hecho caso omiso del firme precepto divino de cuidar de la creación. Vivimos hoy los resultados de este comportamiento insensato e insaciable, y contemplamos impotentes las consecuencias del catastrófico cambio climático: la polución de las aguas interiores y marítimas, la pesca excesiva, la pérdida de la biodiversidad, la desertificación de los suelos, la destrucción de los bosques a causa de los incendios criminales y muchas otras manifestaciones de esta crisis ecológica inaudita.

Nuestro Patriarcado, que festeja simbólicamente el día del medio ambiente el 1 de septiembre, fecha que señala el inicio del año eclesiástico, une hoy su voz a todos los hombres y a todos los organismos que, en todas partes, están sensibilizados y se muestran activos en el ámbito de la ecología, independientemente de sus convicciones religiosas o políticas.

Queridos hermanos e hijos en Cristo, que cada uno haga todo cuanto esté en su mano para enfrentarse con la crisis ecológica, dejando a un lado todas las divergencias y las pasiones que a lo largo de toda la historia han dividido a los pueblos y las naciones.

Con mayor especificidad, que los Estados económicamente desarrollados concedan sin cuidado y de manera desinteresada toda la ayuda económica y científica disponible a las naciones que padecen el hambre y están desgarradas por guerras civiles.

Acordémonos de que la parte del planeta denominada peyorativamente "tercer mundo" -a saber, los Estados atrasados en cuanto a su desarrollo económico- no atesora únicamente una riqueza simplemente cultural, sino también natural, que es decisiva para la salvación de nuestro planeta en su totalidad.

[Fuente: original, Patriarcado Ecuménico de Constantinopla; traducido de Orthodoxie]