martes, junio 03, 2008

LA OBRA ASCÉTICA DE SAN EFRÉN EL SIRIO (12)

12

El Enemigo incita a los más negligentes de entre los hermanos a causar daños a aquellos que son más fieles. Pero estos, si tienen cuidado, por medio de los más negligentes, encuentran en ello una obra que han de afrontar y que consiste en superar las debilidades por la causa del Señor. El que se comporta misericordioso con su prójimo encontrará misericordia junto a Dios. Pero no habrá benevolencia en el juicio para aquel que no obre con misericordia. No arrastres a tu hermano hacia el pecado, más bien, si puedes, apártalo de él con diligencia, de modo que su alma viva de ahora en adelante en el Señor. Ten siempre ante tus ojos el temor de Dios y el pecado no te gobernará.

Hermano, comienza por reconciliarte con tu espíritu pues dejarás esta vida y considera a este mundo con su gloria una residencia en ruinas. Por que si no te preparas de este modo, no tendrás la fuerza para vencer las pasiones y los deseos mundanos que llevan a los hombres a la perdición. En efecto, no miente quien dice: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16, 24-25) Que se sepa, pues, que quien se dirige hacia Dios debe enfrentarse con tentaciones, tribulaciones, trabajos, acedia, desnudez, desamparo, desprecio y otras muchas cosas semejantes. Porque todo esto somete a prueba la paciencia del hombre y pone en evidencia el deseo que lo lleva hasta Dios. Aquél, pues, que se somete de todo corazón al gobierno de su superior según Dios es, estas circunstancias, un vencedor que sobrepasa a todos los demás. Porque Dios únicamente espera de nosotros una intención perfecta; Él mismo es lo que nos confiere la fuerza y nos regala la victoria, tal como está escrito: “Él es el defensor de todos los que en Él confían” (Sal 17, 31).

Es por esta razón que hay que disponerse al trabajo con paciencia, vigilancia y un celo total. Si en verdad te propones, amigo mío, degollar un león, mantenlo firmemente por temor a que te rompa los huesos como si fueran un vaso de arcilla. Y si te echas a la mar, no te desanimes hasta que hayas alcanzado la orilla para no hundirte en el abismo como una piedra. Ahora, pues, que estás ante el umbral y que se te interroga, no digas hoy: “¡Todo lo soportaré!” para, mañana, procurarte cómo eludir tus obligaciones. Porque los ángeles de Dios se mantienen cerca de ti y escuchan todo lo que tus labios profieren. Estate atento, mi amigo, para que nadie te fuerce, sino que tu empeño en el combate sea voluntario y verdadero. Vela también, a continuación, por no renegar de tus promesas hacia Dios, ya que Él “destruirá totalmente a los que mienten” (Sal 5, 7).