sábado, junio 14, 2008

DISCURSO DEL METROPOLITANO HILARIÓN CON MOTIVO DE SU ENTRONIZACIÓN COMO PRIMADO DE LA IGLESIA ORTODOXA RUSA EN EL EXTERIOR

¡Cristo ha resucitado!

“Que la gracia y la paz os sean dadas de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Rom 1, 7). Mediante estas palabras los Santos Apóstoles saludaban habitualmente a los primeros cristianos, oralmente o por escrito. Es también por medio de estas palabras que personalmente también me permito, yo que soy un indigno portador de la gracia apostólica, como os saludo en este día. Grandes son estas palabras, tanto por su importancia como por su sentido. Mediante ellas los Apóstoles muestran en qué reside el bien verdadero para el hombre, expresando el deseo de que los cristianos lo reciban. El hombre aspira a la felicidad, se esfuerza por encontrarla, pero, en la inmensa mayoría de los casos, la busca muy lejos, no dónde haría falta. También, por estas palabras, los Apóstoles les mostraron claramente a los cristianos la vía que lleva indudablemente al bien deseado. En efecto, es solamente en la paz del alma donde se encuentra nuestra beatitud, solamente disponiendo de una conciencia tranquila delante de Dios y delante del prójimo realmente puede llamarse un hombre feliz. Para encontrar esta felicidad, esta paz, nunca es demasiado tarde; basta únicamente, en la medida de sus fuerzas, con acercarse a Dios, con esforzarse por vivir en el amor y en la paz con los demás y con decidirse firmemente a comenzar una vida nueva y piadosa. Luego, la paz a la cual se aspira se instalará en nuestra alma como si fuese una ola tranquila e imperceptible, y, con la ayuda de Dios, nos sentiremos felices. Entonces, ninguna prueba nos será difícil y superior a nuestras fuerzas: ni la enfermedad, ni la pobreza, ni los sufrimientos, ni ningún problema o adversidad que se nos presente, ni las calumnias, ni las persecuciones, ni la misma cautividad. Todo esto se revelará insignificante y fácil en comparación con el gran bien que llenará nuestra alma y cuyo nombre es la paz y la pureza de la conciencia.

Nuestro primado de eterna memoria, S.E. Mons. Laurus, vivía en paz con Dios y con el prójimo. Creía con todo su ser en Dios, se entregaba enteramente a Él y se dejaba guiar por Él. Vivía en la humildad, aceptaba la voluntad Divina, es decir, que se sometía a ella, total y alegremente. Emanaba siempre de él una prodigiosa paz espiritual y una calma interior. Su espíritu apacible nos protegió en la unidad y nos encaminó al restablecimiento de la plenitud de la comunión fraternal en el seno de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Por esta razón, me inclino con respeto, amor y también con un sentimiento de mi propia indignidad, ante el elevado resultado de su ministerio y ante su bendita memoria, al mismo tiempo que rindo homenaje a sus prudentes predecesores en Dios, que " fielmente dispensaron" la palabra de Verdad de Cristo durante los difíciles años de la emigración rusa. Espero que si el Señor concede a mi indignidad cumplir con la misión que me ha sido encomendada, no será sino en una pequeña parte en comparación con la obra de mis predecesores de eterna memoria. Aquí está mi oración constante, y os pido a todos orar por ello.

Nuestros maestros, los constructores de la Rusia de la diáspora, siempre insistieron en que preserváramos lo que tenemos, con el fin de servir a Rusia y al pueblo ortodoxo ruso, en la Patria y en el extranjero, y para que nos comprometiésemos en el proceso salvífico de su renacimiento espiritual que, como lo hemos comprobado, constituye el fruto de los sufrimientos, de la confesión, y del martirio de los millones de nuevos mártires y confesores de Rusia. Debemos compartir esta rica herencia con el mundo que nos rodea, actuando como misioneros. En efecto, la Iglesia Ortodoxa Rusa siempre ha sentido esta vocación. Debemos pues preocuparnos de esto también, prosiguiendo con la obra santa y misionera de los que sirvieron aquí [en América] y coronaron, con éxito, sus trabajos apostólicos: San Tykhon, patriarca-confesor de toda la Rusia, y San Innokentij, metropolitano de Moscú y de Kolomna. ¡Que nos ayuden por medio de su ardiente intercesión ardiente a compartir la Ortodoxia pura e inalterable, así como la gloria de la Iglesia Ortodoxa Rusa, con todos aquellos que nos rodean!

En este día "insigne y santo" para mí, saludo calurosamente a mis hermanos en el ministerio y a todos los que se han reunido en este lugar, en la casa de la Hodigitria de Rusia de la diáspora [el icono de Nuestra Señora de Kursk]. Estoy emocionado hasta en lo más íntimo de mi alma por el amor de nuestros fieles, por los mensajes de felicitación, por los estímulos y por el sostén, por los buenos deseos y por las oraciones. En particular, saludo a los representantes del clero y de los fieles de la diócesis de Australia y de Nueva Zelanda, que me fue confiada por el Concilio de los Obispos en 1996. En el curso de mi ministerio en Australia, me ligué a mi piadoso rebaño, que el metropolitano Vitaly de eterna memoria llamaba "la pérdida de la Iglesia Rusa en el Extranjero". Si Dios lo quiere, me esforzaré por añadir a mi ministerio primacial, con la ayuda de mis colaboradores, mis precedentes tareas diocesanas en esta tierra que se encuentra bajo la cruz del sur. Expreso también mi agradecimiento al Patriarca Alexis de Moscú y de Toda Rusia por su bendición primacial y por su sostén en la oración, así como al arzobispo Innokentij de la diócesis de Corsún y a los miembros de la delegación del Patriarcado de Moscú. También agradezco a mis hermanos en el ministerio que me han elegido su confianza y sus santas oraciones.

En este día, atendimos al pasaje evangélico de la curación del paralítico por el Señor. Atentamente escuchando hoy estas palabras, sentí que había sido paralizado por numerosas debilidades y que la ayuda Divina me era necesaria. Por esta razón, pongo mi esperanza en Dios, que nos ayude, a nosotros los servidores de Su Iglesia, a cumplir dignamente Su obra. Pongo también mi esperanza en la sabiduría archi-pastoral, en los consejos y en el sostén de mis hermanos en el ministerio y concelebrantes, así como en las oraciones del clero y de todos fieles de nuestra Santa Iglesia.

"¡Ved, oh, qué bueno, qué dulce, habitar los hermanos todos juntos!" (Sal 132,1), es decir, en la paz y el amor, nos dice el salmista. En los tiempos remotos del cristianismo, los pastores y los fieles vivían siempre una misma vida: las penas y las alegrías del pastor también eran las penas y las alegrías de los fieles y a la inversa. Si nos es difícil, queridos padres, hermanos y hermanas en Cristo, imitar en su integridad la vida santa y piadosa de los primeros cristianos, esforcémonos por lo menos en seguir esta actitud que entonces era característica, y que es tan preciada por la Iglesia.

Que la paz de Cristo reine en nuestras relaciones mutuas: entre mí, vuestro indigno Primado, y ustedes, queridos hermanos en el ministerio, hermanos y hermanas en Cristo. Que reinen entre nosotros la confianza y el amor recíprocos. Les sostendré en todo lo que os sea necesario, vosotros mismos también me sostendréis, y cumpliremos así el precepto de Dios que ama a todos los hombres y que ha dicho: "Amaos los unos a los otros " (Jn 13,34). Amén.

[Fuente: Diócesis de Ginebra de la IORFF. Ver noticias anteriores sobre la elección y entronización de Mons. Hilarión como primado de la IORFF: (1), (2), (3) y (4)]