sábado, mayo 10, 2008

"EL FIN DE LA CONFESIÓN Y LA ESENCIA DEL PECADO" (I)

Por Monseñor Anthony (Bloom)

(I)

Escoger la confesión como tema de discusión con personas que han nacido y han sido educadas en la Iglesia, podría parecer completamente inútil. Sin embargo, cuando se constata hasta qué punto ciertas confesiones pueden ser estériles (hablo aquí tanto de las vuestras como de las mías), se hace de nuevo necesario plantearse la siguiente cuestión: ¿Qué es la confesión? ¿Por qué confesarnos, a qué nos obliga y a dónde puede conducirnos?

Cuando vuelvo a meditar sobre las confesiones, las mías y aquellas que yo he atendido, demasiado a menudo la confesión se reduce a un momento en el que deseamos desembarazarnos de una pesada carga, de un penoso peso de nuestros antiguos pecados, a fin de que la vida se nos haga más soportable. Si retomo las palabras de un niño pequeño al que su hermana le preguntaba qué era lo que le movía a confesarse: “desembarazarse de antiguos pecados para hacer sitio a los nuevos”, pienso que esto no concierne únicamente a este joven muchacho, sino también a muchos adultos. Se viene a la confesión para aliviar la conciencia, para liberarse del peso del pasado; ¿pero quién se acerca a ella para hacer sinceramente la paz con Dios, con su propia conciencia y con sus allegados, acabar definitivamente con el pasado y comenzar realmente una vida nueva?

Cada uno de nosotros debe plantearse esta pregunta, no sólo para formarse una opinión, sino para cuestionarse realmente si, como el niño, viene a depositar una pesada carga que aligere la vida, o para acabar con los pecados del pasado. Cuando hablo de “pecados del pasado”, no hablo de todo lo que nos queda por corregir –para ello nos haría falta toda una vida entera-, sino que hablo de todos nuestros pecados que se nos muestran como tales, de todo pecado nuestro que llega a nuestra conciencia, que se nos presenta en toda su fealdad, que se nos vuelve insoportable y queremos apartar; no únicamente dejar de lado, sino destruir para que no sea más.

A este propósito, hay un notable pasaje en la obra de San Barsanufo El Grande, que nos pone muy acertadamente en situación y que dice que si realmente tomamos conciencia del horror de un pecado particular que nos retenía como prisioneros y si realmente rechazamos del fondo de nuestra alma el horror que este pecado ha inserto en ella, entonces llega el momento en que podemos llorar por causa de este pecado, no sólo con las lágrimas de nuestros ojos, sino también con las lágrimas de nuestro corazón, por medio de un arrepentimiento de todo nuestro ser: se nos muestra entonces con claridad que no podremos jamás regresar a este pecado. San Barsanufo afirma que sólo entonces podemos considerar que nuestro pecado ha sido perdonado. Y dice más: si vivimos esta experiencia, si la visión de nuestro pecado en todo su horror nos ha sido realmente devuelta, si nos dio repugnancia hasta el punto de sentir en nosotros mismos que nunca más podremos volver a él, entonces podemos considerarnos como perdonados por Dios. Y añade que no es necesario ir a confesar este pecado a un sacerdote, pues Dios ya lo perdonó, purificó y curó, y que no puede haber allí otro perdón, purificación o curación.

Se plantea aquí una segunda cuestión: ¿Quién de entre nosotros ha vivido una experiencia igual frente a uno cualquiera de sus pecados, y lo vio como una muerte de su alma, como el homicidio de su prójimo, como su fría y consciente participación en la muerte de Cristo? Es una pregunta que no podemos eludir, ya que volvemos regularmente a confesarnos de los mismos pecados. ¿Qué sucede aquí que no los sentimos? ¿Cuentan tan poco para nosotros? ¿Tal que, si verdaderamente comprendemos lo que es el pecado, pudiéramos volver a ellos tan fríamente?

El apóstol Pablo nos dice que la cuestión no está en la importancia del pecado, sino que escojamos el pecado. Pienso que se podría presentar la situación de la manera siguiente: hay un río que fluye entre el dominio de Cristo y el dominio del diablo. Por una zona este río es estrecho, poco profundo y podemos atravesarlo a pie; por otras zonas es profundo, rápido y ancho. El dilema no es saber por dónde debemos de atravesarlo, sino comprender que hemos dejado el dominio del Reino de Cristo y de Dios por el dominio del diablo. Es a la vez tan simple y tan terrible. El pecado –esto es, la elección entre Dios y Su adversario, entre la vida y la muerte, entre la luz y las tinieblas. Esto no puede ser una mera opción, en la medida en que no se dice: “Sí, rechazo a Dios y a Su Cristo y escojo el campo de Su adversario”. Sino que es una elección en la medida que me digo: “¡Esto pasará! ¡No es grave! Me doy una tregua, paso por un tiempo al otro dominio, allí donde mi conciencia no me hará reproches, porque en el dominio de las tinieblas no me veré tan sombrío como si estuviera en el dominio de la luz”.

He aquí en qué consiste el pecado; y a cada ocasión que sucumbimos a él, nos ponemos en esta situación. A veces por maldad y a sabiendas contra Dios, a veces involuntariamente o por despreocupación. Nos decimos que “¡Siempre podremos volver atrás!”. Sí, podremos volver atrás, pero no es tan fácil; sí, se puede volver a atravesar el río, a nado o a veces a pie, ¿más en qué estado estamos entonces? Nos volvemos tal como éramos antes de haber roto nuestra amistad con Dios y de alcanzar la orilla del dominio de Sus adversarios, de Sus asesinos; retornamos salpicados, sucios, heridos y, muchas veces, profundamente. La confesión, aquella de la que hablamos hoy, consiste en volver a la vida: no precisamente en lavarse, darse una ducha, y sentir que el pasado no es más; no –hablamos ahora de reconciliación. No una simple reconciliación con nuestra conciencia: “¡No soy ya el mismo, no quiero más esto y no lo haré más!” –Una reconciliación con Dios, al que traicionamos, al que abandonamos para escoger otro dueño, otro pastor.

Sabemos lo que es la reconciliación en la vida corriente, cuando nos enfadamos con alguien, o también cuando esta persona no está al tanto de que la denigramos a sus espaldas, mentimos con este fin, propagamos rumores que le conciernen… Que esté al corriente o no, debemos buscarla y decirle: “Me considerabas como un amigo, siempre has actuado a favor mío, siempre te mostraste a mí como un amigo fiel: y bien, ¡yo no! Te traicioné, te traicioné como Judas traicionó a Cristo; me aparté de ti como Pedro de Cristo viendo el peligro, y sin embargo yo no peligraba. Nada me amenazaba, estaba fascinado por algo ficticio, quería algo más que tu amistad, algo más que mi pureza física y espiritual”.

He aquí el estado de espíritu en el que deberíamos de confesarnos, hayamos pecado en poco o en mucho. Porque la dimensión de nuestro pecado no se mide de manera objetiva, sino en función del amor que profesamos o no profesamos. Respecto de una persona a la que queremos profundamente, la menor falta, la menor palabra o acción que podría apenarla se nos muestra como una catástrofe y nos inquieta profundamente. Pero si queremos poco a esta persona, pensamos: “¡Bah, y qué! ¡Esto pasará! ¡Se olvidará! ¿Tan importante es? ¿Son nuestras relaciones tan puras, tan armoniosas y claras como para que esto pueda enfriarlas o interrumpirlas?”. Entonces contemplamos la reconciliación con frialdad: “¿Reconciliarse? ¿Para qué, cuando es suficiente con calmarse?...”. En esto es en lo que se resume la cuestión de la confesión: ¿nos acercamos a ella sinceramente e íntimamente para reconciliarnos o simplemente esperamos que la vida nos sea menos dolorosa, más fácil y agradable?

[Ver anterior -presentación-]