domingo, mayo 04, 2008

LA OBRA ASCÉTICA DE SAN EFRÉN EL SIRIO (8)

8

Si alguien se abre a ti con sus pensamientos íntimos, guárdate bien, hermano, de no ser tú también atormentado por esos mismos pensamientos mientras te habla. Y más aún si la agudeza de tu inteligencia es todavía un poco débil, porque serías semejante al piloto de una navegación presa de la tempestad. Es necesario, al contrario, una vez que has comprendido lo esencial de lo que se te ha confesado, inferir de ello el resto y consolar a la persona en su aflicción transmitiéndole las palabras que los santos padres nos legaron o aquellas que nosotros mismos experimentamos.

Porque la voluntad del Señor no consiste en que uno caiga a causa de otro, sino en el hecho de que todos sean salvados. Y en lo que te concierne, muy querido, no manifiestes tus pensamientos a cualquier hombre, sino en aquellos que hayas podido verificar que son espirituales, no concediendo ninguna consideración al vestido ni a las canas. Porque has de advertir, según los dichos del Apóstol, que algunos “tienen la apariencia de la piedad, pero lo desmentirán en su eficacia” (2 Tm 3, 5). Y el Señor dijo: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7, 15-16).

No hay que prestar pues atención a la apariencia exterior, porque numerosas son las trampas del Enemigo, sino más bien examinar la manera de pensar de cada uno. A aquellos en los cuales encuentres los frutos del Espíritu, no les ocultes tus pensamientos por temor a que el Enemigo, a causa de haber encontrado un punto débil, no se insinúe en ti y no te arrastre poco a poco hacia tu pérdida.

Guárdate bien además, hermano, cuando otro hermano te hace saber sus faltas, de despreciarlo en tu corazón por haber pecado tan gravemente. Muy al contrario, admíralo por su conversión y su confesión que supo superar su vergüenza. Porque el hecho de manifestar voluntariamente las culpas que se han cometido a los hombres espirituales es un indicio de rectificación, de temor a Dios, de humildad y de fe.

Tal es pues la razón por la que hay que admirar tanto al hermano, y consolarle en toda humildad, conforme a lo que está escrito: “Vigílate a ti mismo por temor a ser también tentado” (Gal 6, 1). Dios dice también por medio del profeta Ezequiel: “Y tú, hijo de hombre, di a los hijos de tu pueblo: La justicia del justo no le salvará el día de su perversión, ni la maldad del malvado le hará sucumbir el día en que se aparte de su maldad. Pero tampoco el justo vivirá en virtud de su justicia el día que peque” (Ez 33, 12).