domingo, mayo 25, 2008

LA OBRA ASCÉTICA DE SAN EFRÉN EL SIRIO (11)

11

Hazte, tú también, uno más de entre el pequeño grupo de los elegidos y no uno de entre el gran número de los que se pierden. Porque aquellos que practican el dolor son los hijos de la Maldad, semejantes a la cizaña en medio del trigo (Mt 13, 25-30). Tú, pues, hazte trigo para ser recogido en los graneros del Señor y no consumirte totalmente como la cizaña en el fuego inextinguible. Reflexiona sobre la historia del justo Lot que habitaba entre los sodomitas, pero no participaba en absoluto en su búsqueda del placer y en su imprudencia. Y precisamente por ello fue salvado, tal como está escrito: “pues este justo, que vivía en medio de ellos, torturaba día a día su alma justa por las obras inicuas que veía y oía”. Y añade: “el Señor sabe librar de las pruebas a los piadosos y guardar a los impíos para castigarles el día del Juicio” (2 P 2, 8 y 9) y lo que sigue.

Aun viviendo con tales hombres, Lot no pereció con ellos. Giézi, al contrario, servía al profeta Eliseo y pecó (cf. 4R 5, 20-7). De modo semejante a Lot, Samuel vivía cerca de Eli y estaba en relación con sus hijos. Cuando perecieron, fue salvado porque de verdad quería al Señor y porque no envidiaba la vida de los impíos (1R 4, 11). Contrariamente, Judas –que seguía a Cristo en el grupo de los discípulos- le entregó en manos de los impíos.

Tal es nuestra condición: es necesario que cada uno de nosotros tengamos cuidado en todo momento. Si vivimos en medio de personas justas, nosotros mismos viviremos en la justicia observándolos, teniendo muy cerca los modelos de la virtud. Pero si vivimos en medio de los impíos, pongamos todo nuestro ardor no sólo en no rivalizar con ellos en sus prácticas, sino más bien en proporcionarles ocasiones de salvación siendo firmes en la buena orientación de nuestra vida. Si alguno dice: “Soy débil, negligente y fácilmente atraído al mal por los hombres pues, ellos, no tienen cura”, que tal hombre se haga atento a las divinas Escrituras e imite con ardor la conducta de los santos Padres: será estimado por Dios y por los hombres. Que visite a aquellos que temen a Dios y curan las almas, para que reciba con avidez todo lo que le digan, lo traduzca en obras y, en poco tiempo, obtendrá el fruto. Las Escrituras dicen en efecto: “Interroga a tu padre, que te cuente, a tus ancianos, que te hablen” (Dt 32, 7).

Debemos comprender que aquel que practica obras que le son perjudiciales, no sólo merecerá un castigo muy severo por causa de sí mismo, sino también a causa de las almas que se perdieron por él y para las que fue modelo de debilidad y de malicia. Pero, al contrario, aquel que se cuidó de sus virtudes y se preocupó de su salvación será juzgado digno en los cielos de una gran gloria, porque proporcionó a sus hermanos en su persona un modelo de vida virtuosa y porque, por su propio celo, insufló en los más negligentes la diligencia para cumplir con los mandamientos. Igual, en efecto, que el que combatió en la primera fila de una batalla campal y destruyó las líneas opuestas es honrado más que ningún otro, lo mismo el que permanezca vigilante en las obras de Dios y edifique a un gran número de sus semejantes, recibirá de Dios una gloria más grande.