martes, mayo 20, 2008

"EL FIN DE LA CONFESIÓN Y LA ESENCIA DEL PECADO" (II)

Por Monseñor Anthony (Bloom)

(II)


Queda todavía un aspecto de la confesión que contemplar: cuando vamos hacia Dios, cuando Le oramos, cuando confesamos delante de Él nuestros pecados con más o menos ardor, no escuchamos de Su parte ninguna palabra de reproche o de reconciliación. Está como mudo. Hace falta una gran sensibilidad del alma para saber si estamos o no reconciliados con Dios. Se ve bien cuál es la diferencia entre la simple confesión y la verdadera reconciliación cuando nos dirigimos a un hombre al que hemos afligido, insultado o descuidado; él puede escucharnos y decirnos: “He sido traicionado por tu amistad, no confío más en ti”. O aún todavía: “No, no puedo perdonarte, me heriste profundamente, me afligiste demasiado cruelmente; ¡no pienses que con simples palabras puedas cambiar mi estado, curar mi alma! Hará falta que me demuestres durante un buen tiempo y con signos visibles, la sinceridad de tus palabras, que estás avergonzado y que lo sientes. Nuestra amistad está puesta a una dura prueba”.

Verdaderamente hace falta que reflexionemos sobre lo anterior: porque apenas hemos confesado nuestros pecados a Dios, mostramos nuestro “arrepentimiento”, decimos nuestros pesares, esperamos que Dios nos perdone con demasiada facilidad. ¡Claro que Dios nos perdona! ¿No es Dios? ¿No es por ello que Él vivió, enseñó y murió en la Cruz?

He aquí la cuestión, es esta palabra, “muerto en la Cruz”, la que nosotros olvidamos demasiado fácilmente. Sobre este tema, San Serafín de Sarov mantuvo un día una conversación que nos debería conmover profundamente. San Serafín decía que cuando pedimos a Dios que nos perdone con arrepentimiento, Él lo hará de una manera cierta ya que no nos rechaza, basta recordar el precio que Él pagó para obtener el poder de perdonarnos. Tiene el poder de perdonarnos porque murió por nosotros; tiene el poder de perdonarnos porque podría considerar a cada uno de nosotros como Su verdugo. Sí, literalmente participamos en Su crucifixión y literalmente puede decir: “Perdónalos Padre, porque no saben lo que hacen…”.

En aquella época, las gentes no sabían lo que hacían, ¿podemos nosotros decir hoy lo mismo? ¿No sabemos lo que dice el Evangelio? ¿No sabemos que Cristo no sólo murió por nosotros, sino también a causa de nosotros? ¿No sabemos que si nuestro pecado, grande o pequeño, no existiera, Él no habría tenido que morir? Si no hubiera habido más que un solo pecador sobre la tierra (es lo que nos recuerda un santo padre), Cristo hubiera muerto para salvarlo, a él únicamente. Del mismo modo, cada vez que mato mi alma, que me mancho, que me vuelvo un traidor, no traiciono sólo a Dios, sino a mi prójimo y a mí mismo, cada vez me convierto en responsable de la muerte de Cristo, el Hijo de Dios hecho Hijo del hombre.

Todo esto debe ofrecernos la posibilidad y la obligación de tomar conciencia de la medida de cada uno de nuestros pecados, porque en resumidas cuentas no hay pecado grande o pequeño. Por supuesto, hay pecados que pueden matar nuestra alma de una vez y otros menos mortíferos, pero todos representan nuestra participación en la crucifixión de Cristo. ¡Nos parece tan fácil separarnos de nuestros pecados! De un gran pecado, es sin duda posible; si verdaderamente nos ha golpeado en lo hondo del alma, podemos arrepentirnos de ello profundamente, trágicamente. En cambio, para los pequeños pecados, nos parece que basta con decir “Señor, perdóname” y al punto sentirse perdonados. De la vida de un santo ruso, un loco en Cristo, se cuenta la historia siguiente. Dos mujeres visitan al santo, la primera con un gran pecado que profundamente la hirió, que se arrepiente y llora amargamente; la otra con muchos pecados pequeños diciéndose: “¿Y qué? ¡Soy pecadora, esto son pequeños pecados! ¿Tan importante es esto?”. El loco en Cristo le dice a la primera: “Ve al campo próximo, encuentra la más grande piedra que puedas llevar y tráemela”. A la segunda: “Llena tu delantal con todas las pequeñas piedras que encuentres y vuelve a verme”. Ambas mujeres hicieron lo que les había mandado y volvieron luego ante el santo. Este le dice a la primera mujer: “Lleva tu piedra allí donde la encontraste”; y a la segunda: “Devuelve cada piedra al sitio de donde la cogiste”. Las dos se marcharon. La primera volvió rápidamente porque encontró fácilmente el sitio donde había encontrado la piedra gruesa, mientras que la segunda volvió tarde con su delantal lleno de piedras diciendo: “No sé ya dónde las cogí”. Entonces, el santo les dijo: “Lo mismo ocurre con los pecados: si te arrepientes de un gran pecado, es como si devolvieses la piedra gruesa a su sitio; pero para librarse de una multitud de pequeñas piedras, jamás encontrarás el sitio de donde las tomaste”.

Tiene que quedar, pues, presente al espíritu, que no tiene ningún sentido plantearse la cuestión de saber si vale la pena arrepentirse de tal o cual pecado, ya que no sabemos si podremos desembarazarnos de este pequeño pecado que cometimos. Sea pequeños, sea grande, poca importancia tiene, pues atravesamos la frontera, pasamos del dominio de la luz al dominio de las tinieblas, y no podemos volver de allí impolutos, sin macha. Una vez más, repito: para que la confesión sea purificación, hace falta que sea perfecta reconciliación.