miércoles, abril 16, 2008

LA OBRA ASCÉTICA DE SAN EFRÉN EL SIRIO (4)

(4)

Hermano, espera cada día tu éxodo y prepárate para este viaje porque la orden temible [de partida] sobrevendrá de improviso, y desgracia para aquél que no se encuentre preparado. Si eres joven, el Enemigo te sugerirá la mayoría de las veces: “Eres todavía joven, saca provecho de tus placeres y ya en tu vejez habrá ocasión para hacer penitencia”. ¿Sabes tú el número de aquellos que, después de haberse abandonado a los placeres terrenales, luego se arrepintieron y obtuvieron en reparto los bienes celestes? ¿Por otra parte, por qué desear en una edad tan tierna minar tu cuerpo, a riesgo de caer enfermo? Pero tú resiste y di al Enemigo: “¡Oh, tú!, el cazador de almas, tú el Enemigo, cesa de sugerirme pensamientos semejantes, porque si la muerte me arrebatara en mi juventud y no pudiera yo alcanzar la vejez, ¿qué excusa expondría ante el tribunal de Cristo? Compruebo, en efecto, que a numerosos jóvenes les llega la muerte y a algunos ancianos una vida prolongada.

Si, pues, soy arrebatado rápidamente, ¿podría entonces decirle al juez?: “He sido llevado en mi infancia, sé clemente a fin de que me arrepienta”. En ningún modo. En cambio, veo claramente la forma en que el Señor glorifica a aquellos que le sirven desde su juventud hasta la vejez. Dios le dice en efecto al profeta Jeremías: “Recuerdo el afecto de tu juventud y el amor del que diste prueba mientras seguías al Santo de Israel”. Pero he aquí cómo el profeta, cuando él mismo era muy joven, trata a aquél que, desde la tierna edad hasta la vejez, se deja guiar por su pensamiento extraviado: “Tu provecta edad está hecha de malos días, y ahora tus pecados del pasado te atenazan”. Y por esta misma sentencia, el Espíritu Santo declara igualmente que son bienaventurados aquellos que dirigen [libres del Enemigo] sus vidas desde la juventud… “¡Aléjate, pues, de mí, artesano de iniquidad y consejero perverso! Pueda el Señor Dios vencer tus estratagemas y hacerme escapar de tus maquinaciones por su fuerza y por su caridad”.

Ten siempre, pues, al espíritu, hermano bien amado, el día de tu fin, aquel cuando tú estarás acostado sobre tu estera para entregar el alma. ¡Ay! ¡Qué temor y qué pavor la asediarán en esta hora, y cuánto más si se sabe condenada! Si alguno ha hecho algún bien en esta vida, es decir, si soportó tribulación y ultraje a causa del Señor y si cumplió con lo que es agradable a Sus ojos, es con gran alegría que su alma será elevada a los cielos, escoltada por los ángeles. Porque lo mismo que el obrero que se afanó trabajando a lo largo de todo el día, espera a la duodécima hora para recibir su salario y retirarse a reposar después de su jornada, lo mismo las almas de los justos confían en ese día.

Pero las almas de los pecadores, en esta hora, serán presa del temor y del pavor. Porque lo mismo que un criminal, apresado por los guardias y conducido al tribunal, está turbado ante la idea de las torturas a las que debe ser sometido, así las almas de los injustos serán víctimas del pavor en aquella hora, por haber presentido el castigo infinito del fuego eterno y el resto de innumerables y constantes suplicios. Y aun cuando esta alma dijera a aquellos que la presentan: “¡Dejadme arrepentirme un poco!”, no encontrará a nadie que le preste oído. Antes bien, le responderán: “Cuando tuviste la ocasión, no te arrepentiste, ¿y es ahora que prometes hacer penitencia? Cuando el estadio fue abierto a todos, no participaste en el combate, ¿y decides luchar ahora, después que todas las puertas han sido cerradas y ya no sea más el tiempo de emprender la lucha? ¿No escuchaste al Señor decir: `Velad ahora, ya que no sabéis ni el día ni la hora´?”. Haz tuyas, amigo mío, estas consideraciones y otras que les son semejantes, y combate mientras es todavía el tiempo. Mantén siempre encendida la lámpara de tu alma por medio de la práctica de las virtudes de modo que, cuando venga el Esposo, habiendo sido encontrado preparado, entres con Él en la cámara nupcial celeste en compañía de otras almas vírgenes cuya conducta fue digna de Él.