
La formulación medieval lo expresó de este modo:
"El sentido literal enseña los hechos; el sentido alegórico, qué creer; el sentido moral, qué hacer; y el sentido anagógico, hacia qué tender".
Esto planteó en la historia de la Filosofía y, sobre todo, de la Teología el problema del valor del lenguaje religioso.
Se distingue de la metáfora en cuanto la alegoría puede aplicarse a toda una obra literaria o figurativa; por ello recibe el nombre de "metáfora continuada", tal como Aristóteles la denominó en su momento.
Se distingue también del símbolo y de la parábola. Respecto del símbolo, la alegoría va de la idea a la imagen, mientras que aquél procede a la inversa: de la imagen a la idea. Respecto de la parábola, la alegoría ofrece un sentido global y no por detalle como la primera.
Los teólogos judíos y cristianos formaron escuelas de interpretación alegórica o espiritual de la Biblia. Como ejemplos pueden citarse, entre los judíos, a Eupolemo, Aristeo, Artapán, Demetrio, Aristóbulo y, sobre todo, a Filón (Escuela Judía de Alejandría); y, entre los cristianos, primero a San Pablo y, luego, a la Escuela Catequética de Alejandría, fundada por Panteno y que, posteriormente, tendría entre sus más significativos representantes a San Clemente de Alejandría y Orígenes, pero también a Arrio, Cirilo y San Atanasio. Por otro lado, San Agustín en algunas de sus obras es un ejemplo de interpretación alegórica de la historia.
[Imagen: icono de San Clemente de Alejandría]
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