jueves, abril 03, 2008

ABECEDARIO (21)

Albigenses: Secta herética cristiana, del grupo de los cátaros, que en los siglos XII y XIII, fundamentalmente, se extendió por el sur de Francia en torno sobre todo a la ciudad de Albi (de la que recibiría el nombre y donde residía su "obispo") y de Toulouse, y también en las zonas del Lauragais, el Carcassés, el Razés y el Minervois y, en menor medida, en las regiones de Narbona y Montpellier.

Inserta en la trayectoria del dualismo, esto es, desde el zoroastrismo al bogomilismo, que comenzó a hacer presencia en el mundo occidental a partir del siglo II procedente de oriente, su corpus doctrinal estaba caracterizado por un sincretismo cuyos elementos principales provendrían del cristianismo, el maniqueismo y el gnosticismo.

Dicha doctrina puede resumirse en los siguientes puntos:


1. Creencia y profesión de un dualismo maniqueo, según el cual los espíritus proceden de un principio bueno y eterno, mientras que la materia procede de un principio malo y efímero. En este marco, la vida en la tierra era una lucha entre el bien (espíritu) y el mal (materia).

2. Creían igualmente en la transmigración de las almas. Los espíritus que se contaminaron con el mal quedarían aprisionados en los cuerpos materiales y sometidos a varias y distintas reencarnaciones.

3. Pensaban que Cristo era un espíritu con cuerpo fantasmal; por ello entendían que los sufrimientos y muerte del Jesús histórico fueron puramenta aparienciales.

4. Rechazando el Antiguo Testamento, procedían a una interpretación alegórica de los Evangelios: así, había un "cristo bueno" y un "cristo malo" que personificaban en San Pablo.

5. La salvación, según ellos, era fruto de la gnosis o ciencia esotérica y del propio esfuerzo o ascesis, no tanto de la gracia divina.

6. Rechazaban la creencia en el infierno y en la resurrección de la carne; proscribían la jerarquía eclesiástica y la posesión de bienes por parte de la Iglesia.

7. Negaban validez a los sacramentos, salvo un remedo sacramental por el que se ingresaba entre la minoría de los "perfectos": el "consolamentum", consistente en la imposición de manos y el toque con el texto de los evangelios.

8. Los seguidores más perfectos, los "puros", que venían a ser como sus presbíteros ("ancians" o "bons homs") destacaban por la pureza de sus costumbres y su rígido ascetismo (abstenerse del matrimonio, de la procreación y de la carne) y su celo caritativo. La otra categoría de adeptos recibían el nombre de "creyentes" y sus exigencias eran menores en vida; llegada la hora de la muerte recibían el "consolamentum".


Afectó a todas las clases sociales y grupos profesionales, teniendo especial incidencia en los ámbitos urbanos (el Languedoc era una de las regiones europeas de más desarrollo de las ciudades). Por otro lado, fueron significativos los apoyos que recibió de la nobleza de la zona: los Raimundos de Toulouse, los condes de Comminges, los condes de Foix, los Trencavel de Carcasona y un buen número de miembros de la pequeña nobleza; y también del bajo clero.

Ante la extensión de la influencia de la herejía por el sur y el sudeste de Francia y la consiguiente conveniencia de erigir nuevos "obispados", los dirigentes albigenses llegarán a convocar y celebrar el concilio cátaro de San Félix de Caramán (1167), que contará con la asistencia de un un obispo búlgaro, de la secta de los bogomilos, llamado Nicetas.

La Iglesia de Roma ensayó varias fórmulas para acabar con la herejía. Puede distinguirse una primera etapa (1165-1208) que persigue subsanar las diferencias por la vía del diálogo y la confrontación doctrinal (encuentros de Lombers -1165-, Carcasona -1204-, Servian -1206- y Pamiers -1207-), acompañada de esfuerzos de recatolización con el envío de legados papales -1178 y 1202- y la acción predicadora de órdenes religiosas como los cistersienses y los predominicos, y que no consiguió sus objetivos.

Una segunda etapa (1208-1255) que, tras las condenas de las doctrinas de los albigenses en varios concilios anteriores (Tours -1163-, III de Letrán -1179- y IV de Letrán -1215-), arranca de la declaración y organización, por parte del papa Inocencio III, de una larga y sangrienta cruzada, llamada "guerra de los albigenses", apoyada por la nobleza del norte de Francia (Arnaldo de Citeaux, Simón de Monfort, el mismo rey francés Luis VIII), y finaliza con el largo asedio y simbólica toma del castillo de Montsegur, una de las últimas plazas fuertes de los herejes (1243-1244; la última fortaleza albigense en caer será Queribus -1256-).

[Fortaleza de Montsegur]

Finalmente, la Inquisición se ocuparía de eliminar los últimos reductos de la herejía albigense en el Languedoc, algunos de cuyos miembros huirían a refugiarse en Cataluña, Italia y Bohemia.