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sábado, junio 28, 2008

MENSAJE DEL CONCILIO EPISCOPAL A TODOS LOS FIELES HIJOS DE LA IGLESIA ORTODOXA RUSA

¡Queridos padres presbíteros, venerables diáconos, monjes y monjas, piadosos fieles, a todos vosotros los hijos bienamados por nuestra Santa Madre, la Iglesia Ortodoxa Rusa!

El santo Concilio Episcopal que se ha reunido del 24 al 29 de junio 2008 en la ciudad de Moscú les dirige las palabras del saludo apostólico: "¡ gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús Señor nuestro" (2Tm 1, 2)!"

El presente Concilio Episcopal está marcado por una fecha simbólica. Este año, celebramos el 1020 aniversario de la conversión de nuestros antepasados a la Santa Ortodoxia y de su adhesión al pueblo de Dios en el baptisterio de Kiev, gracias a los esfuerzos de Santo y Gran Príncipe Vladimir de Kiev.

Aunque más de mil años hayan transcurido desde la cristianización de Rusia, los deberes de nuestra Iglesia permanecen inalterados. Como antes, está llamada a santificar y a transfigurar este mundo conduciéndolo hacia la unidad con su Señor y Salvador y a transmitir a la comunidad humana los frutos vivificantes del Espíritu Santo: "caridad, alegría, paz, magnanimidad, obsequiosidad, bondad, confianza en los otros, dulzura, templanza" (Ga 5, 22-23).

A pesar de las numerosas tentaciones y de los obstáculos, los hombres continúan buscando a Dios, a veces inconscientemente, y el tercer milenario, como los siglos precedentes, nos revela el valor eterno de la Buena Noticia del Cristo.

Este Concilio Episcopal ha elevado a la veneración de toda la Iglesia a varios santos, canonizados antes localmente. Vivieron en épocas diferentes y alejados los unos de los otros, pero manifestaron al mundo la victoria del anuncio evangélico y la destrucción del pecado y de la muerte por el Salvador resucitado. Son San Antonio (Smirnitski) de Voronej, San Juan (Maximovitch) de Shanghai y de San Francisco, las Santas Juliana, higúmena, y Eupraxia, monja, de Moscú.

Este año es marcado por otra fecha: el 90 aniversario del martirio de la Familia Imperial. Rindiendo homenaje a los reales mártires, debemos sacar de su veneración la fuerza y el coraje e imitar su fe, contemplando la humildad y la dulzura con las cuales hicieron frente al mal. Estamos convencidos que la sociedad y el Estado actuales deben ofrecer una valoración ética del crimen cometido en 1918.

La comunión del episcopado, del clero y de los fieles hecha posible gracias al restablecimiento el año pasado de la unidad de la Iglesia Rusa es un ejemplo magnífico del apoyo mutuo y del amor fraternal. Puedan la alegría y el bien espiritual encontrados en las oraciones y en las obras comúnes ser la garantía y el fundamento de la unidad inquebrantable de la Iglesia, a pesar de todas las pruebas y las disputas, suscitadas por el enemigo del género humano que procura dividir el Cuerpo único de Cristo. Nuestra Iglesia comprende a personas de nacionalidades, de generaciones y de culturas diferentes. Muchos mantienen concepciones divergentes de ciertos aspectos de la vida eclesiástica. Sin embargo, están presentes en nuestro espíritu las palabras del Señor: "sean uno, como tú, Padre, estás en mí, y yo en ti" (Jn 17, 21). Que ni las fronteras, ni las diferencias humanas, ni las divergencias de puntos de vista -naturales entre los cristianos- puedan separarnos. El santo apóstol Pablo escribe en efecto: "que todo pase en vuestra casa en la caridad" (1Co 16, 14). Que el amor fraternal anime todas nuestras discusiones y toda nuestra vida.

El camino por el cual somos llamados a seguir al Señor y Salvador es difícil y exige por parte de los discípulos del Cristo una fidelidad firme en la fe. La verdad divina no es siempre percibida positivamente por el mundo que yace en el dolor. En efecto, según las palabras de las Santas Escrituras, "nosotros predicamos a un Cristo crucificado: un escándalo para los Judíos y una necedad para los paganos" (1 Co 1, 23).

La noción de los derechos del hombre está en el origen de las leyes y de la política de numerosos Estados. Algunas veces, esta noción es utilizada para la justificación del pecado y para la marginación de la religión en la vida de la sociedad. Sirve a veces para privar a personas de la posibilidad de vivir según sus convicciones religiosas. El concilio expuso la visión ortodoxa de esta noción, adoptando los Fundamentos de la enseñanza de la Iglesia Ortodoxa Rusa sobre la dignidad, la libertad y los derechos del hombre. Este documento subraya particularmente el vínculo inseparable entre los derechos del hombre de una parte y los valores éticos y la responsabilidad de la persona hacia Dios y hacia otros hombres por otro lado.

Por su naturaleza, la Ortodoxia no es una ideología, ni una forma cultural, ni un programa de ninguna formación política cualquiera que esta sea, sino el modo de vida en Cristo que está manifestado en el Evangelio: "soy el camino, la verdad y la vida " (Jn 14, 6). No debemos olvidar que el cristiano debe buscar ante todo "el Reino de Dios y su justicia" (Mt 6, 33). Debe actuar en el mundo fundándose esta esta concepción de la vida cristiana.

Siguiendo firmemente los principios del Evangelio, la Iglesia permanece inquebrantable en su ministerio y evita todo extremo. Los pastores y los fieles deben evitar el autoaislamiento y no esquivar los desafíos que nuestra época enfrenta a la Ortodoxia. Debemos evitar por otro lado la adhesión silenciosa al "espíritu de este siglo " (cf. 1Co 2, 12) para no encontrarnos bajo su influencia. El Concilio Episcopal exhorta a todo el pueblo de Dios a compartir el mismo espíritu, a permanecer firme en la fe y a vivir según el Evangelio, para que viéndonos, todos glorifiquen a nuestro Padre celeste (cf. Mt 5, 16).

El concilio se dirige con amor paternal a todos los cristianos ortodoxos que no resistieron a la tentación de la división y se encuentran fuera de la Iglesia Santa, Católica y Apostólica, siguiendo a falsos pastores. Fiel al mandamiento del Salvador de perdonar al que se arrepiente, la Iglesia está dispuesta a recibir con dulzura y humildad a todos los que, volviéndose de nefastas comunidades cismáticas, acudirán hacia su seno maternal.

Para preservar la unidad, la paz, la concordia y la disciplina en la Iglesia, el Concilio ha decidido recrear los tribunales eclesiásticos que están llamados a velar por la pureza de la fe, por el ordenamiento canónico y por la fidelidad a los principios éticos de la Ortodoxia.

Rezamos para que cada uno de nosotros alcance el conocimiento pleno de la voluntad de Dios, "con toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que viváis de una manera digna del Señor, agradándole en todo, propiciando buenas obras y creciendo en el conocimiento de Dios" (Col 1, 9-10).

Les dirigimos queridos padres, hermanos y hermanas, las palabras de alegría y de esperanza:
"¡Que el Dios de la paz, que devolvió de entre los muertos a nuestro Señor Jesús, el gran Pastor de las ovejas en virtud de la sangre de una Alianza eterna, os disponga con toda clase de bienes para el cumplimiento de su voluntad, realizando él en nosotros lo que es agradable a sus ojos, por mediación de Jesucristo, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos". (Heb 13, 20-21).


Concilio de Obispos de la Iglesia Ortodoxa Rusa
Catedral de Cristo Salvador, Moscú - Viernes, 27 de junio de 2008

[Fuente: Egliserusse.eu]

jueves, junio 19, 2008

"EL FIN DE LA CONFESIÓN Y LA ESENCIA DEL PECADO" (III)

Por Monseñor Anthony (Bloom)

III

Ahora bien, ¿reconciliación en qué y con quién? La mayoría de las veces, cuando venimos a la confesión, creemos que basta principalmente con reconciliarse con Dios y que para esto es suficiente con confesarle todo, o por lo menos tanto como ello sea posible, para que nos diga: «¡Bueno, te perdono!». ¡Esto no es suficiente! No es suficiente porque la mayoría de nuestros pecados consisten en despreciar, en apenar y en hacer perder la esperanza a algunos de nuestros allegados; y la reconciliación debería de comenzar con aquellos ante los cuales nos hemos mostrado falibles. Dios no puede perdonar lo que hayamos hecho a nuestro prójimo, en tanto no hayamos hecho nada por reconciliarnos con él. Es por ello que, en las vísperas del perdón, por ejemplo, es totalmente vano decir “perdóname” y esperar como respuesta “que Dios te perdone”, si a la confesión no vinimos reencontrados con aquellos ante los cuales tenemos una deuda y les causamos daño, si no les confesamos la vergüenza que sentimos por haber faltado a su confianza y haberles traicionado.

Para concluir nuestra reconciliación debe darse también con nosotros mismos, no únicamente con Dios y con nuestro prójimo; es decir, debemos abandonar el estado de fractura, de estallido, de separación, en el que nos encontramos permanentemente, para sentirnos reunificados y curados. Acordaos del Apóstol Pablo que dice: el bien que querría hacer, no lo hago; el mal que no querría hacer, lo hago permanentemente (Rm 7, 19) Realmente hay una separación en nosotros: una separación entre nuestros pensamientos justos y sinceros y los deseos de nuestro corazón; entre nuestra inclinación hacia el bien y nuestra atracción hacia el mal.

Un santo padre cuenta que existen tres voluntades que gobiernan el mundo y lo modelan. La voluntad de Dios, siempre buena, siempre presta para salvar; pero Dios no intenta hechizarnos o forzarnos. San Máximo Confesor dice que Dios puede hacer todo salvo obligarnos a que Le amemos, porque el amor es en sí mismo un don libre.

Pero hay otra voluntad, satánica, una voluntad sombría, siempre destructora, siempre orientada hacia el mal, que procura destruirnos y, a través de nosotros, destruir a otros y oponerse a Dios y a Su providencia sobre tierra. Satanás nos promete todo, satanás nos hechiza, satanás nos atrae hacia él, y a cada momento nos miente. Y cada vez que lo escuchamos y que nos damos cuenta que nos mintió, él todavía nos murmura: “si te hubieras hundido más en el pecado, con más ardor, habrías obtenido lo que te había prometido”; atrayéndonos así cada vez más, profundamente, al foso.

Entre estas dos voluntades, existe la voluntad humana. Ella puede aliarse a la voluntad divina que se nos ofrece o a la voluntad de satanás que quiere encarcelarnos y arrastrarnos a la muerte eterna. De nuestra elección depende lo que sucede sobre la tierra.

Y todo esto proviene en lo esencial de nuestra división interior, del oscurecimiento de nuestro discernimiento y de nuestro corazón (acordaos de las palabras de Cristo: "Felices los limpios de corazón, porque verán a Dios"), de las vacilaciones de nuestra voluntad, que no es estable porque no le ofrecemos enteramente nuestro corazón a Dios, a nuestro prójimo, porque no lo abrimos en su plenitud a la belleza y a la verdad, sino que dedicamos sólo algunas de sus parcelas a los verdaderos valores. Ved aquí en qué consiste nuestro dilema. Y es aquí por donde hay que comenzar nuestra reconciliación. Por reconciliación no me refiero a conformarnos con el estado en el que se está, sino, al contrario, a hacer el esfuerzo de cambiar para reconciliarnos con Dios y con nuestro prójimo y de rehacer la unidad en cada uno de nosotros. He aquí a lo que debemos estar muy atentos.

[Ver anteriores (I) y (II)]

sábado, junio 14, 2008

DISCURSO DEL METROPOLITANO HILARIÓN CON MOTIVO DE SU ENTRONIZACIÓN COMO PRIMADO DE LA IGLESIA ORTODOXA RUSA EN EL EXTERIOR

¡Cristo ha resucitado!

“Que la gracia y la paz os sean dadas de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Rom 1, 7). Mediante estas palabras los Santos Apóstoles saludaban habitualmente a los primeros cristianos, oralmente o por escrito. Es también por medio de estas palabras que personalmente también me permito, yo que soy un indigno portador de la gracia apostólica, como os saludo en este día. Grandes son estas palabras, tanto por su importancia como por su sentido. Mediante ellas los Apóstoles muestran en qué reside el bien verdadero para el hombre, expresando el deseo de que los cristianos lo reciban. El hombre aspira a la felicidad, se esfuerza por encontrarla, pero, en la inmensa mayoría de los casos, la busca muy lejos, no dónde haría falta. También, por estas palabras, los Apóstoles les mostraron claramente a los cristianos la vía que lleva indudablemente al bien deseado. En efecto, es solamente en la paz del alma donde se encuentra nuestra beatitud, solamente disponiendo de una conciencia tranquila delante de Dios y delante del prójimo realmente puede llamarse un hombre feliz. Para encontrar esta felicidad, esta paz, nunca es demasiado tarde; basta únicamente, en la medida de sus fuerzas, con acercarse a Dios, con esforzarse por vivir en el amor y en la paz con los demás y con decidirse firmemente a comenzar una vida nueva y piadosa. Luego, la paz a la cual se aspira se instalará en nuestra alma como si fuese una ola tranquila e imperceptible, y, con la ayuda de Dios, nos sentiremos felices. Entonces, ninguna prueba nos será difícil y superior a nuestras fuerzas: ni la enfermedad, ni la pobreza, ni los sufrimientos, ni ningún problema o adversidad que se nos presente, ni las calumnias, ni las persecuciones, ni la misma cautividad. Todo esto se revelará insignificante y fácil en comparación con el gran bien que llenará nuestra alma y cuyo nombre es la paz y la pureza de la conciencia.

Nuestro primado de eterna memoria, S.E. Mons. Laurus, vivía en paz con Dios y con el prójimo. Creía con todo su ser en Dios, se entregaba enteramente a Él y se dejaba guiar por Él. Vivía en la humildad, aceptaba la voluntad Divina, es decir, que se sometía a ella, total y alegremente. Emanaba siempre de él una prodigiosa paz espiritual y una calma interior. Su espíritu apacible nos protegió en la unidad y nos encaminó al restablecimiento de la plenitud de la comunión fraternal en el seno de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Por esta razón, me inclino con respeto, amor y también con un sentimiento de mi propia indignidad, ante el elevado resultado de su ministerio y ante su bendita memoria, al mismo tiempo que rindo homenaje a sus prudentes predecesores en Dios, que " fielmente dispensaron" la palabra de Verdad de Cristo durante los difíciles años de la emigración rusa. Espero que si el Señor concede a mi indignidad cumplir con la misión que me ha sido encomendada, no será sino en una pequeña parte en comparación con la obra de mis predecesores de eterna memoria. Aquí está mi oración constante, y os pido a todos orar por ello.

Nuestros maestros, los constructores de la Rusia de la diáspora, siempre insistieron en que preserváramos lo que tenemos, con el fin de servir a Rusia y al pueblo ortodoxo ruso, en la Patria y en el extranjero, y para que nos comprometiésemos en el proceso salvífico de su renacimiento espiritual que, como lo hemos comprobado, constituye el fruto de los sufrimientos, de la confesión, y del martirio de los millones de nuevos mártires y confesores de Rusia. Debemos compartir esta rica herencia con el mundo que nos rodea, actuando como misioneros. En efecto, la Iglesia Ortodoxa Rusa siempre ha sentido esta vocación. Debemos pues preocuparnos de esto también, prosiguiendo con la obra santa y misionera de los que sirvieron aquí [en América] y coronaron, con éxito, sus trabajos apostólicos: San Tykhon, patriarca-confesor de toda la Rusia, y San Innokentij, metropolitano de Moscú y de Kolomna. ¡Que nos ayuden por medio de su ardiente intercesión ardiente a compartir la Ortodoxia pura e inalterable, así como la gloria de la Iglesia Ortodoxa Rusa, con todos aquellos que nos rodean!

En este día "insigne y santo" para mí, saludo calurosamente a mis hermanos en el ministerio y a todos los que se han reunido en este lugar, en la casa de la Hodigitria de Rusia de la diáspora [el icono de Nuestra Señora de Kursk]. Estoy emocionado hasta en lo más íntimo de mi alma por el amor de nuestros fieles, por los mensajes de felicitación, por los estímulos y por el sostén, por los buenos deseos y por las oraciones. En particular, saludo a los representantes del clero y de los fieles de la diócesis de Australia y de Nueva Zelanda, que me fue confiada por el Concilio de los Obispos en 1996. En el curso de mi ministerio en Australia, me ligué a mi piadoso rebaño, que el metropolitano Vitaly de eterna memoria llamaba "la pérdida de la Iglesia Rusa en el Extranjero". Si Dios lo quiere, me esforzaré por añadir a mi ministerio primacial, con la ayuda de mis colaboradores, mis precedentes tareas diocesanas en esta tierra que se encuentra bajo la cruz del sur. Expreso también mi agradecimiento al Patriarca Alexis de Moscú y de Toda Rusia por su bendición primacial y por su sostén en la oración, así como al arzobispo Innokentij de la diócesis de Corsún y a los miembros de la delegación del Patriarcado de Moscú. También agradezco a mis hermanos en el ministerio que me han elegido su confianza y sus santas oraciones.

En este día, atendimos al pasaje evangélico de la curación del paralítico por el Señor. Atentamente escuchando hoy estas palabras, sentí que había sido paralizado por numerosas debilidades y que la ayuda Divina me era necesaria. Por esta razón, pongo mi esperanza en Dios, que nos ayude, a nosotros los servidores de Su Iglesia, a cumplir dignamente Su obra. Pongo también mi esperanza en la sabiduría archi-pastoral, en los consejos y en el sostén de mis hermanos en el ministerio y concelebrantes, así como en las oraciones del clero y de todos fieles de nuestra Santa Iglesia.

"¡Ved, oh, qué bueno, qué dulce, habitar los hermanos todos juntos!" (Sal 132,1), es decir, en la paz y el amor, nos dice el salmista. En los tiempos remotos del cristianismo, los pastores y los fieles vivían siempre una misma vida: las penas y las alegrías del pastor también eran las penas y las alegrías de los fieles y a la inversa. Si nos es difícil, queridos padres, hermanos y hermanas en Cristo, imitar en su integridad la vida santa y piadosa de los primeros cristianos, esforcémonos por lo menos en seguir esta actitud que entonces era característica, y que es tan preciada por la Iglesia.

Que la paz de Cristo reine en nuestras relaciones mutuas: entre mí, vuestro indigno Primado, y ustedes, queridos hermanos en el ministerio, hermanos y hermanas en Cristo. Que reinen entre nosotros la confianza y el amor recíprocos. Les sostendré en todo lo que os sea necesario, vosotros mismos también me sostendréis, y cumpliremos así el precepto de Dios que ama a todos los hombres y que ha dicho: "Amaos los unos a los otros " (Jn 13,34). Amén.

[Fuente: Diócesis de Ginebra de la IORFF. Ver noticias anteriores sobre la elección y entronización de Mons. Hilarión como primado de la IORFF: (1), (2), (3) y (4)]

jueves, junio 12, 2008

"¡SALVE, OH TRONO SANTO DE DIOS...!"

Salve, oh trono santo de Dios, ofrenda divina, casa de la gloria, ornamento precioso, joya escogida, propiciatorio universal, cielo que proclama la gloria de Dios, oriente que hace brillar la luz inextinguible, que procede de lo más alto del cielo, y de cuyo calor, o sea de su providencia, nadie jamás se substrae. Salve, tú que, al nacer, rompiste las ataduras de la esterilidad, aniquilaste el oprobio de la infecundidad, sumergiste en las profundidades la maldición de la Ley e hiciste florecer la bendición de la gracia. Con tu ingreso en el Santo de los santos diste cima al voto de tus padres, pusiste el fundamento de nuestra absolución y llevaste la plenitud de nuestra alegría, puesto que abriste paso al que es el principio de la gracia.

San Germán, Patriarca de Constantinopla
Homilía Mariológica I, 17

sábado, junio 07, 2008

MENSAJE DEL PATRIARCA ECUMÉNICO CON MOTIVO DEL DÍA MUNDIAL DEL MEDIO AMBIENTE

La jornada mundial del medio ambiente [5 de junio] constituye una ocasión única para que los hombres -cada ciudadano del mundo personalmente, la sociedad en su conjunto, el mundo empresarial, así como, por supuesto, los responsables religiosos y políticos- reflexionemos sobre las dimensiones, de difícil medición, de la crisis ecológica.

Ha llegado el momento para una revisión radical de nuestro modo de pensar y de funcionamiento en este mundo único que Dios todopoderoso legó a la humanidad con el mandato terminante de "cultivar y guardar (el jardín)".

En la actualidad, la humanidad no se contenta con obtener de la naturaleza las materias y los bienes que necesita para vivir, preservando la posibilidad de renovación de los ecosistemas naturales y el nuevo enriquecimiento de los recursos naturales.

Desde hace mucho tiempo, desgraciadamente, la humanidad ha hecho caso omiso del firme precepto divino de cuidar de la creación. Vivimos hoy los resultados de este comportamiento insensato e insaciable, y contemplamos impotentes las consecuencias del catastrófico cambio climático: la polución de las aguas interiores y marítimas, la pesca excesiva, la pérdida de la biodiversidad, la desertificación de los suelos, la destrucción de los bosques a causa de los incendios criminales y muchas otras manifestaciones de esta crisis ecológica inaudita.

Nuestro Patriarcado, que festeja simbólicamente el día del medio ambiente el 1 de septiembre, fecha que señala el inicio del año eclesiástico, une hoy su voz a todos los hombres y a todos los organismos que, en todas partes, están sensibilizados y se muestran activos en el ámbito de la ecología, independientemente de sus convicciones religiosas o políticas.

Queridos hermanos e hijos en Cristo, que cada uno haga todo cuanto esté en su mano para enfrentarse con la crisis ecológica, dejando a un lado todas las divergencias y las pasiones que a lo largo de toda la historia han dividido a los pueblos y las naciones.

Con mayor especificidad, que los Estados económicamente desarrollados concedan sin cuidado y de manera desinteresada toda la ayuda económica y científica disponible a las naciones que padecen el hambre y están desgarradas por guerras civiles.

Acordémonos de que la parte del planeta denominada peyorativamente "tercer mundo" -a saber, los Estados atrasados en cuanto a su desarrollo económico- no atesora únicamente una riqueza simplemente cultural, sino también natural, que es decisiva para la salvación de nuestro planeta en su totalidad.

[Fuente: original, Patriarcado Ecuménico de Constantinopla; traducido de Orthodoxie]

martes, mayo 20, 2008

"EL FIN DE LA CONFESIÓN Y LA ESENCIA DEL PECADO" (II)

Por Monseñor Anthony (Bloom)

(II)


Queda todavía un aspecto de la confesión que contemplar: cuando vamos hacia Dios, cuando Le oramos, cuando confesamos delante de Él nuestros pecados con más o menos ardor, no escuchamos de Su parte ninguna palabra de reproche o de reconciliación. Está como mudo. Hace falta una gran sensibilidad del alma para saber si estamos o no reconciliados con Dios. Se ve bien cuál es la diferencia entre la simple confesión y la verdadera reconciliación cuando nos dirigimos a un hombre al que hemos afligido, insultado o descuidado; él puede escucharnos y decirnos: “He sido traicionado por tu amistad, no confío más en ti”. O aún todavía: “No, no puedo perdonarte, me heriste profundamente, me afligiste demasiado cruelmente; ¡no pienses que con simples palabras puedas cambiar mi estado, curar mi alma! Hará falta que me demuestres durante un buen tiempo y con signos visibles, la sinceridad de tus palabras, que estás avergonzado y que lo sientes. Nuestra amistad está puesta a una dura prueba”.

Verdaderamente hace falta que reflexionemos sobre lo anterior: porque apenas hemos confesado nuestros pecados a Dios, mostramos nuestro “arrepentimiento”, decimos nuestros pesares, esperamos que Dios nos perdone con demasiada facilidad. ¡Claro que Dios nos perdona! ¿No es Dios? ¿No es por ello que Él vivió, enseñó y murió en la Cruz?

He aquí la cuestión, es esta palabra, “muerto en la Cruz”, la que nosotros olvidamos demasiado fácilmente. Sobre este tema, San Serafín de Sarov mantuvo un día una conversación que nos debería conmover profundamente. San Serafín decía que cuando pedimos a Dios que nos perdone con arrepentimiento, Él lo hará de una manera cierta ya que no nos rechaza, basta recordar el precio que Él pagó para obtener el poder de perdonarnos. Tiene el poder de perdonarnos porque murió por nosotros; tiene el poder de perdonarnos porque podría considerar a cada uno de nosotros como Su verdugo. Sí, literalmente participamos en Su crucifixión y literalmente puede decir: “Perdónalos Padre, porque no saben lo que hacen…”.

En aquella época, las gentes no sabían lo que hacían, ¿podemos nosotros decir hoy lo mismo? ¿No sabemos lo que dice el Evangelio? ¿No sabemos que Cristo no sólo murió por nosotros, sino también a causa de nosotros? ¿No sabemos que si nuestro pecado, grande o pequeño, no existiera, Él no habría tenido que morir? Si no hubiera habido más que un solo pecador sobre la tierra (es lo que nos recuerda un santo padre), Cristo hubiera muerto para salvarlo, a él únicamente. Del mismo modo, cada vez que mato mi alma, que me mancho, que me vuelvo un traidor, no traiciono sólo a Dios, sino a mi prójimo y a mí mismo, cada vez me convierto en responsable de la muerte de Cristo, el Hijo de Dios hecho Hijo del hombre.

Todo esto debe ofrecernos la posibilidad y la obligación de tomar conciencia de la medida de cada uno de nuestros pecados, porque en resumidas cuentas no hay pecado grande o pequeño. Por supuesto, hay pecados que pueden matar nuestra alma de una vez y otros menos mortíferos, pero todos representan nuestra participación en la crucifixión de Cristo. ¡Nos parece tan fácil separarnos de nuestros pecados! De un gran pecado, es sin duda posible; si verdaderamente nos ha golpeado en lo hondo del alma, podemos arrepentirnos de ello profundamente, trágicamente. En cambio, para los pequeños pecados, nos parece que basta con decir “Señor, perdóname” y al punto sentirse perdonados. De la vida de un santo ruso, un loco en Cristo, se cuenta la historia siguiente. Dos mujeres visitan al santo, la primera con un gran pecado que profundamente la hirió, que se arrepiente y llora amargamente; la otra con muchos pecados pequeños diciéndose: “¿Y qué? ¡Soy pecadora, esto son pequeños pecados! ¿Tan importante es esto?”. El loco en Cristo le dice a la primera: “Ve al campo próximo, encuentra la más grande piedra que puedas llevar y tráemela”. A la segunda: “Llena tu delantal con todas las pequeñas piedras que encuentres y vuelve a verme”. Ambas mujeres hicieron lo que les había mandado y volvieron luego ante el santo. Este le dice a la primera mujer: “Lleva tu piedra allí donde la encontraste”; y a la segunda: “Devuelve cada piedra al sitio de donde la cogiste”. Las dos se marcharon. La primera volvió rápidamente porque encontró fácilmente el sitio donde había encontrado la piedra gruesa, mientras que la segunda volvió tarde con su delantal lleno de piedras diciendo: “No sé ya dónde las cogí”. Entonces, el santo les dijo: “Lo mismo ocurre con los pecados: si te arrepientes de un gran pecado, es como si devolvieses la piedra gruesa a su sitio; pero para librarse de una multitud de pequeñas piedras, jamás encontrarás el sitio de donde las tomaste”.

Tiene que quedar, pues, presente al espíritu, que no tiene ningún sentido plantearse la cuestión de saber si vale la pena arrepentirse de tal o cual pecado, ya que no sabemos si podremos desembarazarnos de este pequeño pecado que cometimos. Sea pequeños, sea grande, poca importancia tiene, pues atravesamos la frontera, pasamos del dominio de la luz al dominio de las tinieblas, y no podemos volver de allí impolutos, sin macha. Una vez más, repito: para que la confesión sea purificación, hace falta que sea perfecta reconciliación.

sábado, mayo 10, 2008

"EL FIN DE LA CONFESIÓN Y LA ESENCIA DEL PECADO" (I)

Por Monseñor Anthony (Bloom)

(I)

Escoger la confesión como tema de discusión con personas que han nacido y han sido educadas en la Iglesia, podría parecer completamente inútil. Sin embargo, cuando se constata hasta qué punto ciertas confesiones pueden ser estériles (hablo aquí tanto de las vuestras como de las mías), se hace de nuevo necesario plantearse la siguiente cuestión: ¿Qué es la confesión? ¿Por qué confesarnos, a qué nos obliga y a dónde puede conducirnos?

Cuando vuelvo a meditar sobre las confesiones, las mías y aquellas que yo he atendido, demasiado a menudo la confesión se reduce a un momento en el que deseamos desembarazarnos de una pesada carga, de un penoso peso de nuestros antiguos pecados, a fin de que la vida se nos haga más soportable. Si retomo las palabras de un niño pequeño al que su hermana le preguntaba qué era lo que le movía a confesarse: “desembarazarse de antiguos pecados para hacer sitio a los nuevos”, pienso que esto no concierne únicamente a este joven muchacho, sino también a muchos adultos. Se viene a la confesión para aliviar la conciencia, para liberarse del peso del pasado; ¿pero quién se acerca a ella para hacer sinceramente la paz con Dios, con su propia conciencia y con sus allegados, acabar definitivamente con el pasado y comenzar realmente una vida nueva?

Cada uno de nosotros debe plantearse esta pregunta, no sólo para formarse una opinión, sino para cuestionarse realmente si, como el niño, viene a depositar una pesada carga que aligere la vida, o para acabar con los pecados del pasado. Cuando hablo de “pecados del pasado”, no hablo de todo lo que nos queda por corregir –para ello nos haría falta toda una vida entera-, sino que hablo de todos nuestros pecados que se nos muestran como tales, de todo pecado nuestro que llega a nuestra conciencia, que se nos presenta en toda su fealdad, que se nos vuelve insoportable y queremos apartar; no únicamente dejar de lado, sino destruir para que no sea más.

A este propósito, hay un notable pasaje en la obra de San Barsanufo El Grande, que nos pone muy acertadamente en situación y que dice que si realmente tomamos conciencia del horror de un pecado particular que nos retenía como prisioneros y si realmente rechazamos del fondo de nuestra alma el horror que este pecado ha inserto en ella, entonces llega el momento en que podemos llorar por causa de este pecado, no sólo con las lágrimas de nuestros ojos, sino también con las lágrimas de nuestro corazón, por medio de un arrepentimiento de todo nuestro ser: se nos muestra entonces con claridad que no podremos jamás regresar a este pecado. San Barsanufo afirma que sólo entonces podemos considerar que nuestro pecado ha sido perdonado. Y dice más: si vivimos esta experiencia, si la visión de nuestro pecado en todo su horror nos ha sido realmente devuelta, si nos dio repugnancia hasta el punto de sentir en nosotros mismos que nunca más podremos volver a él, entonces podemos considerarnos como perdonados por Dios. Y añade que no es necesario ir a confesar este pecado a un sacerdote, pues Dios ya lo perdonó, purificó y curó, y que no puede haber allí otro perdón, purificación o curación.

Se plantea aquí una segunda cuestión: ¿Quién de entre nosotros ha vivido una experiencia igual frente a uno cualquiera de sus pecados, y lo vio como una muerte de su alma, como el homicidio de su prójimo, como su fría y consciente participación en la muerte de Cristo? Es una pregunta que no podemos eludir, ya que volvemos regularmente a confesarnos de los mismos pecados. ¿Qué sucede aquí que no los sentimos? ¿Cuentan tan poco para nosotros? ¿Tal que, si verdaderamente comprendemos lo que es el pecado, pudiéramos volver a ellos tan fríamente?

El apóstol Pablo nos dice que la cuestión no está en la importancia del pecado, sino que escojamos el pecado. Pienso que se podría presentar la situación de la manera siguiente: hay un río que fluye entre el dominio de Cristo y el dominio del diablo. Por una zona este río es estrecho, poco profundo y podemos atravesarlo a pie; por otras zonas es profundo, rápido y ancho. El dilema no es saber por dónde debemos de atravesarlo, sino comprender que hemos dejado el dominio del Reino de Cristo y de Dios por el dominio del diablo. Es a la vez tan simple y tan terrible. El pecado –esto es, la elección entre Dios y Su adversario, entre la vida y la muerte, entre la luz y las tinieblas. Esto no puede ser una mera opción, en la medida en que no se dice: “Sí, rechazo a Dios y a Su Cristo y escojo el campo de Su adversario”. Sino que es una elección en la medida que me digo: “¡Esto pasará! ¡No es grave! Me doy una tregua, paso por un tiempo al otro dominio, allí donde mi conciencia no me hará reproches, porque en el dominio de las tinieblas no me veré tan sombrío como si estuviera en el dominio de la luz”.

He aquí en qué consiste el pecado; y a cada ocasión que sucumbimos a él, nos ponemos en esta situación. A veces por maldad y a sabiendas contra Dios, a veces involuntariamente o por despreocupación. Nos decimos que “¡Siempre podremos volver atrás!”. Sí, podremos volver atrás, pero no es tan fácil; sí, se puede volver a atravesar el río, a nado o a veces a pie, ¿más en qué estado estamos entonces? Nos volvemos tal como éramos antes de haber roto nuestra amistad con Dios y de alcanzar la orilla del dominio de Sus adversarios, de Sus asesinos; retornamos salpicados, sucios, heridos y, muchas veces, profundamente. La confesión, aquella de la que hablamos hoy, consiste en volver a la vida: no precisamente en lavarse, darse una ducha, y sentir que el pasado no es más; no –hablamos ahora de reconciliación. No una simple reconciliación con nuestra conciencia: “¡No soy ya el mismo, no quiero más esto y no lo haré más!” –Una reconciliación con Dios, al que traicionamos, al que abandonamos para escoger otro dueño, otro pastor.

Sabemos lo que es la reconciliación en la vida corriente, cuando nos enfadamos con alguien, o también cuando esta persona no está al tanto de que la denigramos a sus espaldas, mentimos con este fin, propagamos rumores que le conciernen… Que esté al corriente o no, debemos buscarla y decirle: “Me considerabas como un amigo, siempre has actuado a favor mío, siempre te mostraste a mí como un amigo fiel: y bien, ¡yo no! Te traicioné, te traicioné como Judas traicionó a Cristo; me aparté de ti como Pedro de Cristo viendo el peligro, y sin embargo yo no peligraba. Nada me amenazaba, estaba fascinado por algo ficticio, quería algo más que tu amistad, algo más que mi pureza física y espiritual”.

He aquí el estado de espíritu en el que deberíamos de confesarnos, hayamos pecado en poco o en mucho. Porque la dimensión de nuestro pecado no se mide de manera objetiva, sino en función del amor que profesamos o no profesamos. Respecto de una persona a la que queremos profundamente, la menor falta, la menor palabra o acción que podría apenarla se nos muestra como una catástrofe y nos inquieta profundamente. Pero si queremos poco a esta persona, pensamos: “¡Bah, y qué! ¡Esto pasará! ¡Se olvidará! ¿Tan importante es? ¿Son nuestras relaciones tan puras, tan armoniosas y claras como para que esto pueda enfriarlas o interrumpirlas?”. Entonces contemplamos la reconciliación con frialdad: “¿Reconciliarse? ¿Para qué, cuando es suficiente con calmarse?...”. En esto es en lo que se resume la cuestión de la confesión: ¿nos acercamos a ella sinceramente e íntimamente para reconciliarnos o simplemente esperamos que la vida nos sea menos dolorosa, más fácil y agradable?

[Ver anterior -presentación-]

lunes, abril 28, 2008

MENSAJE PASCUAL DE SU SANTIDAD EL PATRIARCA ALEXIS II


Eminentes obispos, presbíteros y diáconos, honorables monjes y monjas, piadosos fieles ortodoxos -¡hijos de la Iglesia, bien amados en el Señor resucitado!

Con ocasión de la luminosa Resurrección de Cristo -la fiesta más gozosa para los cristianos ortodoxos- de todo corazón, ¡os dirijo, mis muy queridos, mis mejores votos! De nuevo, nuestras iglesias están plenas de la alegría pascual. Todavía, vivimos el gran misterio de la Redención que liberó del poder del pecado y de la muerte a los seres humanos fieles a Cristo. Según las palabras del santo apóstol Pedro, nuestro Señor y Salvador "él mismo, en su propio cuerpo, ha llevado nuestros pecados sobre el madero, con el fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia" (1 P 2, 24).

¡Cuán grande, es el amor de Dios por nosotros! A aquellos que lo han abandonado, Él no los abandona. A los que se alejaron de Él, escogiendo una vida según sus voluptuosidades, Él los ha purificado asumiendo los sufrimientos y la muerte. A los que estaban agobiados por los pecados, Él les ha abierto un camino del arrepentimiento y del renacimiento espiritual -el camino que lleva a la vida eterna. ¡Rindamos gracias al Señor por su misericordia y por su amor a los hombres! ¡Démosle gracias como niños llenos de amor que pueden protegerse de las enfermedades y de las desgracias en la Casa del Padre!

Por nuestra fe, por nuestra audacia, por nuestro amor por Cristo y de los unos hacia los otros, nos es dado el paso de la muerte a la vida eterna, de la esclavitud del pecado al libre cumplimiento de la voluntad de Dios. De modo parecido, este paso saludable es cumplido por pueblos enteros nutridos espiritualmente por nuestra Santa Iglesia. Las tinieblas de la incredulidad se encaminan hacia la luz de Cristo por medio del renacimiento y la restauración espirituales. Cada vez más creyentes, en nuestra patria y más allá de sus fronteras, en la diáspora rusa que reúne a millones de personas, tienen en Cristo "la vida... en abundancia" (Jn 10, 10) y, por consiguiente, la felicidad verdadera y la posesión de la auténtica plenitud del ser.

Sigamos, pues, con constancia el camino de Cristo, cumpliendo el precepto del apóstol: "Redoblad los esfuerzos para afirmar vuestra vocación y vuestra elección; haciendo esto, ningún peligro os acontecerá jamás. Es así, en efecto, que os será concedida la entrada en el Reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo" (2 P 1, 10-11).

Y cualquiera que sea para nosotros la dificultad de este camino, no cedamos al abatimiento: "sabiendo que aquél que resucitó a nuestro Señor Jesús nos resucitará a nosotros también con Jesús y nos situará cerca de él" (2 Cor 4, 14). Esta radiante esperanza iluminará la vida de nuestras familias, de nuestras comunidades, de nuestros pueblos, de una luz espiritual, y la paz y la felicidad se establecerán en nuestros hogares, en nuestros pueblos y ciudades.

Ahora, cuando mi corazón está pleno de esta alegría inmensa, les dirijo a todos, mis muy queridos, de todo corazón mis mejores votos con ocasión de esta fiesta de la Santa Pascua, saludándoles con las palabras de la salvación eterna que se remontan a los tiempos apostólicos, transmitidas de generación en generación:


¡Cristo ha resucitado! ¡En verdad ha resucitado!


Me apresuro a compartir el júbilo pascual con todos los ortodoxos del mundo, con cada uno de los que invocan en oración el nombre de Cristo. Que nuestra alegría alcance también a los que, por el momento, no hacen sino buscar la fe salvadora.

¡Que la paz, la alegría espiritual, la salud, la salvación y el éxito en toda buena acción les sean dados a todos por causa de Cristo Salvador Resucitado!


+ Alexis, Patriarca de Moscú y de Toda Rusia
Pascua de Cristo, 2008 - Moscú

sábado, abril 26, 2008

HOMILÍA DE VIERNES SANTO DE SAN EPIFANIO DE SALAMINA

[Icono de La Resurrección y el Descenso a los Infiernos - anónimo del S XIV - Pskov]

¡Despiértate, oh tú que duermes!

Homilía de San Epifanio de Salamina para Viernes Santo


¿Qué sucede?... Hoy, un gran silencio sobre la tierra; gran silencio y, luego, soledad, porque el Rey duerme.

La tierra tembló y se apaciguó, porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a aquellos que duermen desde los orígenes.

Dios está muerto en la carne y la estancia de los muertos se puso a temblar. Es el primer hombre al que va a buscar, como a la oveja perdida. Quiere también visitar a los que permanecen en las tinieblas y en la sombra de la muerte.

¿Por qué Cristo "descendió a los infiernos" antes de su resurrección?... Sí, es hacia Adam cautivo, al mismo tiempo que hacia Eva, cautiva ella también, que Dios se dirige, y su Hijo con él, para librarlos de sus sufrimientos. El Señor se encaminó hacia ellos, provisto de la Cruz, el arma de su victoria.

Cuando lo ve, Adam, el primer hombre, golpeándose el pecho por su asombro, exclamó entre todos los demás: "¡Mi Señor está con todos nosotros!".

Y Cristo le respondió a Adam: "Y con tu espíritu". Lo agarra de la mano y lo alza diciendo:

"Despiértate, oh tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará".

"Soy yo tu Dios, que por ti, me hice tu hijo; soy yo quien, por ti y por tus descendientes, te hablo ahora y que, por medio de mi poder, ordeno a los que están en tus cadenas: `Salid´; a los que están adormecidos: `Levantaos´".

Te lo ordeno: Despiértate, oh tú que duermes, no te creé para que permanecieras cautivo en la estancia de los muertos. Levántate de entre los muertos: yo soy la vida de los muertos. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi semejante, que fuiste creado a mi imagen.

Despiértate, salgamos de aquí. Porque tú estás en mí, y yo en ti, somos una sola persona indivisible. Es por ti que yo, tu Dios, me hice tu hijo; es por ti que yo, el Señor, adopté la forma de tu esclavitud; es por ti que yo, el que domina los cielos, vine a la tierra y debajo de la tierra; es por ti, el hombre, que me hice como un hombre abandonado, libre entre los muertos; es por ti, que saliste del huerto, que fui entregado a los judíos en un huerto y he sido crucificado en un huerto.

Mira los escupitajos sobre mi cara; es por ti que los sufrí con el fin de traerte de nuevo a tu primer soplo de vida. Mira los golpes sobre mis mejillas: los sufrí para restablecer tu forma desfigurada a fin de restaurarla a mi imagen.

Mira la flagelación en mi espalda, que sufrí para alejar la carga de tus pecados que pesaba sobre tu espalda. Mira mis manos sólidamente clavadas al madero, a causa de ti que pecaste tendiendo la mano hacia la madera. "Me dormí en la cruz, y la lanza penetró en mi costado, a causa de ti que te dormiste en el paraíso y, de tu costado, diste origen a Eva".

Mi costado curó el dolor de tu costado; mi sueño va a sacarte del sueño de los infiernos. Mi lanza detuvo la lanza que se dirigía hacia ti. Levántate, partamos de aquí. El enemigo te hizo salir de la tierra del paraíso; yo no te estableceré más en el paraíso, sino sobre un trono celeste.

Yo te aparté del árbol simbólico de la vida; pero he aquí que yo, que soy la vida, no soy más que uno contigo.

Yo envié a los querubines para que te guardasen como un servidor; ahora dispongo que los querubines te adoren como un Dios.

El trono de los querubines está listo, los porteadores están alertados, el lecho nupcial está levantado, los alimentos están preparados, las tiendas y las moradas eternas también.

Los tesoros de la felicidad están abiertos y el reino de los cielos está dispuesto desde toda la eternidad.


viernes, abril 25, 2008

"JUEVES SANTO, LA CENA MÍSTICA DEL SEÑOR"

La Liturgia del Jueves Santo se compone, en la tradición bizantina, de tres grandes oficios: los maitines, el rito del lavado de los pies –reservado para el ritual pontifical- y las vísperas con la liturgia de San Basilio. Tres acontecimientos son el centro de la Liturgia de este día: la traición de Judas, la manifestación de humildad del Señor y la Cena con los discípulos, denominada en la tradición ortodoxa “cena mística”.

Ninguna otra fiesta, incluyendo la de la Natividad, está dotada de oraciones tan ricas en la cristología como el Jueves Santo. Es justo en la tarde de la Pascua judía, en el curso de la comida ritual conmemorando la salida de Egipto del pueblo hebreo, cuando el Rey de Israel se da a conocer a sus discípulos y descubre la verdadera naturaleza de su alianza con la humanidad. De este modo, la última cena del Señor con los apóstoles no sólo es mística, sino también mistagógica.

“En el momento de esta cena, revelaste a los iniciados el inmenso misterio de tu encarnación”: la encarnación de Dios es la alianza eterna que Dios le prometió a Abraham y que Él por fin ha cumplido al final de los tiempos. La Pascua, inmolado en lo sucesivo “en nuestro interior”, recibe su sentido pleno, totalmente como sus atributos rituales (el pan, el cordero, la sangre sobre las puertas…): es “el Cristo consumido bajo la forma de pan y ofrecido para nosotros en sacrificio como un cordero”. La sangre saludable que en otro tiempo salvó a los Hebreos del ángel exterminador es la de “la Sabiduría de Dios, infinita, fuente de todas las cosas y origen de la vida, que se hizo una morada a partir de la Madre inmaculada y que se dotó de un templo corporal”.

Los textos litúrgicos del Jueves Santo reflejan el largo camino de la Iglesia hacia el conocimiento de Cristo, a través de siglos de controversias: “Soy el hombre por naturaleza, no en apariencia. Así, en virtud de esta comunicación, la naturaleza que me está unida se vuelve también Dios. Sabed, pues, que soy el Cristo, uno en dos naturalezas y a partir de ellas”. La tradición coloca aquí en boca del Señor el resumen de las enseñanzas de los concilios ecuménicos sobre el misterio de la encarnación. La dualidad es el tema de la Liturgia del Jueves Santo, lo mismo que la dualidad de las naturalezas del Logos encarnado es el corazón de la cristología ortodoxa. Hay dos Pascuas: la de la ley y la de la gracia; dos platos de la Cena: el Cuerpo y la Sangre; dos discípulos: el que ama (Juan) y que vende a su Señor (Judas); dos Adam: el que traiciona a su Prototipo (Judas) y el que restaura la imagen de Dios (Jesús).

Los textos no dejan de oponer al empobrecimiento y a la humildad del Creador la codicia y el orgullo de Judas. En la traición de Iscariote, los autores de los himnos disciernen con horror el resultado de la caída del hombre y la actualización de la apostasía de Adam. Las respuestas hipócritas de Judas y sus pesares tardíos son como una imitación odiosa del primer hombre en el jardín del Edén. El uno prefirió a la comunión con Dios el fruto nefasto del conocimiento del bien y del mal. El otro escogió el dinero en lugar del Cuerpo vivificante del Cordero. “Sus manos que han recibido el pan, el traidor las tiende furtivamente para recibir el precio de Aquél que dio forma al hombre con sus propias manos”. Y más adelante: “Judas Iscariote olvida las leyes de la amistad: los pies que tú has lavado lo encaminan a la traición; habiendo comido tu pan y recibido tu divino Cuerpo, oh Cristo, te tiende una trampa”. En efecto, no supo o no quiso ver que “el Señor que antaño, cuando se paseaba a la brisa de la tarde, perturbó el Paraíso con el ruido de sus pasos, es el que, hoy, lava los pies de sus discípulos, en la tarde del Gran Jueves”.

Con la muerte de Judas, es Adam –enemigo de Dios quien desaparece. Con la Pasión de Cristo, es la sentencia del Creador respecto del primer hombre la que se concluye. El paréntesis abierto por la desobediencia de Adam es cerrado por el Hijo del hombre que ha estado “obedeciendo hasta la muerte, y en la muerte sobre una cruz!” (Flp 2, 8).

martes, septiembre 25, 2007

LA SANTA VIRGEN MARÍA, MADRE DEL SEÑOR. ICONO VIVIENTE DE LA IGLESIA

Tal como me propuse hace unos días, introduzco hoy la traducción que he realizado de la homilía que el entonces metropólita de Moldavia y hoy nuevo patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rumana, Daniel, pronunció durante el oficio de las Vísperas de la fiesta de la Natividad de la Madre de Dios, el 7 de septiembre pasado, en la catedral metropolitana de Sibiu, coincidiendo con la celebración en esta ciudad rumana de la IIIª Asamblea Ecuménica Europea.



LA SANTA VIRGEN MARÍA, MADRE DEL SEÑOR. ICONO VIVIENTE DE LA IGLESIA
[Icono de la Madre de Dios con escenas; autora: Valentina Irina Ciobanu -ver su web-]

Mediante el oficio de vísperas de esta tarde, entramos en la fiesta de la Natividad de la Madre de Dios, celebrada cada año el 8 de septiembre.

El año eclesiástico ortodoxo comienza el 1 de septiembre, en otoño, porque según la tradición judía, la historia de la humanidad en el paraíso repleto de árboles ricos en frutos habría comenzado en otoño. La fiesta de la Natividad de la Madre de Dios ha sido fijada por la Iglesia el octavo día del año eclesiástico, porque el número 8 simboliza la eternidad o la vida infinita.

El nacimiento de la Virgen de sus ancianos padres, Joaquín y Ana, que habían largamente rezado para tener un niño, constituye el primer momento de la preparación del advenimiento del Hijo Eterno de Dios en tanto que hombre en la Historia, para vencer a la muerte y ofrecer a los hombres la vida eterna en el Reino de los Cielos.

Esta verdad es expresada en el principal cántico de esta fiesta, el tropario de la Natividad de la Madre de Dios: “Por tu Natividad, oh, Madre de Dios, la alegría fue revelada a todo el universo, pues desde ti se elevó el Sol de Justicia, el Cristo nuestro Dios, Que, librándonos de la maldición, nos concedió la bendición y derribando a la muerte, nos regaló el don de la vida eterna” (1).



El misterio de la Santísima Trinidad,
de la Santísima Madre de Dios y de la Iglesia



Igualmente observamos que, en el oficio de las Grandes Vísperas, la Madre de Dios es denominada “Templo del Cristo-Dios, Rey de todos y Creador del Universo” (2), así como “Iglesia Santa, morada de Dios” (3), y el oficio de Maitines del 8 de septiembre nos enseña que la Virgen María, plena de gracia, es la persona humana que mantiene el vínculo más profundo y más fuerte con la Santísima Trinidad (Lc 1, 35), precisamente porque es a partir de ella que el Hijo de Dios tomó su naturaleza humana, gracias a la benevolencia del Padre eterno y a la presencia activa del Espíritu Santo: “En ti, el Misterio de la Trinidad es alabado y glorificado, Virgen purísima, pues el Padre lo ha bienquerido y el Verbo ha hecho Su morada en ti y es a ti a quien el divino Espíritu cubrió de Su sombra” (4). De este modo, el vínculo entre la Santísima Trinidad (Panaghia Trias) y la Santísima Madre de Dios (Panaghia Theotokos) se convierte en el Icono viviente de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, que nosotros confesamos en el Credo Nicenoconstantinopolitano, inmediatamente después de haber confesado nuestra fe en el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. El misterio de la Santísima Virgen María, la Madre de Nuestro Señor Jesucristo, deviene el icono místico de la Iglesia, puesto que la Iglesia es la multitud de seres humanos reunidos por el Santo Bautismo y la Santísima Trinidad. De este modo, la Madre de Dios y Siempre Virgen María, “plena de gracia” y “bendecida sobre todas las mujeres” (Lc 1, 28-42), es el icono de la Iglesia que existe y que crece espiritualmente de la bendición de Dios, es decir, de la “gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo” (2 Co 13, 13), como nos enseña el apóstol San Pablo. La Iglesia que fue llenada por la vida y por el amor de la Santísima Trinidad, las Sagradas Escrituras la denominó “el Pueblo de Dios” (1 P 2, 10), “el Cuerpo (místico) de Cristo” (1 Co 12, 27) y “el Templo del Espíritu Santo” (1 Co 6, 19), y todas las acciones sacramentales y las oraciones de la Iglesia se cumplen por la invocación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ya que Jesucristo, El Que nace eternamente del Padre sin madre y El Que en el tiempo nació de Su Madre sin padre, es el Jefe de la Iglesia, “es gracias a Él (el Cristo) que, en un solo Espíritu, alcanzamos el acceso cerca del Padre” (Ef 2, 18), y la Santísima Virgen María, Madre de Dios, es la orante, la que intercede por nosotros, advocata nostra, la más próxima a Cristo. Es lo que se vive en las Bodas de Canaán, cuando a petición de Su Madre, el Cristo Señor, Que había bendecido a la familia con Su presencia, cumple su primer milagro, convirtiendo el agua en vino, manifestando Su gloria a Sus discípulos y llenando de alegría a la asistencia (Jn 2, 1-19). “Para la Iglesia Ortodoxa, la intercesión de la Virgen y de los santos no se añade a la intercesión de Cristo, sino que se inserta en el interior de ésta” (5), lo que quiere decir que la intercesión de la Madre de Dios y de los santos se realiza en la gracia que Cristo les consagró (Jn 1, 16-17).



La nueva Eva y la madre espiritual de los cristianos



La Santísima Virgen María, Madre de Jesucristo Nuestro Señor, se revela como la nueva Eva y el icono vivo de la Iglesia de Cristo cuando se abraza al pie de la Cruz del Cristo crucificado, del costado del cual brota la sangre y el agua (Jn 19, 34), símbolo del Bautismo y de la Eucaristía en tanto que Santísimos Sacramentos mediante los cuales los cristianos participan en la vida eterna que Cristo ha consagrado a Su Iglesia.

Antes de Su muerte en la Cruz, el Cristo Señor le presenta a Su Madre a Juan, Su discípulo bienamado, diciéndole: “¡Mujer, he aquí a tu hijo!”, y al discípulo “¡he aquí a tu madre!” (Jn 19, 26-27). Así, la madre de Cristo según la carne se hace madre espiritual del discípulo querido, y el discípulo querido se hace hijo espiritual de la Madre de Dios, San Juan el discípulo más fiel de Cristo, el más próximo de Él durante la Cena (Jn 13, 23-25), el que siguió a Cristo hasta el momento de Su muerte en la cruz (Jn 19, 26) y el primero que llega a la tumba de Cristo la mañana de Su Resurrección (Jn 20, 4). Así como el discípulo amado es el símbolo de la fidelidad a Cristo, la Madre de Dios se hace la Madre espiritual de todos los cristianos que siguen a Cristo y que viven con intensidad el Sacramento de la Eucaristía en tanto que sacramento de la Cruz y de la Resurrección de Cristo, como prueba de amor sacrificial y santa alegría.

He aquí por qué en las iglesias ortodoxas, por encima del iconostasio –símbolo del lazo entre la Iglesia y el Reino de los Cielos-, se encuentra el icono de Cristo crucificado teniendo a Su derecha a Su Madre y a Su izquierda a Juan, el discípulo al que Él bienquería. Y en el libro del Apocalipsis, la Madre de Dios simboliza la Iglesia, presente en el Cielo y sobre la tierra, como Esposa del Cristo Esposo, el Cordero de Dios (Ap 19, 7; 21, 9).

Los Santos Padres de la Iglesia, viendo que Cristo Nuestro Señor asocia a la felicidad de Su Madre a “aquellos que escuchan la palabra de Dios y que la observan” (Lc 11, 27-28), consideran que el alma de todo cristiano puede ser a la vez virgen y madre. Virgen, si ella se mantiene fiel a Cristo y madre si ella da origen a las virtudes poniendo en práctica las palabras y los mandamientos de Cristo. En este sentido, la Madre de Jesucristo Nuestro Señor es el modelo o el icono de la vida espiritual de los cristianos, en los que Cristo está presente por la gracia del Espíritu Santo (Ga 2, 20; Ef 3, 16-19; Col 3, 3).



La Madre de Dios. La que reza por nosotros y con nosotros


El texto del Evangelio de Lucas (Lc 1, 46-55) que nosotros atendemos esta tarde es conocido en la Iglesia Ortodoxa como El cántico de la Madre de Dios y en la Iglesia Occidental como el Magnificat (6). Este texto se convirtió en oración de la Iglesia porque la Madre de Dios es la primera en rogar a Cristo y mediante sus oraciones sostiene todas las oraciones de la Iglesia. El Evangelio nos muestra que la oración de la Santísima Virgen constituye su respuesta a la bendición de Dios. Dios tiene la iniciativa de salvar al mundo a través de Su Hijo, Que habría de nacer de la Virgen María después del consentimiento de ésta: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).

El regocijo de la Santísima Virgen proviene de su comunión y de su cooperación con Dios. Es su humildad, de esclava de la voluntad de Dios, la que fundamenta su felicidad: “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre” (Lc 1, 46-49). Humilde y a la vez plena de ánimo, la Virgen alaba la obra o la justicia de Dios en la Historia, como elevación de los humildes y humillación de los orgullosos: “derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos con las manos vacías” (Lc 1, 52-53). Al mismo tiempo, la oración de la Santísima Virgen María enlaza la bendición recibida de Dios a la bendición que Él ha propiciado al pueblo de Israel: “Acogió a Israel, su siervo, en recuerdo de Su misericordia, como Él había prometido a nuestros padres, a favor de Abraham y de su descendencia por los siglos” (Lc 1, 54-55). Siguiendo el ejemplo de la Santísima Virgen, la Iglesia aprende a glorificar a Dios por Su obra salvífica en la Historia, por la ayuda recibida de Su parte en el presente, y vive en la esperanza de alcanzar al vida eterna.

Ha sido siempre de la Santísima Virgen que la Iglesia aprende a ser la esclava humilde de Dios en la obra de la redención, uniendo la humildad a la esperanza, la vida espiritual a la sed de justicia social, la bendición presente a la felicidad que ha de venir. Aquella a la que los cantos litúrgicos llaman “Templo santificado y paraíso espiritual” (Axion, Liturgia de San Basilio El Grande), la Santísima Madre de Dios y siempre Virgen María, por sus oraciones que se unen a las oraciones de la Iglesia, es fuente de alegría y de esperanza, protectora de las vírgenes y de las madres, refugio de los niños y de los jóvenes, sostén de los ancianos y de los desamparados, tal como es manifiesto por los cantos y las plegarias que le dedica el culto ortodoxo. Y sus propias palabras proféticas: “en lo sucesivo todas las generaciones me proclamarán bienaventurada” (Lc 1, 48) se cumplen en la multitud de fiestas que le son dedicadas, en la multitud de cantos litúrgicos y de obras musicales clásicas, tales como el “¡Ave María!”, en la multitud de iconos y de frescos que reflejan su imagen de Virgen y de Madre, en la multitud de iglesias parroquiales, de catedrales y de monasterios erigidos bajo su advocación.

Algunos de los fundadores cristianos de la Unión Europea deseaban que toda la Europa entera estuviese bajo la protección de la Madre de Dios, vestida de azul y “llevando en la cabeza una corona de doce estrellas”, como está escrito en el Apocalipsis, en el primer versículo del capítulo 12. Desgraciadamente, esta intención noble acabó olvidada y la bandera azul con las doce estrellas ha sido interpretada desde una perspectiva secularizada, privada de todo significado religioso.

No obstante, los cristianos de Europa se enriquecen cuando no desligan el misterio de la Iglesia del misterio de la Santa Madre de Dios, humilde y misericordiosa, y la invocan constantemente en sus oraciones por la unidad cristiana, por la familia y por la reconciliación social.

Concluimos esta meditación con las palabras de alabanza dirigidas a la Santísima Virgen María por el Arcángel San Gabriel y por Isabel, la madre de San Juan Bautista: “¡Regocíjate, plena de gracia, el Señor es contigo! Bendita eres entre todas las mujeres y bendito también es el fruto de tu vientre” (Lc 1, 28 y 42).


Metropólita Daniel Ciobotea
(actual Patriarca de la Iglesia Ortodoxa de Rumanía -elegido el 12 de septiembre pasado-)
7 de septiembre de 2007


(1) Pequeñas Vísperas, tropario, Ménologio para septiembre, Bucarest; 2003, pag. 112.
(2) Estijiras de Esteban El Hagiopolita, Ménologio, pag. 113.
(3) Estijiras de Sergio El Hagiopolita, Ménologio, pag. 116.
(4) Maitines, Ménologio, pag. 123.
(5) Alexis Kniazev, Maica Domnului în Biserica Ortodoxa (La Madre de Dios en la Iglesia Ortodoxa, Cerf, París, 1990), trad. rum. Humanitas, Bucarest, 1998, pag. 144.
(6) Hasta el reformador Martín Lutero vio en la Madre de Dios el modelo de oración plena de humildad para la Iglesia toda (ver Martin Luther, Le Magnificat, trad. de Albert Greiner, Nouvelle Cité, París, 1983).

martes, diciembre 26, 2006

MENSAJE DE NAVIDAD DE SU SANTIDAD ALEXIS II, PATRIARCA DE MOSCÚ Y TODA RUSIA



"La tierra ha extendido sus hombros, y recibido a su Creador,

recibiendo la gloria de los ángeles,

la estrella de los cielos; de los pastores la alabanza,

de los magos los dones y del mundo entero el conocimiento".



¡Queridos en el Señor eminentes jerarcas; presbíteros y diáconos que queréis a Dios; honorables monjes y monjas que mantenéis el noble combate (2 Tim, 4, 7); y vosotros todos, cristianos ortodoxos que os encontráis dentro de los límites de la Iglesia! "¡Que la gracia y la paz abunden entre vosotros, por el conocimiento de Dios y del Cristo Jesús, nuestro Señor!" (2 P, 1, 2). ¡Con júbilo, os felicito a todos con ocasión de la gran fiesta del Nacimiento en la carne de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesucristo!.




En estos días luminosos, revivimos los más grandes acontecimientos de la historia humana. En su gran humildad, el Señor quiso venir a la tierra bajo la forma de un hombre, y nació no en un rico palacio, no en la casa de los poderosos de este mundo, sino en un pobre pesebre en el desierto. Los primeros en haber advertido el Nacimiento de Cristo no fueron los reyes ni los poderosos, sino unos simples pastores que guardaban sus rebaños no lejos de la cueva de Belén. Es a ellos, personas humildes, que les fueron dirigidas las voces angélicas, advirtiendo al mundo del comienzo de una nueva era, cristiana: "No temáis; os anuncio una gran alegría, que será la de todo el pueblo, porque hoy os ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor" (Lc, 2, 10-11).


¡Mis muy queridos! Escuchemos el anuncio evangélico: "¡Os anuncio una gran alegría!". A menudo, nosotros olvidamos esta alegría eterna, incorruptible, porque vivimos en un mundo sometido al pecado y a la muerte, en el que conocemos las enfermedades y las debilidades, donde sufrimos a veces la separación y la desgracia, donde estamos confrontados con la violencia y la crueldad. Pero nuestra fe nos enseña a guardar en nuestros corazones y a transmitir a todos los hombres, hasta en medio de las penalidades de la vida, esta alegría que nos ha sido dada desde lo Alto y que está dicho en el Evangelio que nadie nos arrebatará (Jn, 16, 22).


Dios, llegado a nuestra casa bajo la forma de un niño, desea que nuestro corazón se transforme en la gruta y el pesebre donde Él reposa, y que en nuestra alma resuene eternamente la alabanza angélica: "¡Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y en la tierra paz y benevolencia a los hombres!" (Lc, 2, 14). El milagro y el júbilo de la fe cristiana que reside en el hecho de que esta "gran alegría" se nos consagra hoy en toda su plenitud, igual que hace dos mil años. ¡No nos olvidamos, celebramos la Natividad de Cristo, porque ésta, que tuvo lugar no hace mucho tiempo, cumple eternamente a los hombres de paz y de alegría!.


El Señor Jesucristo está siempre en el centro de nuestra vida y de nuestro testimonio frente al mundo. Y nuestra Iglesia no cesa de seguir el camino trazado para ella por Dios mismo, predicando la enseñanza salvadora de Cristo, "a fin de que el mundo crea" (Jn, 17, 21).


Nuestra alegría, nuestra fe, nuestra oración, nuestras buenas obras -todo lo que debe acompañar la hazaña de vida del cristiano ortodoxo-... lo que ofrece testimonio de Cristo a nuestros allegados y a las personas menos próximas, haga de nosotros la sal de la tierra y la luz del mundo (Mt, 5, 13-14), iluminando a todos los que buscan la verdad, el amor y la pureza.


¡Bienamados! El año transcurrido ha sido para nosotros un año de gracia del Señor. Por la misericordia de Dios, la organización de la vida eclesial en Rusia y en otros países, a donde se extiende el cuidado y la responsabilidad pastoral de nuestra Iglesia, se continuó con éxito. Nuestro pueblo retorna cada vez más hacia la fe de sus padres. En numerosas ciudades y localidades, los niños y los adolescentes adquieren la fe y la cultura ortodoxas. Las iglesias se llenan de feligreses de todas las edades y condiciones. Millones de personas oran a Dios, leen literatura espiritual, participan en actividades eclesiales. He sido testigo de todo ello, visitando este año las diócesis de Vladimir, de Kaliningrado, de Nijni Novgorod, de San Petersburgo y de Saransk. Muy importante para la unidad de los hijos de nuestra Iglesia fue la visita a la Iglesia ortodoxa de Letonia, los encuentros y conversaciones con las autoridades gubernamentales de Letonia, y la unión en la oración con el pueblo ortodoxo.


Un signo visible de la benevolencia de Dios hacia nuestra Iglesia fue la llegada a su territorio de la diestra del santo profeta, precursor y bautista Juan. Numerosos hijos de la Iglesia recibieron la bendición de la mano que un día se posó sobre la Cabeza del Salvador en el momento de Su Bautismo. Nuestro país también fue visitado por reliquias importantes, preservadas en la santa montaña de Athos: la preciosa mano de Santa María Magdalena, émula de los apóstoles, un fragmento de la Cruz Vivificante del Señor y las reliquias de San Cirico. Numerosos creyentes, habiendo venerado estas sagradas reliquias, han recibido ayuda y consolación.


Un jalón importante de la vida de la Iglesia fue la celebración, durante el año pasado, del 300 aniversario de la ermita de la Dormición de la Madre de Dios en Sarov, lugar de las hazañas de San Serafín. El jubileo fue resaltado con la restauración de la vida monástica en este renombrado monasterio. Después, bajo las bóvedas de las iglesias no hace mucho destruidas y ahora restauradas, es de nuevo presentado el sacrificio no sangriento "por todos y por todas".


Durante el año pasado, el Señor me permitió de nuevo la vuelta a Valaam, tan caro a mi corazón. Es gozoso constatar que, en este antiguo monasterio del norte, la vida monástica renace. Una nueva prueba de este renacimiento fue la colocación, por nosotros mismos, de la piedra inaugural de la iglesia del Santo Príncipe Vladimir, émulo de los apóstoles, en el skiti de Vladimir y la consagración de la iglesia de la Resurrección de Cristo en el skiti de la Resurrección.


Los fieles no pueden más que regocijarse del éxito en la aproximación de la Iglesia en nuestro país con nuestros hermanos de la Iglesia rusa fuera de las fronteras. La unidad y la relación, quebrantadas por los hechos trágicos de hace más de 80 años, se restablecen hoy, en lo que vemos una muestra de la benevolencia de Dios.


Un gran sufrimiento para el corazón de todos los creyentes fue originado por los acontecimientos trágicos de Tierra Santa. Allí donde, hace dos mil años, los ángeles anunciaron: "Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra", de nuevo fue derramada la sangre de inocentes. Roguemos a Dios para que la tierra bendita del nacimiento, la vida, el sufrimiento y la resurrección de Nuestro Salvador se convierta por fin en un lugar donde "la Justicia y la Paz se abrazan" (Sal, 84, 11).


Toda justificación del mal por referencia a la fe es inadmisible. Los participantes en la cumbre de líderes de las religiones mundiales, que se mantuvo este verano en Moscú, dirigiéndose a todos los creyentes del planeta, les urgieron a "respetar y aceptar al otro, cualesquiera que sean las diferencias religiosas, nacionales u otras". Nuestra Iglesia, como siempre, se esfuerza por servir al bien de los hombres, aunando sus esfuerzos a los del Estado y a los de la sociedad civil, a los de los cristianos de otras confesiones y a los de las personas de otras creencias y convicciones. A través de las obras comunes, a través de la participación en las acciones y en los diálogos de la sociedad debemos testimoniar al Cristo encarnado, predicándolo no sólo mediante palabras, sino mediante toda nuestra vida.


¡Hermanos y hermanas queridos en el Señor! Les dirijo las palabras del apóstol: "No extingáis el Espíritu; no despreciéis la profecía; examinadlo todo y quedaos con lo bueno. Absteneos de todo género de mal. Que Él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin reproche hasta el advenimiento de Nuestro Señor Jesucristo" (1 Ts, 5, 19-23).


¡Una vez más, os felicito, queridos hermanos y hermanas en Cristo, con motivo de la grande y salvadora fiesta de la Natividad de Cristo y con ocasión del nuevo año 2007! Que el Señor y Salvador les conceda Su gracia, que Él os salve y os guarde a todos en vuestra peregrinación terrestre y que os haga dignos de la alegría de la relación con Él en la vida del siglo venidero. "Y que reine en vuestros corazones la paz de Dios, a la cual estáis llamados" (Col, 3, 15).

miércoles, noviembre 22, 2006

"NO ACUMULAR RIQUEZAS"


Noveno Domingo de Lucas
(Lc 12, 13-21)


Uno de la gente le dijo: "Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo". Él le respondió: "¡Hombre!¿Quién me ha constituido en juez o repartidor entre vosotros?" Y les dijo: "Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes".


Les dijo una parábola: "Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo `¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha? Y dijo: `Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y juntaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a im alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea´. Pero Dios le dijo: `¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?´ Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios".


Para la reflexión


(1) Comentario del sitio web de la Archidiócesis Ortodoxa Griega de Buenos Aires y Sudamérica...


En este Evangelio de San Lucas nos dice la parábola del rico insensato que relató Nuestro Señor Jesucristo luego de que un hombre, basándose en la enorme influencia que tenía Jesús, le rogó: "Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia". Nuestro Señor se negó pues no había venido a la tierra para resolver conflictos sin importancia motivados por las pasiones humanas. Los intereses materiales eran ajenos al Señor porque Su tarea consistía en reeducar los corazones y las mentes de las personas y no establecer medidas de orden formales. Esto es un ejemplo para quienes predican el Evangelio y sirven a la Iglesia. En relación con el pedido que se le había formulado, Nuestro Señor relató una parábola para advertir sobre la enfermedad de la avaricia, la pasión por adquirir dinero con el propósito de disfrutar los bienes de esta vida. "La vida del hombre (su bienestar y felicidad) no consiste en la abundancia de bienes que él posea". Un hombre tenía una abundante cosecha en sus campos y sin considerar su vida futura sólo pensaba en la manera de gastar su riqueza en placeres terrenales. No tenía pensamientos acerca de Dios ni la vida espiritual; sólo le interesaban los deleites del mundo: "beber, comer y la buena vida". Este hombre no tenía la más mínima sospecha que un día sería el último de su vida en esta tierra y que ya no podría disfrutar de sus tesoros. "Insensato, esta misma noche vas a morir, ¿para quién será la riqueza que has acumulado?" "No obtendrás ningún beneficio de esos tesoros y no te importará el destino que tengan". En lugar de acopiar bienes terrenales uno debe enriquecerse en Dios, es decir, preocuparse por obtener los eternos e incorruptibles tesoros cuales son las virtudes, que pueden adquirirse invirtiendo las riquezas terrenales en buenas obras de toda naturaleza y no en bajos placeres carnales.


(2) Meditación de Su Eminencia Reverendísima Monseñor Siluan Muci


Entre las cualidades del hombre moderno podemos distinguir sus ansias por las distintas ciencias y por el conocimiento, el desarrollo en su organización de vida, en la administración, en la búsqueda de beneficio y de productividad. Sus logros le han servido para sentirse seguro no solamente en la culminación de su vida sino también en su confort diario. El Evangelio de hoy nos habla sobre un hombre rico que se asemeja a éste, nuestro hombre moderno, quien acrecentó los bienes de su tierra y tomó la decisión de guardarlos. Se equivocó al tomar esta decisión porque el mismo Dios le había anticipado a Adán después de su caída que debía sembrar la tierra y comer de ella con el cansancio de sus manos y el sudor de su frente.


Lo que nos llama la atención en esta parábola del Evangelio de hoy es que la misma nos muestra que la abundancia material llevó a la ruina al hombre rico quien se entregó ante estos bienes pensando que le concedían el reposo y larga vida. ¿No es acaso esto lo que el hombre de hoy busca con todo su corazón? ¿O no vemos en la realidad diaria que se anhela este descanso que llega por la abundancia de bienes, de posibilidades y de conocimientos?


Las palabras de Jesús en el Evangelio trascienden el camino que decidió tomar este hombre y descubren su necedad: “Necio, esta misma noche vas a morir y lo que tienes guardado ¿para quién será?” Estas palabras nos revelan dos verdades: primero, que lo más importante que tiene el hombre no es el asegurarse su misma existencia biológica o su continuidad física, y, segundo, nos revelan que la satisfacción que tuvo este hombre rico en el bien material lo llevó a alejarse del Dador de todos los bienes.


El hombre ha sido creado a imagen de Dios, y esto significa que quien lo creó no ha de dejarlo “pobre”, ni material ni espiritualmente; el hombre tiene una existencia más eterna que la existencia material y, además, posee la dignidad más alta de todas como para ser consumido por los bienes materiales. Su verdadera vocación, en nuestro lenguaje de hoy, es el “consumirse” en Dios, significando con esto que Dios ha de ser el primero a quien se dirigen nuestros corazones, no buscando seguridad en nuestras distintas peticiones, las importantes y las que no lo son, sino buscándolo a Él. Por eso quisiera traer un ejemplo que muestra claramente éste tema y que lo vivimos en nuestros hogares: la reacción que tienen los niños cuando reciben un regalo es totalmente diferente. Hay quienes toman el regalo con alegría y juegan con él; hay quienes se quejan por la clase o la forma, y hay quienes se olvidan del regalo y se dirigen a sus padres y los abrazan agradeciendo. ¿Quién de ellos dio al regalo el valor que en verdad merecía? ¿Acaso quien lo usó o quien se dirigió agradecido a quien lo había regalado?


No son los bienes materiales la meta sino los medios para llegar al Dador. Estos son una expresión del amor de Aquel que nos regala. Por más que nuestros bienes se multipliquen no podemos dejar de sentir “hambre” por nuestro Creador. La satisfacción en los bienes y no en el Dador nos lleva a olvidarnos del encuentro que tendremos cara a cara con Aquel que permanece y no perece. Cuanto más nos esforcemos por llegar más cerca y enriquecernos de El será mejor. Los bienes son una ventana para poder ver el rostro del Único Dador, está en nuestras manos el abrirla o cerrarla.


Hemos llegado en esta semana al inicio del ayuno de la Bendita Fiesta de la Navidad, y puede ser éste, en verdad, nuestra ventana para ver el rostro del Único Dador de los bienes. El ayuno, en su esencia, es un enriquecernos no a la manera del necio quien corrió detrás de los bienes materiales para conseguir el descanso de su cuerpo, sino siguiendo el camino que va detrás del Dador de los bienes que concede el descanso, por su gracia, para nuestras almas. ¿No dicen las Escrituras: “Buscad el Reino de Dios y su justicia y lo demás les será añadido”? Por eso, ¿Qué bien es mayor a Dios? Si lo olvidamos perderemos nuestras almas y todos nuestros tesoros. Que gocen de un ayuno bendito. Amén.


[Fuentes: de (1); de (2)]

domingo, noviembre 05, 2006

"CONDENADO A SER INMORTAL"


CONDENADO A SER INMORTAL

De San Justino (Popovich), archimandrita de Celije


Los hombres condenaron a Dios a la muerte; Dios, en cambio, los sentenció, por medio de Su Resurrección, a la inmortalidad. A cambio de sus golpes, Él les ofrece abrazos; por sus insultos, reciben bendiciones; por la muerte, inmortalidad. Los hombres nunca mostraron tanto desprecio por Dios como cuando lo crucificaron; y Dios nunca mostró tanto amor por la humanidad como cuando lo hizo resucitando. Los hombres querían hacer de Dios un mortal, mas Dios, por medio de Su Resurrección, concibió volverlos inmortales. El Dios crucificado resucitó y venció a la muerte. La Muerte no es nada. La Inmortalidad se apoderó del hombre y de todo su mundo.

A través de la resurrección del Dios-Hombre, la naturaleza del hombre fue llevada por el camino de la inmortalidad, y la muerte se volvió, de este modo, cobarde. Pues, antes de la Resurrección de Cristo, la muerte era algo temido por el hombre; mas, después de la Resurrección del Señor, el hombre se transformó en algo temible para la muerte. Si un hombre vive en la Fe en Dios-Hombre Resucitado, él vive más allá del alcance de la muerte. Se vuelve inalcanzable para la muerte. La muerte es transformada en una “alfombra bajo sus pies”: “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” (I Corintios, 15, 55) Así, cuando un hombre ante Cristo ofrece su último suspiro, pierde apenas la cáscara de su cuerpo, la cuál vestirá nuevamente en el día de la Segunda Venida.

Hasta la Resurrección del Cristo Dios-Hombre, la muerte era la segunda naturaleza del hombre; la primera era la vida, la segunda era la muerte. El hombre se acostumbró a la muerte como algo natural. Pero con la Resurrección del Señor, todo mudó: la inmortalidad se convirtió en la segunda naturaleza del hombre. Se trocó en algo natural para el hombre, en la medida que la muerte se volvía antinatural. Exactamente como antes de la Resurrección de Cristo era natural para el hombre ser mortal, ahora es natural que el hombre sea inmortal.

Por medio del pecado, el hombre se hizo mortal y limitado; por medio de la Resurrección del Dios-Hombre, él es inmortal y eterno. Precisamente en eso descansa el poder, el dominio y la omnipotencia de la Resurrección de Cristo. Más allá incluso, sin la Resurrección de Cristo no habría Cristiandad. Entre los milagros, el mayor de todos es la Resurrección del Señor. Todos los otros milagros provienen de la Resurrección y giran en torno a ella. De ella procede la fe, el amor, la esperanza, la oración y el juicio de Dios. Los apóstoles fugitivos, aquellos que huirán lejos de Jesús cuando Su muerte, volverán a Él con Su Resurrección. Y el centurión romano, cuando vio a Cristo resucitado de su tumba, confesó que Él era el Dios-Hombre. Fue de este modo como los primeros Cristianos se volvieron Cristianos: porque Cristo resucitó, por Él dominó a la muerte. Esto es algo que ninguna otra religión tiene; es esto, la Resurrección, lo que exalta a Cristo sobre todos los otros hombres sobre todos los demás dioses. Es esto lo que, de manera única e incuestionable, muestra y prueba que Cristo es el único verdadero Dios y Señor de todos los mundos conocidos y desconocidos.

A causa de la Resurrección de Cristo, a causa de Su dominio sobre la muerte, los hombres se convirtieron, se convierten ahora, y se convertirán en Cristianos en el futuro. Toda la historia del Cristianismo no es más que un único y mismo milagro, el milagro de la Resurrección de Cristo, que está eternamente contenido en los corazones de los Cristianos, día tras día, año tras año, era tras era hasta la Próxima Venida.

El hombre nace verdaderamente no cuando su madre lo alumbra, sino cuando él comienza a creer en el Salvador Resucitado, Cristo; en ese momento él nace para la inmortalidad y la vida eterna, mientras que la madre trae al niño apenas para la muerte, apenas para la sepultura. La Resurrección de Cristo es la madre de todos nosotros, Cristianos: la madre de todos los que no morirán. Por medio de su fe en la Resurrección de Cristo, el hombre nace de nuevo, para la eternidad.

Eso es imposible, cuestiona el incrédulo. Y el Dios-Hombre Resucitado responde: “¡Todo es posible para quien cree!” (San Marcos 9, 23) Y aquel que cree es el que, con todo su corazón, con toda su alma y con todo su ser, vive de acuerdo con el Evangelio del Señor Jesús Resucitado.

Nuestra fe es la victoria en la cual dominamos a la muerte; fe, esto es, en el Señor Resucitado. “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado” (I Corintios 15, 55-56) Por medio de Su Resurrección, el Señor arranca el aguijón de la muerte. La muerte es la serpiente y el pecado es su aguijón. A través del pecado, la muerte inyecta su veneno en el cuerpo y en la alma de los hombres. Cuantos más pecados el hombre tiene, más poderoso es el aguijón por el cual la muerte inyecta su veneno en él.

Cuando una avispa aguijonea a alguien, esa persona hace todo lo posible para extraer el aguijón de su cuerpo. Más cuando es aguijoneado por la muerte –ese aguijón del Hades- ¿qué debería de hacer? Ella tiene, con fe y oración, que pedir al Salvador Resucitado, Cristo, que ella pueda arrancar de su alma el aguijón de la muerte. Y Él, pleno de compasión como Él es, así lo hará, pues Él es el Dios de la Misericordia y del Amor. Cuando muchas avispas atacan el cuerpo de un hombre y lo hacen con sus aguijones, ese hombre queda envenenado y muere. Lo mismo acontece cuando un hombre es herido por los diversos aguijones de muchos pecados. El que no resucitó del pecado sucumbe a la muerte.

Conquistando al pecado dentro de sí por medio de Cristo, un hombre derrota a la muerte. Si un solo día pasó y usted no consiguió aún derrotar siquiera uno de sus pecados, vea que se volvió más mortal todavía. Si, en cambio, usted se libró de uno, dos, o tres de sus pecados, usted se volvió enormemente renovado en aquello que jamás envejece: la inmortalidad y la eternidad. Nunca nos olvidemos que, que alguien crea en Cristo, implica que tiene que luchar incesantemente contra el pecado, el mal y la muerte.

Un hombre demuestra que cree verdaderamente en el Señor Resucitado por medio de su ardua lucha contra las pasiones y contra el pecado; y si él lucha arduamente, puede tener certeza de que está luchando por la inmortalidad y por la vida eterna. Si no se consagra arduamente a esta lucha, entonces su fe será en vano. ¿Porque, si la fe de un hombre no es la lucha por la inmortalidad y por la eternidad, entonces qué es? ¿Si por la fe en Cristo alguien no busca la inmortalidad y la victoria sobre la muerte, entonces cuál es la finalidad de la fe? Si Cristo no resucitó, ello significa que el pecado y la muerte no fueron derrotados. Y si esas dos cosas no fueron dominadas, ¿entonces por qué debería alguien creer en Cristo? Por el contrario, aquel que, a través de la fe en la Resurrección de Cristo, lucha arduamente contra cada uno de sus pecados, refuerza profundamente dentro de sí el sentimiento de que Cristo realmente resucitó, que Él de hecho removió el aguijón de la muerte, que él de hecho derrotó a la muerte en todos los frentes de la batalla.

El pecado marca profundamente al hombre, lo lleva muy próximo a la muerte, y lo transforma de algo inmortal en mortal, de algo incorruptible e ilimitado en algo corruptible y lleno de limitaciones. Cuantos más pecados tiene una persona, más mortal se vuelve. Y si un hombre no se siente inmortal, es obvio que está totalmente preso en el pecado, en pensamientos pequeños, en sentimientos mórbidos. La Cristiandad es una apelación para la lucha ardua hasta el último aliento contra la muerte, es decir, hasta la victoria final sobre la muerte. Cada pecado es una caída, cada pasión es una traición, cada mal lleva una derrota.

Jamás nadie debería preguntar por qué el Cristiano sucumbe a la muerte corpórea. Esto se da porque la muerte del cuerpo es un tipo de sembradura. El cuerpo mortal es sembrado, nos dice San Pablo (vea I Corintios 15, 42), y es cultivado en el poder, volviéndose inmortal. Como la simiente que es sembrada, así también el cuerpo se disuelve, para que el Espíritu Santo pueda darle vida y hacerlo perfecto. ¿Si el Señor no hubiese resucitado en el cuerpo, qué beneficio obtendríamos con ello de Él? Él no habría salvado al hombre entero. ¿Si Él no hubiese resucitado el cuerpo, entonces por qué Él se hizo carne? ¿Por qué tomó un cuerpo para Sí, si no fue para ofrecernos su Divinidad?

¿Si Cristo no resucitó, por qué debería alguien creer en Él? Confieso sinceramente que jamás habría tenido fe en Cristo, si Él no hubiese resucitado, si no hubiese derrotado a la muerte, nuestra gran enemiga. Mas Cristo resucitó, y Él nos dio la inmortalidad. Sin esa verdad, nuestro mundo no sería otra cosa que una visión caótica de ignorancia odiosa. Solamente con Su gloriosa Resurrección nuestro maravilloso Señor y Dios nos libertó de la desesperanza y de la falta de sentido. Pues, sin la Resurrección, no hay nada más sin sentido en los cielos o bajo ellos que el mundo actual; ni hay mayor desesperanza que esta vida sin inmortalidad. Por esta razón, en todo el mundo no hay ser más infeliz que un hombre que no cree en la Resurrección de Cristo y en la resurrección de los muertos (vea I Corintios 15, 19). “Más le valdría a ese hombre no haber nacido” (San Mateo 26, 24).

En nuestro mundo secular, la muerte es el mayor de todos los tormentos y la cosa más horriblemente cruel. Liberación de ese tormento y de esa crueldad es precisamente lo que la salvación nos dispensa. Tal salvación fue dada a la humanidad solamente por el Vencedor de la Muerte, el Dios-Hombre Resucitado. Por medio de Su Resurrección, Él nos reveló todo el misterio de la salvación. Salvación significa tener la inmortalidad y la vida eterna garantizadas para el cuerpo y para el alma. ¿Pero cómo alcanzamos esto? Solamente en la vida del Dios-Hombre, en la vida de la Resurrección, por medio de Cristo Resucitado.

Para nosotros, Cristianos, la vida en esta tierra es una escuela en la cual aprendemos cómo garantizarnos la inmortalidad y la vida eterna. Pues, ¿qué beneficio resultaría de esta vida, si no podemos en ella alcanzar la inmortalidad? Pero, para que un hombre resucite como Cristo, tiene primero que morir como Él y vivir la vida de Cristo como si fuese la suya propia. Si así lo hiciere, entonces el Día de la Resurrección podrá decir, como San Gregorio El Teólogo: “Ayer fui crucificado como Cristo, hoy como Él soy glorificado; ayer morí como Él, hoy como Él nací; ayer como Él fui sepultado, hoy como Él resucité”.

En unas pocas palabras podemos resumir los Cuatro Evangelios de Cristo: “¡Cristo ha resucitado! ¡En verdad, Él ha resucitado!” En cada una de esas palabras puede encontrarse el Evangelio de Cristo, del mismo modo que se puede encontrar todo el conocimiento del mundo de Dios, tanto lo conocido como lo desconocido, en los Cuatro Evangelios. Y cuando los sentimientos del hombre, junto con todos sus pensamientos, están centrados en el sonido estruendoso de la salutación Pascual, “¡Cristo ha resucitado!”, entonces la alegría de la inmortalidad conmueve a todas las cosas, y todas las cosas en júbilo proclaman el milagro Pascual: “¡En verdad, Él ha resucitado!”.

¡Sí, Cristo en verdad ha resucitado! Y un testigo de ello eres tú; yo soy testigo; todo Cristiano es un testigo de ello, comenzando por los Apóstoles y llegando hasta la Segunda Venida. Porque solamente el poder del Cristo Dios-Hombre Resucitado puede dar –y da continuamente ahora y dará continuamente en el futuro- el poder a todo Cristiano, desde el primero al último, de vencer todo lo que es mortal, y así a la misma muerte; todo lo que es pecaminoso, y así al mismo pecado; y todo lo que es demoníaco, y así al mismo demonio. Pues, simplemente por Su Resurrección, el Señor, de la manera más convincente, mostró y probó que Su vida es la Vida Eterna; Su amor, Amor Eterno; Su bien, Bien Eterno; Su verdad, Verdad Eterna; Su júbilo, Júbilo Eterno. Él también mostró y demostró todas las cosas que ofrece, en Su incomparable amor por la humanidad, para cada Cristiano, en cualquier era.

Con respecto a esas cosas, no hay un sólo acontecimiento, no al menos en los Evangelios, incluso en toda la historia de la humanidad, cuyo mayor testimonio haya sido dado, de una manera tan poderosa, tan indudable y tan indiscutible que el de la Resurrección de Cristo.

Sin duda, la Cristiandad, en toda su realidad histórica, en toda su fuerza y omnipotencia histórica, fue establecida sobre el hecho de la Resurrección de Cristo, es decir, en la Hipóstasis del Cristo Dios-Hombre en la Vida Eterna. Y para ello ahí está toda la extensa y milagrosa historia que la Cristiandad testimonia.

Realmente, si hay un hecho con el cual alguien podría resumir todos los eventos en la vida de Cristo y de los Apóstoles, y generalmente en toda la vida de la Cristiandad, ese hecho es la Resurrección de Cristo. Más incluso, si hay una realización que resuma todas las realizaciones del Nuevo Testamento, esa es la Resurrección de Cristo. Y, finalmente, si hay un milagro en los Evangelios que podamos decir que resume todos los milagros relatados en el Nuevo Testamento, ese milagro es la Resurrección de Cristo. Pues, únicamente a la luz de la Resurrección la persona de Jesús Cristo y Su milagrosa obra pueden ser conocidas. Únicamente a la luz de la Resurrección los milagros de Cristo, todas Sus verdades, todas Sus palabras y todos los acontecimientos del Nuevo Testamento son totalmente explicados.

Hasta la hora de Su Resurrección, el Señor enseñó sobre la Vida Eterna; mas en la Resurrección Él nos mostró que Él Mismo es Vida Eterna. Hasta la hora de Su Resurrección, Él enseñó sobre la Resurrección de la muerte; mas en la Resurrección Él mostró que Él Mismo era de hecho la resurrección de los muertos. Hasta la hora de Su Resurrección, Él enseñó que creer en Él nos arrancaba de la muerte para la vida; mas en Su Resurrección Él mostró que Él Mismo venció a la muerte y de este modo aseguró a aquellos afligidos por la muerte el tránsito de la muerte a la resurrección. Sí, sí, verdaderamente: el Dios-Hombre Jesús Cristo, con Su Resurrección, mostró y demostró que Él es el único verdadero Dios, el único Dios-Hombre en toda la humanidad.

Y, además de esto, sin la Resurrección del Dios-Hombre, sería imposible explicar el testimonio de los Apóstoles, o el martirio de los Mártires, o la confesión de los Confesores, o la santidad de los Santos, o el ascetismo de los Eremitas, o las bienaventuranzas de los Bienaventurados, o la fe de los Fieles, o el amor de los que aman, o la esperanza de los que esperan, o la oración de los que rezan, o el arrepentimiento de los arrepentidos, o la misericordia de los misericordiosos, o cualquiera de las virtudes o de los acciones Cristianas. ¿Si no hubiese el Señor subido a los Cielos como el Resucitado y no hubiese Él provisto a sus Apóstoles con el poder de dar la vida y la sabiduría milagrosa, qué podría haber unido a esos hombres cobardes y fugitivos, dándoles el coraje y la fuerza y la sabiduría para valerosamente predicar y confesar el Cristo Resucitado y seguirlo con júbilo hasta la muerte en Su Nombre? ¿Y si el Salvador Resucitado no los hubiese provisto de con su divino poder y sabiduría, cómo podrían esos hombres simples, pobres e ignorantes haber encendido en el mundo la llama inextinguible de la fe en el Nuevo Testamento? ¿Si la fe del Cristiano no fuese una fe en la Resurrección y, como consecuencia, en la Vida Eterna y en el Señor Vivificante, qué habría sido capaz de inspirar a los Mártires en el camino del Martirio, a los Confesores en el camino de la Confesión, a los Eremitas en el camino del ascetismo, a los Desapegados en el camino de la pobreza, a los Ayunadores en el camino de la abstinencia y a cualquier Cristiano en el camino de la Cristiandad?

Por ello es que todas estas cosas son verdaderas para mí y para todos los seres humanos, por medio de la Resurrección de Cristo. El Maravilloso y Dulce Jesucristo, el Dios-Hombre Resucitado, es el único Ser sobre los cielos en quien los hombres aquí en la tierra pueden derrotar a la muerte y a los pecados y al demonio y recibir la bendición y la inmortalidad, volviéndose miembros, verdaderamente, del Reino Eterno del Amor de Cristo. Para el ser humano, el Cristo Resucitado es la totalidad de todo en toda la humanidad: todo lo que es Bello, Bueno, Verdadero, Hermoso, Armonioso, Sagrado, Sabio y Duradero. Él es todo nuestro Amor, toda nuestra Verdad, todo nuestro Júbilo, toda nuestra Vida, la Vida Eterna en todas las sagradas eternidades e infinitos.



[El presente texto de San Justino ha sido traducido a partir de una traducción previa al portugués realizada por André Borges de "Ortodoxia Brasil" , web hermana a cuyos redactores y colaboradores mucho agradezco desde aquí el ofrecimiento de libre acceso a sus excelentes artículos y traducciones]