martes, septiembre 25, 2007

LA SANTA VIRGEN MARÍA, MADRE DEL SEÑOR. ICONO VIVIENTE DE LA IGLESIA

Tal como me propuse hace unos días, introduzco hoy la traducción que he realizado de la homilía que el entonces metropólita de Moldavia y hoy nuevo patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rumana, Daniel, pronunció durante el oficio de las Vísperas de la fiesta de la Natividad de la Madre de Dios, el 7 de septiembre pasado, en la catedral metropolitana de Sibiu, coincidiendo con la celebración en esta ciudad rumana de la IIIª Asamblea Ecuménica Europea.



LA SANTA VIRGEN MARÍA, MADRE DEL SEÑOR. ICONO VIVIENTE DE LA IGLESIA
[Icono de la Madre de Dios con escenas; autora: Valentina Irina Ciobanu -ver su web-]

Mediante el oficio de vísperas de esta tarde, entramos en la fiesta de la Natividad de la Madre de Dios, celebrada cada año el 8 de septiembre.

El año eclesiástico ortodoxo comienza el 1 de septiembre, en otoño, porque según la tradición judía, la historia de la humanidad en el paraíso repleto de árboles ricos en frutos habría comenzado en otoño. La fiesta de la Natividad de la Madre de Dios ha sido fijada por la Iglesia el octavo día del año eclesiástico, porque el número 8 simboliza la eternidad o la vida infinita.

El nacimiento de la Virgen de sus ancianos padres, Joaquín y Ana, que habían largamente rezado para tener un niño, constituye el primer momento de la preparación del advenimiento del Hijo Eterno de Dios en tanto que hombre en la Historia, para vencer a la muerte y ofrecer a los hombres la vida eterna en el Reino de los Cielos.

Esta verdad es expresada en el principal cántico de esta fiesta, el tropario de la Natividad de la Madre de Dios: “Por tu Natividad, oh, Madre de Dios, la alegría fue revelada a todo el universo, pues desde ti se elevó el Sol de Justicia, el Cristo nuestro Dios, Que, librándonos de la maldición, nos concedió la bendición y derribando a la muerte, nos regaló el don de la vida eterna” (1).



El misterio de la Santísima Trinidad,
de la Santísima Madre de Dios y de la Iglesia



Igualmente observamos que, en el oficio de las Grandes Vísperas, la Madre de Dios es denominada “Templo del Cristo-Dios, Rey de todos y Creador del Universo” (2), así como “Iglesia Santa, morada de Dios” (3), y el oficio de Maitines del 8 de septiembre nos enseña que la Virgen María, plena de gracia, es la persona humana que mantiene el vínculo más profundo y más fuerte con la Santísima Trinidad (Lc 1, 35), precisamente porque es a partir de ella que el Hijo de Dios tomó su naturaleza humana, gracias a la benevolencia del Padre eterno y a la presencia activa del Espíritu Santo: “En ti, el Misterio de la Trinidad es alabado y glorificado, Virgen purísima, pues el Padre lo ha bienquerido y el Verbo ha hecho Su morada en ti y es a ti a quien el divino Espíritu cubrió de Su sombra” (4). De este modo, el vínculo entre la Santísima Trinidad (Panaghia Trias) y la Santísima Madre de Dios (Panaghia Theotokos) se convierte en el Icono viviente de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, que nosotros confesamos en el Credo Nicenoconstantinopolitano, inmediatamente después de haber confesado nuestra fe en el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. El misterio de la Santísima Virgen María, la Madre de Nuestro Señor Jesucristo, deviene el icono místico de la Iglesia, puesto que la Iglesia es la multitud de seres humanos reunidos por el Santo Bautismo y la Santísima Trinidad. De este modo, la Madre de Dios y Siempre Virgen María, “plena de gracia” y “bendecida sobre todas las mujeres” (Lc 1, 28-42), es el icono de la Iglesia que existe y que crece espiritualmente de la bendición de Dios, es decir, de la “gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo” (2 Co 13, 13), como nos enseña el apóstol San Pablo. La Iglesia que fue llenada por la vida y por el amor de la Santísima Trinidad, las Sagradas Escrituras la denominó “el Pueblo de Dios” (1 P 2, 10), “el Cuerpo (místico) de Cristo” (1 Co 12, 27) y “el Templo del Espíritu Santo” (1 Co 6, 19), y todas las acciones sacramentales y las oraciones de la Iglesia se cumplen por la invocación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Ya que Jesucristo, El Que nace eternamente del Padre sin madre y El Que en el tiempo nació de Su Madre sin padre, es el Jefe de la Iglesia, “es gracias a Él (el Cristo) que, en un solo Espíritu, alcanzamos el acceso cerca del Padre” (Ef 2, 18), y la Santísima Virgen María, Madre de Dios, es la orante, la que intercede por nosotros, advocata nostra, la más próxima a Cristo. Es lo que se vive en las Bodas de Canaán, cuando a petición de Su Madre, el Cristo Señor, Que había bendecido a la familia con Su presencia, cumple su primer milagro, convirtiendo el agua en vino, manifestando Su gloria a Sus discípulos y llenando de alegría a la asistencia (Jn 2, 1-19). “Para la Iglesia Ortodoxa, la intercesión de la Virgen y de los santos no se añade a la intercesión de Cristo, sino que se inserta en el interior de ésta” (5), lo que quiere decir que la intercesión de la Madre de Dios y de los santos se realiza en la gracia que Cristo les consagró (Jn 1, 16-17).



La nueva Eva y la madre espiritual de los cristianos



La Santísima Virgen María, Madre de Jesucristo Nuestro Señor, se revela como la nueva Eva y el icono vivo de la Iglesia de Cristo cuando se abraza al pie de la Cruz del Cristo crucificado, del costado del cual brota la sangre y el agua (Jn 19, 34), símbolo del Bautismo y de la Eucaristía en tanto que Santísimos Sacramentos mediante los cuales los cristianos participan en la vida eterna que Cristo ha consagrado a Su Iglesia.

Antes de Su muerte en la Cruz, el Cristo Señor le presenta a Su Madre a Juan, Su discípulo bienamado, diciéndole: “¡Mujer, he aquí a tu hijo!”, y al discípulo “¡he aquí a tu madre!” (Jn 19, 26-27). Así, la madre de Cristo según la carne se hace madre espiritual del discípulo querido, y el discípulo querido se hace hijo espiritual de la Madre de Dios, San Juan el discípulo más fiel de Cristo, el más próximo de Él durante la Cena (Jn 13, 23-25), el que siguió a Cristo hasta el momento de Su muerte en la cruz (Jn 19, 26) y el primero que llega a la tumba de Cristo la mañana de Su Resurrección (Jn 20, 4). Así como el discípulo amado es el símbolo de la fidelidad a Cristo, la Madre de Dios se hace la Madre espiritual de todos los cristianos que siguen a Cristo y que viven con intensidad el Sacramento de la Eucaristía en tanto que sacramento de la Cruz y de la Resurrección de Cristo, como prueba de amor sacrificial y santa alegría.

He aquí por qué en las iglesias ortodoxas, por encima del iconostasio –símbolo del lazo entre la Iglesia y el Reino de los Cielos-, se encuentra el icono de Cristo crucificado teniendo a Su derecha a Su Madre y a Su izquierda a Juan, el discípulo al que Él bienquería. Y en el libro del Apocalipsis, la Madre de Dios simboliza la Iglesia, presente en el Cielo y sobre la tierra, como Esposa del Cristo Esposo, el Cordero de Dios (Ap 19, 7; 21, 9).

Los Santos Padres de la Iglesia, viendo que Cristo Nuestro Señor asocia a la felicidad de Su Madre a “aquellos que escuchan la palabra de Dios y que la observan” (Lc 11, 27-28), consideran que el alma de todo cristiano puede ser a la vez virgen y madre. Virgen, si ella se mantiene fiel a Cristo y madre si ella da origen a las virtudes poniendo en práctica las palabras y los mandamientos de Cristo. En este sentido, la Madre de Jesucristo Nuestro Señor es el modelo o el icono de la vida espiritual de los cristianos, en los que Cristo está presente por la gracia del Espíritu Santo (Ga 2, 20; Ef 3, 16-19; Col 3, 3).



La Madre de Dios. La que reza por nosotros y con nosotros


El texto del Evangelio de Lucas (Lc 1, 46-55) que nosotros atendemos esta tarde es conocido en la Iglesia Ortodoxa como El cántico de la Madre de Dios y en la Iglesia Occidental como el Magnificat (6). Este texto se convirtió en oración de la Iglesia porque la Madre de Dios es la primera en rogar a Cristo y mediante sus oraciones sostiene todas las oraciones de la Iglesia. El Evangelio nos muestra que la oración de la Santísima Virgen constituye su respuesta a la bendición de Dios. Dios tiene la iniciativa de salvar al mundo a través de Su Hijo, Que habría de nacer de la Virgen María después del consentimiento de ésta: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38).

El regocijo de la Santísima Virgen proviene de su comunión y de su cooperación con Dios. Es su humildad, de esclava de la voluntad de Dios, la que fundamenta su felicidad: “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre” (Lc 1, 46-49). Humilde y a la vez plena de ánimo, la Virgen alaba la obra o la justicia de Dios en la Historia, como elevación de los humildes y humillación de los orgullosos: “derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos con las manos vacías” (Lc 1, 52-53). Al mismo tiempo, la oración de la Santísima Virgen María enlaza la bendición recibida de Dios a la bendición que Él ha propiciado al pueblo de Israel: “Acogió a Israel, su siervo, en recuerdo de Su misericordia, como Él había prometido a nuestros padres, a favor de Abraham y de su descendencia por los siglos” (Lc 1, 54-55). Siguiendo el ejemplo de la Santísima Virgen, la Iglesia aprende a glorificar a Dios por Su obra salvífica en la Historia, por la ayuda recibida de Su parte en el presente, y vive en la esperanza de alcanzar al vida eterna.

Ha sido siempre de la Santísima Virgen que la Iglesia aprende a ser la esclava humilde de Dios en la obra de la redención, uniendo la humildad a la esperanza, la vida espiritual a la sed de justicia social, la bendición presente a la felicidad que ha de venir. Aquella a la que los cantos litúrgicos llaman “Templo santificado y paraíso espiritual” (Axion, Liturgia de San Basilio El Grande), la Santísima Madre de Dios y siempre Virgen María, por sus oraciones que se unen a las oraciones de la Iglesia, es fuente de alegría y de esperanza, protectora de las vírgenes y de las madres, refugio de los niños y de los jóvenes, sostén de los ancianos y de los desamparados, tal como es manifiesto por los cantos y las plegarias que le dedica el culto ortodoxo. Y sus propias palabras proféticas: “en lo sucesivo todas las generaciones me proclamarán bienaventurada” (Lc 1, 48) se cumplen en la multitud de fiestas que le son dedicadas, en la multitud de cantos litúrgicos y de obras musicales clásicas, tales como el “¡Ave María!”, en la multitud de iconos y de frescos que reflejan su imagen de Virgen y de Madre, en la multitud de iglesias parroquiales, de catedrales y de monasterios erigidos bajo su advocación.

Algunos de los fundadores cristianos de la Unión Europea deseaban que toda la Europa entera estuviese bajo la protección de la Madre de Dios, vestida de azul y “llevando en la cabeza una corona de doce estrellas”, como está escrito en el Apocalipsis, en el primer versículo del capítulo 12. Desgraciadamente, esta intención noble acabó olvidada y la bandera azul con las doce estrellas ha sido interpretada desde una perspectiva secularizada, privada de todo significado religioso.

No obstante, los cristianos de Europa se enriquecen cuando no desligan el misterio de la Iglesia del misterio de la Santa Madre de Dios, humilde y misericordiosa, y la invocan constantemente en sus oraciones por la unidad cristiana, por la familia y por la reconciliación social.

Concluimos esta meditación con las palabras de alabanza dirigidas a la Santísima Virgen María por el Arcángel San Gabriel y por Isabel, la madre de San Juan Bautista: “¡Regocíjate, plena de gracia, el Señor es contigo! Bendita eres entre todas las mujeres y bendito también es el fruto de tu vientre” (Lc 1, 28 y 42).


Metropólita Daniel Ciobotea
(actual Patriarca de la Iglesia Ortodoxa de Rumanía -elegido el 12 de septiembre pasado-)
7 de septiembre de 2007


(1) Pequeñas Vísperas, tropario, Ménologio para septiembre, Bucarest; 2003, pag. 112.
(2) Estijiras de Esteban El Hagiopolita, Ménologio, pag. 113.
(3) Estijiras de Sergio El Hagiopolita, Ménologio, pag. 116.
(4) Maitines, Ménologio, pag. 123.
(5) Alexis Kniazev, Maica Domnului în Biserica Ortodoxa (La Madre de Dios en la Iglesia Ortodoxa, Cerf, París, 1990), trad. rum. Humanitas, Bucarest, 1998, pag. 144.
(6) Hasta el reformador Martín Lutero vio en la Madre de Dios el modelo de oración plena de humildad para la Iglesia toda (ver Martin Luther, Le Magnificat, trad. de Albert Greiner, Nouvelle Cité, París, 1983).

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