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domingo, marzo 23, 2008

SAN AGUSTÍN DE HIPONA

[Icono de San Agustín; autora: Nancy Oliphant -Bridge Building Images-]


Biografía: San Agustín de Hipona (Aurelius Augustinus), el más grande de los Padres Latinos, nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste de Numidia (actuales Suq Ahras y Túnez, respectivamente). Hijo de padre pagano, Patricio, sin embargo fue educado como cristiano por su piadosa madre, Mónica (Santa Mónica). Fueron sus hermanos Navigio y Perpetua (que llegaría a ser abadesa).

Siendo un niño -365- se trasladó a Madaura, en la citad provincia de Numidia, donde estudió gramática y los clásicos latinos. Tras un año de residencia nuevamente en Tagaste (369-370) marchó a Cartago a estudiar retórica, iniciándose su interés por los problemas filosóficos y religiosos, especialmente tras la lectura del desaparecido diálogo Hortensius, de Cicerón. En esta última ciudad, de su relación con una amante, tuvo un hijo: Aedodato.

Cartago era un centro metropolitano, cosmopolita, abierto a muchas modas y corrientes intelectuales nuevas que terminaron influyendo en el joven Agustín. Llegó a estar profundamente comprometido con el maniqueísmo, defendiendo la posición de esta secta sobre la dualidad original del Bien y del Mal. El problema del mal en el mundo vendría a ser, a partir de aquí, un tema que le iba a preocupar toda su vida.

Tras una nueva estancia en su ciudad natal -374-, volvería a Cartago, donde establecería una escuela de retórica para, pocos años después -383-, viajar a Roma para enseñar retórica en la capital del Imperio, abriendo en ella asimismo otra escuela de esta disciplina. Durante este período se acercó más a la filosofía -lecturas de Cicerón y de Platón-, recibiendo la influencia del estoicismo, del escepticismo y, más tarde, del neoplatonismo (Plotino).

Ya con anterioridad a su partida para Roma, Agustín manifestó dudas acerca del dualismo maniqueo (entrevista con el obispo maniqueo Fausto), que se intensificaron durante su estancia en Roma. Pero es en el año 384, con su traslado a Milán para impartir clases de retórica (obtiene un puesto municipal como profesor de esta materia), cuando comienza a expresar sus primeras fuertes inclinaciones a las creencias cristianas, en parte por la influencia de los sermones de San Ambrosio sobre las Escrituras y en parte por la lectura y conocimiento de varios textos plotinianos en la versión latina de Mario Cayo Victorino, "El Africano", que socavaron fuertemente sus convicciones precristianas.

Ell neoplatonismo lo inclinó favorablemente a las tesis cristianas: por ejemplo, "el efecto del neoplatonismo fue liberarle de las cadenas del materialismo y facilitarle la aceptación de una realidad inmaterial. Además, el concepto plotiniano del mal como privación, más bien que como un concepto positivo, le mostró cómo podía afrontarse el problema del mal sin tener que recurrir al dualismo de los maniqueos" -Frederick Copleston-.

En 386/387, tras las dramáticas crisis espirituales descritas en su autobiografía, Confesiones, y su estrecho contacto con San Ambrosio, obispo de Milán, finalmente se convertirá al cristianismo (Confesión VIII), siendo bautizado junto a su hijo por el santo milanés. En ello tendría también un papel central las lecturas de los evangelios y de San Pablo e, igualmente, el encuentro con dos hombres, Simpliciano y Ponticiano. El primero, un anciano sacerdote, ofreció a Agustín un informe de la conversión de Victorino, el neoplatónico, al cristianismo con el resultado de que él mismo "ardió en deseos de hacer otro tanto"; el segundo le habló de la vida de San Antonio de Egipto, que enfrentó a la conciencia y a la voluntad de Agustín con el disgusto por su propio estado moral.

Desde el cristianismo, pues, a partir de esta fecha, leería e interpretaría la filosofía más influyente de la época: el neoplatonismo y a su principal representante, Plotino; y comienza su más intensa actividad como escritor, retirándose del profesorado y estableciéndose en Cassiciaco, donde profundizará en la comprensión del cristianismo, cada vez menos recubierto de las adherencias neoplatónicas.

Poco después de la conversión de Agustín, su madre, Santa Mónica, que había pasado a Italia, falleció en Ostia, donde esperaba un barco. Con anterioridad, años antes de su muerte, también se convertiría al cristianismo su padre, Patricio.

Retornó al norte de África en el otoño del año 388, residiendo en su ciudad natal y fundando una pequeña comunidad monástica, en la que estuvo hasta ser ordenado sacerdote -391- por el entonces obispo de Hipona, Valerio. Como este deseaba la ayuda de San Agustín, se estableció en Hipona, donde fundaría un monasterio.

En el año 395/396 Agustín fue consagrado obispo auxiliar de Hipona, fundando otro monasterio poco después de su consagración. Cuando Valerio, obispo titular, fallece en 396, Agustín le sucede en la sede episcopal de Hipona. Desde ella sería un implacable oponente de las herejías donastista, pelagiana, maniquea y priscilianista, pasando a constituirse en un adalid de la ortodoxia cristiana.

Permanecerá en Hipona hasta su muerte el 28 de agosto del año 430, cuando los vándalos de Geneserico, caída ya Roma en el poder de los bárbaros, estaban sitiando la ciudad. Su conmemoración en la Iglesia Ortodoxa se celebra el 15 de junio.

Obra: Escritor prolífico y fuera de lo común, toda su obra lleva impregnada el sello de su personal lucha espiritual y fue engendrada en el curso de una vida apasionada y activa.

Propiamente hablando, en San Agustín no hay "una filosofía" separable de su teología, y hasta de sus experiencias personales. La reflexión filosófica, para San Agustín, procede según la fórmula del "Credo, ut intelligam", precisada justamente dentro de la tradición agustiniana por Anselmo de Canterbury: San Agustín no cree por que sí, y menos porque el objeto de la creencia sea absurdo; tampoco comprende por comprender, sino que cree para comprender y comprende para creer.

Hoy, la mezcla de temas filosóficos y teológicos en la obra de San Agustín puede parecernos extraña y poco metódica desde nuestra costumbre por la clara delimitación de la teología dogmática y la filosofía. "Pero debemos recordar que Agustín, en común con otros Padres y antiguos escritores cristianos, no hizo esa clara distinción. No es que Agustín dejase de reconocer, ni menos aún negase, la capacidad del intelecto para alcanzar la verdad sin la revelación; es más bien que veía la sabiduría cristiana como un todo; que trataba de penetrar la fe cristiana mediante su entendimiento, par ver el mundo y la vida humana a la luz de la sabiduría cristiana. (...) no era tanto el mero asentimiento intelectual (...) lo que le interesaba cuanto el asentimiento real, la adhesión positiva de la voluntad de Dios; y sabía que en concreto una adhesión así requiere la gracia divina" -F. Copleston-.

También, en este mismo autor, "La razón tiene un papel que desempeñar para llevar al hombre hacia la fe, y, una vez que el hombre tiene ya fe, la razón tiene un papel en la penetración de los datos de dicha fe; pero es la relación total del alma a Dios lo que primariamente interesa a Agustín".

Los temas teológicos y, pues, filosóficos, principales en su obra pueden resumirse en los siguientes: la relación entre la Razón y la Fe; el conocimiento y la trascendencia; la libertad del hombre y la existencia del mal en el mundo; y la historia universal y el Estado.

Como teólogo la impronta de San Agustín fue decisiva en la doctrina acerca de la Trinidad, la Gracia y la Iglesia, en la posición de la Iglesia frente al Estado y en el desarrollo del monacato occidental. Será punto de referencia en las controversias sobre la Gracia, el libre albedrío, el pecado, la salvación, la Trinidad y el matrimonio, que permanentemente emergerán en el seno del cristianismo. La Iglesia encuentra en él, en muchos casos, un refrendo doctrinal sólido.

Desde la perspectiva filosófica, es destacable su análisis de la espiritualidad del alma humana, que él ve como copia del Dios uno y trino y en estrecha relación con Éste. A partir de la experiencia de la duda logra la certeza de la vida interior en relación con Dios: el que duda sabe que vive y que aspira a la verdad; en este dato se experimenta la capacidad de la razón para acceder a la visión de la realidad incorpórea (platonismo). Pero esta verdad eterna, las ideas, únicamente nos es accesible por medio de la iluminación divina (teoría de la iluminación). Nuestra respuesta al conocimiento del mundo debe ser, por consiguiente, amar a Dios, que es el amor por esencia. La dirección hacia ese fin es competencia de la voluntad (voluntarismo) del ser humano, sometido al pecado, la cual a su vez se encuentra con la voluntad de redención por parte de Dios.

Como filósofo, por tanto, ensaya desde sí mismo ( "Noli foras ire, in te ipsum redi, in interiore homine habitat veritas; et si tuam naturam mutabilem inveneris trascende et te ipsum") un camino nuevo para llegar a Dios. Este está más presente a nosotros mismos que nosotros mismos. En otras palabras, la inteligencia y la voluntad se constituyen en dos vías de trascendimiento para encontrar a Dios en uno mismo.

Abre así el campo filosófico a las pruebas de la existencia de Dios, anticipándose a Descartes y a ciertos existencialismos.

La voluntad divina, también, determina la historia universal, en el que el reino del desamor, de la soberbia y del afán de poder y de dominio (civitas terrena o Diaboli) está en pugna con el reino celestial del amor, la humildad y el bien (civitas coelistis o Dei): este reino entrará en su fase decisiva con la aparición de Cristo y terminará con la victoria de Dios.

Entre sus muchísimas obras pueden destacarse las Confesiones (397-401), que constituye un clásico de la literatura universal y una impactante biografía espiritual e intelectual, prueba de la fuerza de su experiencia religiosa, a la par que una original obra filosófica (significativa, por ejemplo, discusión sobre la naturaleza del tiempo); y La Ciudad de Dios (413-426), monumental obra (22 libros) que expone la historia de la humanidad en términos de oposición y conflicto entre lo espiritual y lo temporal, finalizando -como se ha indicado anteriormente- con el triunfo de la Ciudad de Dios, cuya manifestación histórica en la tierra es la Iglesia.

Otras obras: Soliloquia (386-387); De Gratia et libero arbitrio (388-395); De Trinitate Dei (399-401); y De fide et operibus (413).

lunes, agosto 20, 2007

SAN ANASTASIO SINAÍTA


San Anastasio Sinaíta vivió durante el siglo VII. Fue uno de los grandes ascetas cuya obra floreció en el Monte Sinaí y cuya literatura ascética tuvo una gran repercusión en el ámbito de Bizancio. También, es uno de los últimos escritores orientales a quienes se reconoce el título de Padre de la Iglesia, por su labor apologética de testimonio y defensa de la Fe. Fue conocido en Oriente, especialmente entre la admiración de los griegos, como el “Nuevo Moisés”. Conmemoración de su fiesta: 21 de abril.


Biografía:


Se dice nacido en Siria, aunque este dato no es seguro. Durante su juventud, su vida se reforzó en una gran piedad y en el amor a Dios. Cuando alcanzó la primera madurez, San Anastasio abandonó el mundo y entró en un monasterio para asumir sobre sí el yugo de Cristo (Mt 11, 29) Deseando perfeccionarse en la virtud, marchó al Monasterio de Santa Catalina sobre el Monte Sinaí, donde San Juan de la Escala (o San Juan Clímaco del Sinaí) era entonces el abad. Allí, él se enriqueció con el ejemplo de muchos hombres santos que eran experimentados en el monasticismo.

A causa de su humildad, San Anastasio recibió la sabiduría y el discernimiento espiritual de Dios. Escribió las vidas de varios padres santos, así como otros libros espiritualmente instructivos. Al mismo tiempo, fue encontrado digno de ordenación al sacerdocio santo.Después de San Juan y de su hermano Jorge, San Anastasio fue elegido abad del Sinaí. Era el más entusiasta en su oposición a la herejía (especialmente del “monotelismo”: negación de la existencia de una voluntad humana en Jesucristo; también del monofisismo y de los eutiquianos), exponiéndola, refutándola y haciendo enmudecer a sus corifeos, cubriéndoles con la vergüenza. Para ello, no dudó en abandonar su retiro cenobítico y viajar a Siria, Palestina, Egipto y Arabia para desarraigar la herejía y reforzar la iglesia de Cristo. En este marco, se le sitúa en Alejandría hacia el año 640 y, luego, entre los años 678-689, en tiempos del patriarca monofisita Juan III. El III Concilio de Constantinopla, en el año 680-681, pocos años antes de su muerte pondría fin a esta herejía.

San Anastasio enseñó que Dios otorga a cada cristiano un ángel para que lo cuide y lo proteja en todas las situaciones de su vida. Sin embargo, podemos alejar de nosotros a nuestro Ángel de la Guarda a causa de nuestros pecados, del mismo modo que las abejas huyen a causa del humo. Mientras los demonios trabajan para privarnos del Reino Divino, los ángeles santos nos guían para hacer el bien. Por lo tanto, solo en las personas más necias se apartaría de ellos su ángel guardián.

Después de una larga vida de servicio a Dios, San Anastasio se durmió en el Señor en torno al año 690. Él y otros ascetas del Monte Sinaí son conmemorados el Miércoles Brillante, en la Sinaxis de los Padres Monásticos del Sinaí.


Obras:


Aparte de su obra dogmática y apologética contra las herejías (Hodegos o Guía del Verdadero Camino), escribió una pequeña historia de éstas y de los sínodos eclesiásticos, un texto exegético (el Hexamerón), un comentario bíblico de la Creación, varias homilías y un volumen de preguntas y de respuestas sobre cuestiones predominantemente morales (Libro de las Ciento Cincuenta y Cuatro Cuestiones).

Entre sus homilías más conocidas se encuentra el Sermón sobre la Santa Sinaxis (o, también, De la Sinaxis Cristiana) donde resume la doctrina sobre la Eucaristía y exhorta a los cristianos a comulgar dignamente.

viernes, agosto 17, 2007

SAN JUSTINO MÁRTIR


Flavio Justino (San Justino Mártir o El Filósofo), hijo de Prisco, nació en Neápolis (actual Nablus o Naplusa, en Samaria, Palestina) hacia el año 100 de nuestra era y moriría, fruto del martirio, en torno al año 165, en Roma. Su natural inquietud –sed- por el saber y el conocimiento, lo llevaron de las vanas e insuficientes respuestas de las corrientes filosóficas de su tiempo (estóicos, peripatéticos, pitagóricos y neoplatónicos) a su definitiva conversión al Cristianismo, a través de las enseñanzas de un anciano cristiano en Éfeso (ca. 130), cuando pudo tener acceso a la Revelación mediante la lectura del Antiguo y el Nuevo Testamento. En palabras de Étienne Gilson, en la época de San Justino, “convertirse al cristianismo era, con frecuencia, pasar de una filosofía animada de espíritu religioso a una religión capaz de consideraciones filosóficas”, pues las preocupaciones religiosas ocupaban entonces una gran parte de la especulación griega.


Es considerado, pues, el primer filósofo cristiano –uno de los primeros Padres Apologistas (o apologetas) griegos-, si fuera plausible hablar de una “filosofía cristiana”. La escuela filosófica creada por él se puede considerar un puente entre la ciencia pagana y el Cristianismo y, según sus propios posicionamientos, la Filosofía es un camino para la Fe, a la que se haya supeditada; en sus propias palabras: “la filosofía es lo que nos conduce a Dios y nos une a Él”.

Se habla de que escribió unas ocho obras, pero sólo se conservan fragmentos de sus dos “Apologías” y de su “Diálogo con Trifón”. La primera (ca. 150) de las apologías –en puridad, terminológicamente, defensas de la Fe Cristiana frente a los malentendidos, ataques y persecuciones de los paganos, filósofos o no- está dirigida al emperador Adriano y contiene tres números (artículos) dedicados al Bautismo y a la Eucaristía que nos muestran cómo la Iglesia ortodoxa se mantiene fiel al Cristianismo primigenio; la segunda apología es continuación de la anterior y, en este caso, va dirigida al emperador Marco Aurelio; en ambos casos, dice que las escribe “a favor de unos hombres y una raza que son injustamente perseguidos, yo uno de ellos, Justino, hijo de Prisco”. Por su parte el diálogo con el judío Trifón (ca. 160), su obra más importante en el marco de la Filosofía, recoge sus principales enseñanzas de corte filosófico y, de un modo estilizado, describe su búsqueda de la verdad, esto es, la Fe, después de la insatisfacción que le produjeron las diversas respuestas ofrecidas por los movimientos filosóficos de su tiempo.

Según las actas notariales de su martirio que se han conservado felízmente, fue decapitado bajo el prefecto Junio Rústico (163-167), en Roma, junto a otros seis hermanos cristianos: Caridad, Caritón, Evelpisto, Hierax, Peón y Liberiano. Bello texto, es muestra de una sorprendente firmeza en la Fe Cristiana en tiempos de trágica tribulación para el incipiente Cristianismo; firmeza compartida por un sabio erudito, Justino, y unos humildes hermanos cristianos, sus compañeros de martirio.

Esta es la vida de un hombre santo que habiendo nacido cerca del pozo de Jacob, donde Cristo prometió darnos “agua de vida” (Jn 4, 5-15), acabó sus días en el mundo y obtuvo la eternidad ofreciendo en Cristo y por Cristo su sangre vivificante con su ejemplo martirial. Su fiesta es conmemorada el 1 de junio.