jueves, noviembre 02, 2006

"LA SAMARITANA"


"Vino una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dijo: `Dame de beber´"
San Juan 4, 7


Todas las tardes bajaba la mujer a la sombra de las palmeras del pozo patriarcal y se sumergía su alma en el silencio para sentir el latido más hondo de la lejanía... Y esperaba al Señor donde había gozado su presencia; le esperaba devanando sus memorias... Fue una siesta del mes de Sivan. Estaba el valle rubio, maduro y oloroso del aliento del verano. Todo resonaba de elictras ardientes; y entre el hervor gemía una rueda de alfarero.


Junto al ejido halló la mujer doce caminantes; sus mantos viejos, sus sandalias roídas, soltaban la tierra de muchas jornadas. Siendo pobres, había uno que semejaba siervo de los otros, y hollaba pesadamente como un buey flaco cuando labra el erial; tenía el pelo rojo y los labios de ferocidad.


La samaritana les gritó: "¡Llegaos sin recelo, y si nadie os socorre, tomad de lo que hubiere en mi casa; abierta la hallaréis; es la más blanca de todas; suben los jazmines por el muro!..."


Y se alejó envuelta del gozoso donaire de su juventud. Y ya casi en la vera del pozo, se detuvo asustada con los rubores dulcísimos que siente la mujer exquisita, aun siendo pecadora.


Un hombre extranjero, recostado en el brocal, aspiraba la pureza y frescura del agua, y dentro del cielo reflejado se veía su imagen con un nimbo de sol.


El hombre alzó los ojos; la miró como un hermano que estuviese esperándola, y le dijo:


- ¡Paz en ti!


Otra vez asomóse al espejo azul de las aguas y, confiadamente, le pidió:


- ¡Dame de beber!


Ella le contemplaba enternecida de su abandono de niño cansado.


Siempre le hablaron los hombres con ufanía de cortejadores y con rendimiento carnal, viendo solo en ella las gracias de hembra. Y el extranjero la había mirado como enlazándola con la emoción de la tarde, y la había escogido para recibir de sus manos la inocencia del agua. ¡La había mirado; había visto que era hermosa, y le pidió agua!. Y la mujer sintió entonces el encanto íntimo del agua, del cual parecía que participase su vida, y creyó oír el primer elogio de su belleza, renaciéndole un estado de virginidad.


Y le sonrió dulce y tímida, pronunciando:


- ¿Cómo siendo judío me pides de beber a mí, que soy samaritana?


En los ojos del caminante pasó un ímpetu de gloria; y alzóse transfigurándose de niño sediento en padre magno y fuerte, en señor que visita su heredad, y le dijo:


- Si supieses quién es el que te dice: ¡Dame de beber!, tu acudirías a él pidiéndole: ¡Yo no a ti, sino tú a mi dame el agua de la sed mía!


Salieron en la mujer resabios de malicias de rapaza, y se inclinó graciosamente, exclamando:


- ¡El pozo es hondo! ¿Cómo podrías tú sacar agua sin mí?


Y le mostraba el cántaro limpio y fresco de juncia y la delgada cuerda ceñida de su talle.


Llegósele el hombre dolorido de compasión. Y la samaritana recogióse en sí misma escuchándole:


- ¡Todo el que bebiere de esta agua que tú tomas de la tierra vuelve a sentir la sed; mas el que bebiere de la que yo alumbro nunca estará sediento, porque el agua que yo doy se vuelve en el pecho una fuente que salta hasta la vida eterna!...


La mujer se le iba postrando, sin cuidarse de su figura, ni de los pliegues de su túnica, ni de sus trenzas, que se le sumían entre el herbazal; y tendida, humilde y casta, toda hecha de corazón bajo los ojos y la palabra del extranjero, le imploró con un quejido venturoso:


- ¡Dame, Señor, dame de esa agua viva, que yo no quiero tener más sed!...


[Fragmento de Figuras de la Pasión del Señor, de Gabriel Miró, obra de este escritor alicantino publicada en los años 1916-1917]