domingo, julio 13, 2008

PARA LA REFLEXIÓN Y LA MEDITACIÓN (24)

En lo que respecta a nuestra relación con Cristo -y por Él, con el Padre- retomaría con gusto la imagen del injerto que nos da San Pablo. El injerto consiste en tomar un rama que de otra manera moriría e injertarla en un tronco vigoroso y lleno de vida. Reflexionemos primero en el aspecto trágico de este hecho antes de ver su aspecto glorioso. En efecto, están las tijeras que cortan el injerto, separándolo de sus raíces. Este se encuentra entonces suspendido entre la vida efímera que era suya y una muerte segura. Pero, en un mismo gesto, el jardinero corta con su navaja el tronco vivificante. Y así, herida contra herida, llaga contra llaga, el injerto es introducido en el corte. La sangre corre, sangre que mataría al injerto si se derramara hasta la última gota, pero que ahora es reemplazada por una sangre nueva, por la savia del Árbol de Vida.

De esta manera, estamos injertados en Cristo. Morimos, y somos injertados, herida contra herida, en el Cristo crucificado. En un sentido, podemos decir que Cristo es nuestra muerte pues sin Él no hubiéramos sido arrancados de esta vida efimera, transitoria, frágil. Y, al mismo tiempo, Él es nuestra vida, una vida nueva en nosotros y por nosotros.

Metropolitano Antonio de Sourozh, De la Iglesia

[Ver el texto completo: Ecclesia]