martes, julio 01, 2008

LA OBRA ASCÉTICA DE SAN EFRÉN EL SIRIO (14)

14

Después de haber dejado atrás tu pasado y haber hecho humilde tu pensamiento, conforma un tesoro perpetuo para un servicio fructífero de los hermanos. Así como limpias tu casa de lo que la ensucia, afánate también en eliminar de tu hombre interior los deseos mundanos. Si todavía estás limpiando las cenizas de la cocina, acuérdate del profeta que declara: “El pan que como es la ceniza, mi bebida mezclo con mis lágrimas” (Sal 101, 10).

Cuando veas un fuego perecedero, piensa en el fuego eterno que debe devorar a los pecadores y llora por los pecados que cometiste. Todo lo que busques, búscalo con humildad y buena intención, te será de gran provecho y atraerás sobre ti la gracia de Dios. Está dicho: “El Señor se opone a los orgullosos, pero otorga la gracia a los humildes” (Pr 3, 34). Y si te agotas en el trabajo, piensa en los que son destinados al exilio, a las minas o a la amarga servidumbre y sométete a tu superior en el Señor. Porque la servidumbre que soportas a causa del Señor no es semejante a la impuesta por los hombres. ¿Quién, pues, despreciado o agotado en el trabajo en servicio del emperador, no consideraría la injuria más bien como un honor y el trabajo como una satisfacción? ¿Si no escogimos deliberadamente, a causa del Señor, someternos a un trabajo agotador en una condición despreciada, por qué salimos del mundo?

Mi amigo, ¿qué clase de hombre crece en dignidad y alcanza la beatitud al sufrir por el Señor? Si realmente soportas con constancia a causa de Él, sepas que das un poco y ganas mucho a cambio. Hagamos pues uso de la paciencia cumpliendo la voluntad de Dios para recibir en el reparto lo que nos ha prometido. Él dijo en efecto: “Pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará” (Mt 24, 13).

Si aquellos que abandonaron un pasado de esplendor deben también humillarse en pensamiento, cuánto más deben tenerse por nada aquellos que vienen a la vida monástica después de una existencia lamentable y penosa, ni jamás elevarse en pensamiento, siendo que serán honrados al igual que los otros. Deben más bien dar prueba de toda forma de dulzura y de humildad, haciendo sin cesar memoria de la beneficencia del Señor y de qué influencia de este siglo Él los liberó, con el fin de no dispersar su atención espiritual ni perder el recuerdo de su baja extracción, para no hincharse de orgullo y, habiéndose vuelto ingratos hacia su Bienhechor, ser incapaces de comprender la palabra de este salmo: “El hombre, estando en el honor, no comprende, se ha puesto al nivel de las bestias sin razón, volviéndose a ellas semejante” (Sal 48, 21).

Así pues, mis amigos, cada día de nuestra vida, sirvamos al Señor con un profundo espíritu de humildad, a Él que eleva al pobre de la tierra y al indigente de la inmundicia; de modo que, llegado el fin, nos juzgue dignos de la gloria de los dulces y de los humildes. Para ello está escrito: “El Señor devuelve su merecido a aquellos que actúan con un orgullo desmesurado” (Sal 30, 24).