martes, diciembre 26, 2006

MENSAJE DE NAVIDAD DE SU SANTIDAD ALEXIS II, PATRIARCA DE MOSCÚ Y TODA RUSIA



"La tierra ha extendido sus hombros, y recibido a su Creador,

recibiendo la gloria de los ángeles,

la estrella de los cielos; de los pastores la alabanza,

de los magos los dones y del mundo entero el conocimiento".



¡Queridos en el Señor eminentes jerarcas; presbíteros y diáconos que queréis a Dios; honorables monjes y monjas que mantenéis el noble combate (2 Tim, 4, 7); y vosotros todos, cristianos ortodoxos que os encontráis dentro de los límites de la Iglesia! "¡Que la gracia y la paz abunden entre vosotros, por el conocimiento de Dios y del Cristo Jesús, nuestro Señor!" (2 P, 1, 2). ¡Con júbilo, os felicito a todos con ocasión de la gran fiesta del Nacimiento en la carne de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesucristo!.




En estos días luminosos, revivimos los más grandes acontecimientos de la historia humana. En su gran humildad, el Señor quiso venir a la tierra bajo la forma de un hombre, y nació no en un rico palacio, no en la casa de los poderosos de este mundo, sino en un pobre pesebre en el desierto. Los primeros en haber advertido el Nacimiento de Cristo no fueron los reyes ni los poderosos, sino unos simples pastores que guardaban sus rebaños no lejos de la cueva de Belén. Es a ellos, personas humildes, que les fueron dirigidas las voces angélicas, advirtiendo al mundo del comienzo de una nueva era, cristiana: "No temáis; os anuncio una gran alegría, que será la de todo el pueblo, porque hoy os ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor" (Lc, 2, 10-11).


¡Mis muy queridos! Escuchemos el anuncio evangélico: "¡Os anuncio una gran alegría!". A menudo, nosotros olvidamos esta alegría eterna, incorruptible, porque vivimos en un mundo sometido al pecado y a la muerte, en el que conocemos las enfermedades y las debilidades, donde sufrimos a veces la separación y la desgracia, donde estamos confrontados con la violencia y la crueldad. Pero nuestra fe nos enseña a guardar en nuestros corazones y a transmitir a todos los hombres, hasta en medio de las penalidades de la vida, esta alegría que nos ha sido dada desde lo Alto y que está dicho en el Evangelio que nadie nos arrebatará (Jn, 16, 22).


Dios, llegado a nuestra casa bajo la forma de un niño, desea que nuestro corazón se transforme en la gruta y el pesebre donde Él reposa, y que en nuestra alma resuene eternamente la alabanza angélica: "¡Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y en la tierra paz y benevolencia a los hombres!" (Lc, 2, 14). El milagro y el júbilo de la fe cristiana que reside en el hecho de que esta "gran alegría" se nos consagra hoy en toda su plenitud, igual que hace dos mil años. ¡No nos olvidamos, celebramos la Natividad de Cristo, porque ésta, que tuvo lugar no hace mucho tiempo, cumple eternamente a los hombres de paz y de alegría!.


El Señor Jesucristo está siempre en el centro de nuestra vida y de nuestro testimonio frente al mundo. Y nuestra Iglesia no cesa de seguir el camino trazado para ella por Dios mismo, predicando la enseñanza salvadora de Cristo, "a fin de que el mundo crea" (Jn, 17, 21).


Nuestra alegría, nuestra fe, nuestra oración, nuestras buenas obras -todo lo que debe acompañar la hazaña de vida del cristiano ortodoxo-... lo que ofrece testimonio de Cristo a nuestros allegados y a las personas menos próximas, haga de nosotros la sal de la tierra y la luz del mundo (Mt, 5, 13-14), iluminando a todos los que buscan la verdad, el amor y la pureza.


¡Bienamados! El año transcurrido ha sido para nosotros un año de gracia del Señor. Por la misericordia de Dios, la organización de la vida eclesial en Rusia y en otros países, a donde se extiende el cuidado y la responsabilidad pastoral de nuestra Iglesia, se continuó con éxito. Nuestro pueblo retorna cada vez más hacia la fe de sus padres. En numerosas ciudades y localidades, los niños y los adolescentes adquieren la fe y la cultura ortodoxas. Las iglesias se llenan de feligreses de todas las edades y condiciones. Millones de personas oran a Dios, leen literatura espiritual, participan en actividades eclesiales. He sido testigo de todo ello, visitando este año las diócesis de Vladimir, de Kaliningrado, de Nijni Novgorod, de San Petersburgo y de Saransk. Muy importante para la unidad de los hijos de nuestra Iglesia fue la visita a la Iglesia ortodoxa de Letonia, los encuentros y conversaciones con las autoridades gubernamentales de Letonia, y la unión en la oración con el pueblo ortodoxo.


Un signo visible de la benevolencia de Dios hacia nuestra Iglesia fue la llegada a su territorio de la diestra del santo profeta, precursor y bautista Juan. Numerosos hijos de la Iglesia recibieron la bendición de la mano que un día se posó sobre la Cabeza del Salvador en el momento de Su Bautismo. Nuestro país también fue visitado por reliquias importantes, preservadas en la santa montaña de Athos: la preciosa mano de Santa María Magdalena, émula de los apóstoles, un fragmento de la Cruz Vivificante del Señor y las reliquias de San Cirico. Numerosos creyentes, habiendo venerado estas sagradas reliquias, han recibido ayuda y consolación.


Un jalón importante de la vida de la Iglesia fue la celebración, durante el año pasado, del 300 aniversario de la ermita de la Dormición de la Madre de Dios en Sarov, lugar de las hazañas de San Serafín. El jubileo fue resaltado con la restauración de la vida monástica en este renombrado monasterio. Después, bajo las bóvedas de las iglesias no hace mucho destruidas y ahora restauradas, es de nuevo presentado el sacrificio no sangriento "por todos y por todas".


Durante el año pasado, el Señor me permitió de nuevo la vuelta a Valaam, tan caro a mi corazón. Es gozoso constatar que, en este antiguo monasterio del norte, la vida monástica renace. Una nueva prueba de este renacimiento fue la colocación, por nosotros mismos, de la piedra inaugural de la iglesia del Santo Príncipe Vladimir, émulo de los apóstoles, en el skiti de Vladimir y la consagración de la iglesia de la Resurrección de Cristo en el skiti de la Resurrección.


Los fieles no pueden más que regocijarse del éxito en la aproximación de la Iglesia en nuestro país con nuestros hermanos de la Iglesia rusa fuera de las fronteras. La unidad y la relación, quebrantadas por los hechos trágicos de hace más de 80 años, se restablecen hoy, en lo que vemos una muestra de la benevolencia de Dios.


Un gran sufrimiento para el corazón de todos los creyentes fue originado por los acontecimientos trágicos de Tierra Santa. Allí donde, hace dos mil años, los ángeles anunciaron: "Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra", de nuevo fue derramada la sangre de inocentes. Roguemos a Dios para que la tierra bendita del nacimiento, la vida, el sufrimiento y la resurrección de Nuestro Salvador se convierta por fin en un lugar donde "la Justicia y la Paz se abrazan" (Sal, 84, 11).


Toda justificación del mal por referencia a la fe es inadmisible. Los participantes en la cumbre de líderes de las religiones mundiales, que se mantuvo este verano en Moscú, dirigiéndose a todos los creyentes del planeta, les urgieron a "respetar y aceptar al otro, cualesquiera que sean las diferencias religiosas, nacionales u otras". Nuestra Iglesia, como siempre, se esfuerza por servir al bien de los hombres, aunando sus esfuerzos a los del Estado y a los de la sociedad civil, a los de los cristianos de otras confesiones y a los de las personas de otras creencias y convicciones. A través de las obras comunes, a través de la participación en las acciones y en los diálogos de la sociedad debemos testimoniar al Cristo encarnado, predicándolo no sólo mediante palabras, sino mediante toda nuestra vida.


¡Hermanos y hermanas queridos en el Señor! Les dirijo las palabras del apóstol: "No extingáis el Espíritu; no despreciéis la profecía; examinadlo todo y quedaos con lo bueno. Absteneos de todo género de mal. Que Él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin reproche hasta el advenimiento de Nuestro Señor Jesucristo" (1 Ts, 5, 19-23).


¡Una vez más, os felicito, queridos hermanos y hermanas en Cristo, con motivo de la grande y salvadora fiesta de la Natividad de Cristo y con ocasión del nuevo año 2007! Que el Señor y Salvador les conceda Su gracia, que Él os salve y os guarde a todos en vuestra peregrinación terrestre y que os haga dignos de la alegría de la relación con Él en la vida del siglo venidero. "Y que reine en vuestros corazones la paz de Dios, a la cual estáis llamados" (Col, 3, 15).