jueves, noviembre 22, 2007

GEORGIA CONVULSA

No es habitual que nos lleguen muchas noticias que nos hablen de esa nación hermana en la Ortodoxia que es Georgia; y si hablamos de noticias con una específica temática religiosa, menos. El Cáucaso queda lejos para este rincón bendecido de Europa y, tal vez, mucho más para Iberoamérica. Esta lejanía y, quizá, también el idioma, no contribuyen posiblemente a un mayor interés de nuestras agencias y medios de comunicación por acercarnos a un mejor conocimiento de este país y sus gentes.

Pero si nos llegan esas noticias, tristemente, no suelen ser nada halagüeñas: los conflictos étnicos o políticos, a veces violentos, siguen presidiendo el paso de sus días desde que recobrara la independencia esta histórica nación, tras la desaparición de la Unión Soviética.


Hace unos días remitía a una noticia en la que se nos informaba de que Su Santidad Ilia II, patriarca de la Iglesia ortodoxa de Georgia, planteaba la conveniencia de reestablecer, según hechuras constitucionales, democráticas, la monarquía de los bagrátidas que fuera suprimida por Rusia en el año 1801.


Su propuesta tiene una explicación: la más reciente historia de Georgia pasa por el encadenamiento de situaciones tremendamente convulsas; en otras palabras, se podrá estar más o menos de acuerdo con la forma de Estado monárquica o, en su defecto, con la republicana, pero es evidente que en esta corta historia reciente los presidentes georgianos se suceden en medio de crisis de gran intensidad.


El primer presidente del Estado georgiano independiente (1991), Zviad Gamsajurdia, fue depuesto por un golpe de Estado al poco de ser elegido y las luchas por el poder derivaron en una cruenta guerra civil, en medio de la cual se produjeron las secesiones -no reconocidas internacionalmente- de la república autónoma de Abjasia y de la provincia autónoma de Osetia Meridional; tras el fracaso de sus últimos intentos por retornar al poder, Gamsajurdia se suicidaría, sucediéndole definitivamente (1995) Eduard Shevarnadze -último ex-ministro de exteriores de la URSS- en torno al cual se habían vertebrado los opositores al anterior mandatario.


Eduard Shevarnadze, además de no lograr resolver los conflictos separatistas, acabaría igualmente siendo depuesto en medio de acusaciones de corrupción hacia su gobierno y administración por la llamada "Revolución Rosa" (2003), encabezada por el pro-occidental Mikhail Saakashvili quien, un años después, sería elegido nuevo presidente.


Puede que el hecho de que el cambio producido en la cúpula del Estado fuera esta vez pacífico, unido a las simpatías internacionales que concitó inicialmente Saakashvili, hiciera presagiar un mejor futuro para la vida política y el desarrollo social y económico del país. Sin embargo, a los enquistados e irresueltos separatismos de Abjasia y Osetia del Sur -con incidentes diplomáticos al respecto con Rusia- vino a sumarse una similar situación en la república autónoma de Adjaria; en segundo lugar, se han ido produciendo importantes escisiones en el seno del Movimiento Nacional Demócrata (partido en el gobierno liderado por Saakashvili) engrosando las filas de la oposición -entre ellas la ex-ministra de exteriores, Salomé Zurabishvili o el ex-ministro de defensa, Irakli Okrouashvili- que, hoy, denuncian la deriva autoritaria del gobierno, hasta el punto de acusar al actual presidente de la eliminación física de políticos y personalidades influyentes.


Desde hace escasas semanas se han venido produciendo importantes manifestaciones de la oposición pidiendo la dimisión de Saakashvili. Este, como respuesta, decretó el estado de excepción y, todo ello, en medio de la celebración de unas inminentes elecciones presidenciales que, en palabras de los opositores, se ven dificultadas, cuando no seriamente condicionadas desde el poder (la fiscalía acusa al principal candidato opositor, Badri Patarkatsishvili, de estar preparando un golpe de Estado). Tras las duras críticas recibidas de la comunidad internacional por la declaración del estado de excepción, Saakashvili, finalmente, adelantó los comicios y prometió levantar inmediatamente dicha medida extraordinaria.


En este difícil panorama, la Iglesia ortodoxa de Georgia, a través de Su Santidad Ilia II, se ofreció para mediar entre los partidarios del gobierno y de la oposición. Ambas partes se reunieron los pasados días en la sede del patriarcado bajo, también, la dirección de la presidenta del parlamento, Nino Burdzhanadze, dando así inicio al diálogo y las negociaciones que aporten una salida pacífica y democrática a la crisis.


Sólo nos queda rogar a Nuestro Señor para que los ilumine y la acción mediadora de la Iglesia dé sus ansiados frutos: que Georgia se encamine definitivamente hacia un futuro de paz, libertad y progreso.