jueves, octubre 04, 2007

ÚLTIMAS PALABRAS DE UNA MADRE CRISTIANA A SU HIJO

Sin más, conmovedora. Conmovedora hasta decir basta. Una prueba más de que las guerras -y las postguerras- no son hechos lineales o planos, fáciles historias de buenos y malos con las que todos los implicados puedan tranquilizar sus conciencias.

Tuve la oportunidad este fin de semana de leer el reportaje que en "El País Semanal" se dedica a "Las Trece Rosas": trece chicas que, en la edad de la adolescencia o en la incipiente madurez, vieron segadas sus vidas, detenidas en la mayoría de los casos con la excusa de su militancia política, de sus ideas, y ajusticiadas por la dictadura franquista en un proceso irregular por un delito que no cometieron.

Aunque "Las Trece Rosas" ya ha sido motivo de diversos tratamientos en el pasado reciente (libros, documentales, obras de teatro, etc.), vuelven a hacerse presentes a partir del próximo estreno de la película que, con el mismo nombre, ha dirigido Emilio Martínez Lázaro (ver crítica).

Invito a que rastreen por donde puedan -prensa, Internet, libros, etc.- los hechos luctuosos de esta trágica e incomprensible historia, con la debida distancia, esto es, libres de prejuicios ideológicos, y traten únicamente -si pueden- de comprender la inhumanidad que encierran.

Por lo que a mi toca, sólo quiero dejar constancia en este blog de la carta que, pocos días antes de su muerte, una de ellas, Blanca Brissac, de profundas convicciones cristianas (delatada por el círculo de su propia familia y cuyo único delito era ser la esposa de un músico republicano), dirige a su hijo de tan solo nueve años, Enrique:

Querido, muy querido hijo de mi alma. En estos últimos momentos, tu madre piensa en ti. Sólo pienso en mi niñito de mi corazón, que ya es un hombre, un hombrecito, y sabrá ser todo lo digno que fueron sus padres. Pérdoname, hijo mío, si alguna vez he obrado mal contigo. Olvídalo, hijo, no me recuerdes así, y ya sabes que bien pesarosa estoy. Voy a morir con la cabeza alta sólo por ser buena; tú, mejor que nadie, lo sabes, Quique mío.

Sólo te pido que seas muy bueno, muy bueno siempre. Que quieras a todos y que no guardes nunca rencor a los que dieron muerte a tus padres, eso nunca. Las personas muy buenas no guardan rencor, y tú tienes que ser un hombre bueno, trabajador. Sigue el ejemplo de tu papachín. ¿Verdad, hijo, que en mi última hora me lo prometes? Quédate con mi adorada Cuca, y sé siempre para ella y mis hermanas un hijo. El día de mañana vela por ellas cuando sean viejitas. Hazte el deber de velar por ellas cuando seas un hombre. No digo más.

Tu padre y yo vamos a la muerte orgullosos. No sé si tu padre habrá confesado y comulgado, pues no le veré antes de mi presencia ante el piquete. Yo sí lo he hecho. Enrique, que no se te borre nunca el recuerdo de tus padres. Que te hagan hacer la comunión, pero bien preparado, tan bien cimentada la religión como me enseñaron a mí. Te seguiría escribiendo hasta el mismo momento, pero tengo que despedirme de todos. Hijo, hijo, hasta la eternidad. Recibe, después de una infinidad de besos, el beso eterno de tu madre. Blanca.


Después de leer lo expresado por esta carta -y hay muchas otras historias como esta- ¿quiénes fueron los que dañaron o persiguieron a los cristianos en la Guerra Civil española? ¿Estamos seguros de que fue como se nos cuenta?... No, las guerras no son un conjunto de hechos lineales y planos, no son tranquilizadores cuentos de buenos y malos.