domingo, mayo 07, 2006

MENSAJE PASCUAL DE SS EL PATRIARCA PAVLE


Gracias a la labor traductora de nuestro hermano de Puerto Rico, Julio Vázquez, podemos contar hoy con el Mensaje Pascual de Su Santidad el Patriarca Pavle. Este año, debido a su estado de salud y consecuente hospitalización, de la que hacía referencia hace unos días en este mismo blog, SS Pavle no pudo leerlo personalmente.

A pesar de los estragos que el transcurso natural de la vida pueda ocasionarnos -SS Pavle cuenta a la sazón ya con 91 años-, este texto es muestra de que la espiritualidad y el afán firme, continuado, sin desmayo, de servicio al mensaje de Jesús, supera todas las dificultades.

Oremos a Nuestro Señor y a su Toda Santa Madre por su pronta recuperación.

MENSAJE PASCUAL

de Su Santidad

PAVLE

por gracia de Dios

Arzobispo Ortodoxo de Peć, Metropolitano de Belgrado-Karlovci,y Patriarca de Serbia, con todos los jerarcas de la Iglesia ortodoxa serbia –a todo el clero, monjes, y a todos los hijos e hijas de nuestra santa Iglesia:gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre, y de Nuestro SeñorJesucristo, y del Espíritu Santo, con el gozoso saludo pascual:

¡CRISTO HA RESUCITADO!

«Regocíjense los cielos y alégrese la tierra;que el mundo entero, visible e invisible, guarde la fiesta:pues Cristo, nuestro eterno gozo, ha resucitado».

(Tropario de la Oda I del Canon Pascual)

La Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo de entre los muertos es el principal evento en la salvación de la humanidad. Con su Resurrección de la tumba, el Salvador proclamó victoria sobre la muerte – el último enemigo de todo ser humano.

El Señor, Amante de la humanidad, que por nuestra causa aceptó la crucifixión y la muerte, nos ha hecho partícipes de su victoria sobre la muerte. La naturaleza humana de Cristo el Dios-hombre padeció la muerte, pero esa misma naturaleza resucitó y consiguió la victoria sobre la muerte. Esa victoria, que el Señor obtuvo en el cuerpo, libró a todos los seres humanos de la muerte; la libertad en la que nos regocijamos aquí y ahora mediante la Resurrección de nuestro Salvador.

El Señor Jesucristo padeció la muerte en su cuerpo para que con la victoria sobre la muerte y la aniquilación de la corrupción, el poder de la resurrección pudiese pasar a [toda] la raza humana. Por el primer hombre, nuestro antepasado Adán, a causa del pecado y la caída, heredamos la condenación y la muerte. Pero en el nuevo Adán, Nuestro Señor Jesucristo, hemos heredado la resurrección. Así participamos en su gloria, y tomamos parte de su Reino que no tendrá fin. Ya que el Salvador fue verdaderamente glorificado mediante la Crucifixión y la Resurrección, nosotros testificamos abiertamente que él verdaderamente sufrió en su naturaleza humana en la Cruz y murió, pues su obra de redención fue coronada con una gloria digna de Dios.

Entonces, ¿por qué ha permitido Dios que la muerte, como legado de Adán, exista todavía en este mundo? La gente aún muere, pero no como condenados, ni eternamente, sino por un tiempo definido, para poder recibir una mejor resurrección. Cristo el Dios-hombre es el primogénito de entre los muertos, y todos los seres humanos siguen después él como primogénito, pues por su resurrección él ha vivificado la totalidad de la naturaleza humana. El Señor mismo da testimonio de esto: «Vendrá hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que oyeren vivirán. [....] Y los que hicieron bienes, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron males, a resurrección de juicio» (cfr. San Juan 5:25, 29).

El evento de la Resurrección tiene un significado tan grande para el universo entero que lo llamamos una nueva creación. [Este evento] causó un cambio en todos los mundos, porque en él comienza la renovación de las cosas. Con él, el cielo y la tierra se renuevan y se cumple la palabra del Señor: «He aquí, yo hago nuevas todas las cosas» (cfr. Apocalipsis 21:5). La resurrección tiene un significado especial para la vida espiritual de los cristianos, pues todos los que creen en Cristo resucitan con él a una nueva vida y ofrecen a Dios su ser, tanto físico como espiritual, como quienes han sido llevados de la muerte a la vida (cfr. Romanos 6:13). Por lo tanto, elevamos hoy nuestros pensamientos por encima de preocupaciones terrenales, como dice el santo Apóstol Pablo dice: «Si habéis pues resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está el Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (cfr. Colosenses 3:1-2).

Todo cuanto Cristo dijo e hizo al alcanzar nuestra salvación recibe su significado completo en la Resurrección, pero [esto es cierto] de manera especial del sufrimiento y la muerte. Mediante la Resurrección, la Cruz de madera de la crucifixión llegó a ser un símbolo de victoria y gloria, y las heridas mortales de nuestro Señor llegaron a ser fuentes de sanidad mediante las cuales recibimos la vida eterna, el conocimiento de Dios, y el amor por la humanidad de nuestro Salvador resucitado. Es por esto que todos los esfuerzos agradables a Dios de los fieles (y en especial el santo servicio a Dios por la salvación de nuestros seres queridos), y todas expresiones de piedad del Evangelio, encuentran su significado en la Resurrección de Nuestro Señor.

La Resurrección de Cristo se llamaba «Pascua» aún en la antigüedad. La Pascua del Antiguo Testamento, que era el principal festival del pueblo escogido de Dios, apunta a la Pascua del Nuevo Testamento, nuevo y eterno, tanto en nombre como en esencia. «Pascua» significa «paso», y en la Pascua la Iglesia glorifica a Cristo, por cuya Resurrección pasamos de muerte a vida, y de la tierra al cielo. La Pascua del Antiguo Testamento festejaba la liberación temporera de la muerte de una nación pequeña bajo el liderazgo del profeta Moisés, mientras que la Pascua del Nuevo Testamento ofrece la liberación eterna a todos cuantos crean en todas las generaciones. Según la ley de Moisés, la cena de Pascua se preparaba con un cordero. La Pascua de Cristo significa que el Cordero de Dios se sacrificó y ofreció voluntariamente como alimento a los fieles. Por eso el apóstol san Pablo, aconsejándonos acercarnos confiadamente a la mesa del banquete de pascual y al «trono de la gracia» (cfr. Hebreos 4:16) dijo: «porque nuestra Pascua, Cristo, es sacrificada por nosotros» (cfr. 1 Corintios 5:7). La celebración de la Pascua del Nuevo Testamento de la Cruz y la Resurrección se establece en el Misterio del Cuerpo y la Sangre del Señor, que constituye a la comunidad divino-humana y la unidad de los fieles: «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo del Cristo? Porque un pan, significa que muchos somos un cuerpo; pues todos participamos de un mismo pan» (cfr. I Corintios 10:16-17).

La resurrección de Cristo es la Fiesta de las fiestas porque expresa la vida de la Iglesia con la mayor profundidad. No sólo este día, sino también cada domingo del año como día de la Resurrección, congrega a los fieles en la Iglesia, la comunidad del Banquete del Señor.

Experimentamos la Resurrección de Cristo, amados hijos espirituales, como una manifestación de la Luz eterna que ilumina no sólo las almas de los seres humanos, sino a toda la Creación. «Hoy todo se llena de luz: el cielo, la tierra y el abismo», cantamos en el Canon Pascual. La primera semana después de la Pascua está inundada de luz y es por esto que se llama la «Semana Radiante»: está completamente llena de la gloria de la Resurrección, y por lo tanto [la semana] se celebra como si fuese un solo día. A través el cuerpo vivo de la Iglesia, esta luz eterna se transmite a las vidas de todos nosotros—a nuestros pensamientos y acciones, para que vivamos una vida nueva.

En esta fiesta radiante, damos gracias de todo corazón al Señor, que en estos tiempos tempestuosos se ha revelado a nuestras generaciones jóvenes como el Camino, la Verdad, y la Vida. Nos regocijamos especialmente al ver que nuestros jóvenes encuentran gozo y la esencia imperecedera de una vida nueva y eterna a través el cuerpo glorificado de Cristo y su Iglesia.

Al mismo tiempo, estamos muy conscientes de la verdad dolorosa del mundo moderno: que los jóvenes, en grandes números, se convierten en víctimas de las drogas, de falsos salvadores y de enseñanzas perjudiciales para el alma. Esta clase de la vida los priva de una juventud feliz y de la alegría de vivir. Lo peor de todo es que continúa la matanza de niños (el aborto), así como los ataques inconscientes contra la santidad de la vida y el núcleo familiar. La inquietante crisis moral y espiritual, y el perecimiento biológico de casi todas las naciones cristianas—y entre ellas, desgraciadamente, nuestro propio pueblo serbio—son consecuencias no sólo de la inseguridad económica y el desorden social, sino que surgen sobre todo del estar enajenados del Dios de amor y de la Iglesia, que por la gracia del Espíritu Santo establece y ejemplifica la comunión eterna entre las personas. Verdaderamente compartiendo todas tentaciones y sufriendo con nuestro pueblo en estos días radiantes de la Pascua, extendemos a todos vosotros el saludo angélico desde el sepulcro del Cristo resucitado: «¡Alegraos!». Con la luz de su Resurrección, el Señor ilumina aún a aquellos que se han extraviado en la oscuridad de las tinieblas espirituales. Él da vida y gozo a todos los apesadumbrados, a los abandonados y a los pecadores a través del arrepentimiento, la fe, la esperanza y el amor—a través de su regreso gozoso al abrazo maternal de la Iglesia.

En estos días de la Cruz y la Resurrección, sufrimos profundamente juntamente con nuestros hermanos y hermanas en Kosovo y Metohija. A través de los siglos, pero muy especialmente en los últimos años, ellos han padecido, y continúan padeciendo, sufrimientos espinosos y crucifixiones diarias, aguardando con incertidumbre las decisiones políticas de las que depende su futuro y el de sus hijos. A ellos, en el espíritu del Evangelio, les enviamos el mensaje de que después que la crucifixión viene la resurrección, y que no hay gozo de vida nueva sin el sepulcro del que amanece la vida en Jesucristo. Los exhortamos a ser fieles a la tradición del santo príncipe Lázaro y a permanecer en su patria a pesar de las amenazas de aquellos cegados por el odio. Kosovo y Metohija son la tierra del pacto en las cuales el pueblo serbio se ató a Cristo y entró a la comunidad sacerdotal del Pueblo de Dios. Rogamos a Dios para que otorgue pronto su paz al sufriente Kosovo y Metohija mediante la comprensión mutua de las comunidades serbia y albanesa, basada en declaraciones mutuas que garanticen vida, paz, libertad, y dignidad para todas las personas.

Expresamos nuestro gozo y agradecimiento a nuestro Señor resucitado por la liberación de Su Beatitud Jovan, Arzobispo de Ohrid y Metropolitano de Skoplje, de una oscura celda. Nos regocijamos muy especialmente de que él haya aceptado voluntariamente esta humillación por Cristo y de que verdaderamente la haya soportado, sacrificándose para ayudar a vencer un horrendo cisma entre hermanos en la fe. Con esperanza y paciencia, exhortamos a nuestros hermanos en cisma a que pongan la unidad de la Iglesia por sobre toda meta terrenal. Esperamos que ellos salgan del calabozo del cisma a la luz de la unidad canónica y eucarística de la Iglesia en el Cristo resucitado, el Vencedor de la muerte y de toda división.

Con amor paternal exhortamos a nuestros hermanos y hermanas ortodoxos en Montenegro, y a todas las personas de buena voluntad, a que preserven la paz y la unidad mutuas tanto antes como después del cercano referéndum. Al mismo tiempo, recordamos a todos que la fe ortodoxa salvaguarda y edifica la libertad para cada persona, e igualmente promueve la unidad entre pueblos y naciones. La libertad y el bien humano y fraternal no pueden ser edificados en ningún lugar, y menos en el Montenegro de Njegoš, a través de la opresión de las conciencias del pueblo, el soborno, y las amenazas; sino a través de una libre expresión de la voluntad, con una completa responsabilidad por el futuro de los descendientes propios.

Amados hijos espirituales en la diáspora, el gozo de esta fiesta nos une a vosotros a pesar de distancias terrenales. Regocijaos siempre en vuestra santa Iglesia, pues ella les conecta profundamente con la patria celestial, y con la irreemplazable patria terrenal. Sed buenos ciudadanos de los países en los vivís, y miembros fieles y activos de vuestra Iglesia. ¡Cultivad vuestro idioma serbio! Este es el idioma de vuestros antepasados y el idioma de la cultura y la espiritualidad serbias, pero principalmente, este es el idioma de nuestro culto litúrgico.Dando testimonio en el gozo de la fe ortodoxa de que nada «nos podrá separar del amor de Dios» (cfr. Romanos 8:39), el cual renueva eternamente nuestra comunión imperecedera, os felicitamos, amados hijos espirituales, en esta Fiesta de fiestas, con el saludo muy gozoso:

¡CRISTO HA RESUCITADO!

¡EN VERDAD HA RESUCITADO!

Dado en el Patriarcado de Serbia, en Belgrado, en la Pascua de 2006

[Nota: Texto del original traducido por Julio Vázquez en http://freewebs.com/jvaz78/ ]